‘De la ley a la ley’: el relato de la Transición cumple 39 años

08 Dic 2017
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Javier Franzé
Profesor de Teoría Política, Universidad Complutense de Madrid

Nombrar es crear el mundo para los demás y por ello constituye un acto político por excelencia. De la ley a la ley: no cabía título más acabado para el telefilme que Televisión Española emitió en la conmemoración del trigésimo noveno aniversario de la Constitución Española.

La frase es de Torcuato Fernández-Miranda, figura sobre la que se centra este docudrama, mostrándolo como el cerebro ajedrecístico de la desactivación del franquismo desde dentro del Régimen.

Nunca fue más cierto que toda historia es historia del presente. El documental es la nueva y a la vez antigua respuesta del discurso de la Transición a su último desafío: la cuestión catalana. “Dentro de la ley todo, fuera de la ley nada”, viene a decir, ratificando el laconismo con el que Rajoy ha tramitado este tema.

Si la Transición hubiera tenido un monumento, De la ley a la ley estaría grabado en su frontispicio. Porque en definitiva es intercambiable con el significante “Transición”: ambos quieren enfatizar el camino, la primacía de las formas sobre todo contenido, que queda así neutralizado y despolitizado.

En efecto, si ley y Transición son intercambiables es porque su opuesto (en este relato) es la violencia, encarnada en la Guerra Civil y el fanatismo faccioso. Es lo que muestra la figura de Torcuato Fernández-Miranda en el documental. Su única guía es evitar la repetición de una contienda fratricida, a la que indefectiblemente conducen los extremos (“no importa si de izquierda o de derecha”) porque priorizan los contenidos ideológicos sobre la forma institucional, presuntamente vacía y por ello incluyente de toda demanda.

El afán de Fernández-Miranda es encontrar en las leyes franquistas el resquicio para construir una democracia a la europea. Lo logra solo, en setenta y dos horas, consultando gruesos volúmenes de literatura legal. El resultado es la Ley para la Reforma Política. Y aquí emerge el otro momento clave del telefilme.

Porque el complemento de una institucionalidad neutral es una ciudadanía pasiva. Si toda la política es ingeniería legal, entonces es un asunto de expertos.  El rol de la ciudadanía sólo puede ser avalar o entorpecer. El documental muestra a un Fernández-Miranda nunca comprendido a tiempo, ni por sus amigos (el Rey, Suárez), ni por sus enemigos, entre los que se cuenta “el búnker” y sus seguidores, que lo increpan en la calle. La calle, en efecto. De allí viene la perturbación, el desarreglo de la división social del trabajo político.

Si el camino de la ley a la ley permitió pasar de una dictadura a una democracia ¿qué no permitirá? Este vendría a ser el efecto de verdad del documental, que condensa bien el discurso de la Transición. Por dos motivos.

Primero, porque muestra cómo la sacralización del carácter legal de la norma es para este relato más relevante que la legitimidad de su origen (dictatorial o democrático). Indistinción que la Transición trasladó al pasado, al representarlo como un todo homogéneo de cainismo y oscuridad, privilegiando en su denominación la forma de Estado (República) sobre el régimen político (democracia) y subsumiendo el Golpe del ’36, la propia República y la Dictadura en una genérica “Guerra Civil”.

Y, en segundo término, porque el docudrama muestra cómo la ley es para la Transición el pivote alrededor del cual se distribuyen los actores políticos, especialmente los opositores. Cerca pero fuera se encuentra entonces el Partido Comunista de España. Lejos e irremediablemente fuera se encuentra ETA, que pertenece a otro mundo. Ambas posiciones son clave: merced a Carrillo (quizá el único que entiende a Fernández-Miranda), el PCE cruzará la frontera para colocarse dentro del universo democrático de la Transición. ETA seguirá en su mundo y así representará, aunque no se explicite, el único enemigo real capaz de entorpecer el plan reformista, pues incluso el búnker es doblegable en el terreno institucional. Así lo ejemplifica la escena clave del filme, la votación en el Parlamento de la ley de Reforma Política, cuando el franquismo se suicida.

En definitiva, la ley como hogar siempre ampliable, en el que todas las demandas razonables, templadas y serias tienen lugar, confirmando así la neutralidad formal de las reglas del juego.

Pero el problema no está sólo en el discurso de la Transición, sino también en el de sus críticos. ¿Cómo democratizar la democracia española? No se trata de denunciar la Transición y su discurso en clave de verdad o engaño. Aquí lo que está en juego es la autocomprensión de un pueblo democrático, no la Historia. El mito político, no la interpretación de lo sucedido. En definitiva, comprender que si el discurso de la Transición ha construido hegemonía es porque ha dado forma a sujetos sociales y políticos. Basta ver el reverencial pedido de disculpas público del nacionalismo independentista catalán al Estado español por su última travesura. Revelador de la autocomprensión en términos de minoría de edad del sujeto nacionalista catalán, de la cual surge en buena lógica la solicitud (no la exigencia) a sus mayores de una emancipación consentida.

La política cupular de la Transición que el documental no necesita ocultar, por la cual la ciudadanía no aparece salvo invocada sólo por uno de los tres miembros de la vanguardia reformista, no reposa únicamente en la voluntad elitista de sus cuadros, sino en una morfología de la sociedad española, forjada centralmente en la posguerra civil, pero no contradicha por la Transición. El documental de RTVE  parece más propio del décimo aniversario de la Constitución que del trigésimo noveno. Ello obliga a preguntarse qué de él sigue interpelando a la ciudadanía.

Comprender, hacerse cargo gramscianamente de esa historia nacional del pueblo español quizá enseñe más que las leyes generales-abstractas del capital y sus intrigas, y ayude a perder la fe en el milagro del momento de excepción.


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