Otras miradas

Canción protesta, nivel usuario

Máximo Pradera

Máximo Pradera

El cineasta y escritor David Trueba está rodando un documental sobre el disco clandestino que Chicho Sánchez Ferlosio grabó en 1963. Como cree que yo, en calidad de sobrino melómano del cantautor, puedo aportarle datos sobre el puñado de canciones antifranquistas que contiene, se ha puesto en contacto conmigo para entrevistarme.

A raíz de esta llamada, vuelve a surgir en mi cabeza la pregunta que me lleva rondando desde el 15–M: ¿por qué los movimientos políticos de hoy en día tienen letra (siempre en cantidades industriales y de muy mala calidad) pero no tienen música?

¿Es que no nos acordamos ya de los escalofríos de emoción que nos proporcionaron las de antaño, desde  el Diguem No de Raimon a La Estaca de Lluis Llach, pasando por Los dos gallos de Ferlosio o incluso el No nos moverán que importamos de los gringos?

Cuando Podemos se decidió en mayo a presentar la moción de censura (con la que yo estaba completamente de acuerdo) le dije a Pablo Iglesias que tenía que apoyar con canciones protesta el mitin de la Puerta del Sol. Está científicamente demostrado que la palabras, cuando cabalgan a lomos de un estribillo pegadizo, llegan mucho más lejos que si fueran solas: alcanzan el sistema límbico, la parte de nuestro cerebro que está bajo el neocortex, y que Punset definiría  probablemente como el cuartel general de nuestras emociones (cfr. la película Inside Out, de Pixar).

Como quería aportar mi granito de arena a la concentración de Sol, le hice llegar a Iglesias una vieja pero muy emocionante y divertida canción de Jesús Munárriz titulada Vamos a decir que no. La canción era tan buena que cuando Munárriz fue a Cuba en los 60 y se la cantó a Carlos Puebla (el creador de Hasta siempre, Comandante) éste quedó encantado con la misma y grabó una versión propia. La mía era un aggiornamento de un solo uso que decía:

Ahora que estamos en Sol
Llenemos bien los pulmones
Levantemos nuestra voz
Contra estos abusones
Dejad ya de saquear
No queremos más ladrones
Fuera vuestras manos ya
De nuestras instituciones
Tú y yo

Vamos a decir que nos plantamos
Tú y yo
Vamos a decir que no 

La canción llegó a sonar en el transcurso de aquella soleada tarde de mayo, en boca de un cantante profesional, pero pasó sin pena ni gloria. No sé si porque mi letra era muy floja, porque la megafonía era muy mala, o por lo más preocupante de todo: porque la política en España se ha disociado por completo de la música. Es como si en los tiempos actuales (y quizá debido a la banalización del pop que ha llevado a cabo la televisión), todo lo que lleve música estuviese considerado más frívolo que lo que no lo lleva, cuando es exactamente al revés: si una consigna política es merecedora de ser cantada, es que algo de enjundia debe de tener.

Una de mis escenas favoritas de la película Quo Vadis transcurre en el circo romano. Nerón, interpretado por Peter Ustinov, ha encerrado en la arena a cientos de cristianos, para que los devoren los leones. El emperador quiere ver sangre, pero ha ido al palco sobre todo para deleitarse sádicamente con las reacciones de pánico de los mártires, al ver abalanzarse hacia ellos a las fieras que se los van a comer vivos. Y de repente, una especie de Joan Baez rubia, ataviada con túnica romana, tiene la feliz idea de arrancarse a cantar, para desconcierto y cabreo supino de Nerón, que al ver que el resto se anima a acompañarla, se queja amargamente al jefe de sus pretorianos.

–¡Tigelino! ¡Están cantando! ¿Por qué no tienen miedo? ¡Es irritante! Habría que haberles torturado antes, para acabar con su insolencia! 

Las canciones protesta desconciertan y avergüenzan al poder, y le dan un vuelo épico–lírico a cualquier reivindicación política digna del Novecento de Bernardo Bertolucci. No me entra en la cabeza por qué no cantamos (como hicieron los portugueses en 2013 con Grândola, Vila Morena) hasta en el Congreso de los Diputados.

Y no siempre han de emplearse para exigir algo grandioso, como que el mundo cambie. Como demostró el propio Chicho Sánchez Ferlosio hace años, pueden servir hasta para reclamar el pago de una pequeña deuda. Cuando el concejal de cultura del ayuntamiento de Cádiz no quiso pagarle las cincuenta mil pesetas que le debía por una actuación, Chicho le cantó una copla en el despacho que decía

Si no me pagan les juro
que esto y más se irá imprimiendo
a ver si lo voy vendiendo
y saliendo del apuro
¿Eh?

Antes de que Chicho acabara de entonar el último verso, el Ayuntamiento había aflojado la tela.

¿Qué tal?

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