Las violaciones no son para el verano

02 Ene 2018
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Virginia Pérez Alonso. Adjunta a la dirección de Público.

Si eres mujer, toma nota de lo que viene a continuación [léase la ironía]: aparte de no provocar a los hombres con vestimentas inapropiadas (minifaldas, pantalones cortos, camisetas de tirantes o tacones), de llevar una vida moralmente intachable para lo que viene siendo una mujer del siglo XXI (tener un novio que te dure toda la vida, poner al mal tiempo buena cara, no salir sola de copas por las noches ni mucho menos por el día), de no encender las iras varoniles con comentarios inapropiados (aquí no sé poner ningún ejemplo); aparte de todo esto, si por alguna circunstancia te maltratan, violan o asesinan, haz lo posible para que esto no ocurra en verano. Sí, esta es una nueva responsabilidad que recae sobre nuestros hombros: evitar de todas las maneras posibles que nos agredan en julio o agosto y, si ocurre, conseguir que ciertos periodistas y medios de comunicación no se enteren, porque si lo hacen, puedes darte por jodida. Tú y las mujeres que tienes a tu alrededor.

Que se lo digan a Diana Quer o a Juana Rivas. Dos casos que aparentemente no tienen nada que ver entre sí, pero que en el trasfondo presentan una serie de elementos comunes muy ilustrativos de lo que lo que tenemos que soportar las mujeres sólo por el hecho de serlo.

Ambos casos saltan a la prensa en verano y, de forma automática, se convierten en LA noticia (tal vez sería más correcto decir EL espectáculo) del momento, alimentando programas de televisión, páginas de periódicos y espacios radiofónicos con especulaciones, la mayor parte de las veces basadas en las vidas (por supuesto, disolutas, inestables, plenas de desequilibrios emocionales) no sólo de las víctimas, sino también de las mujeres de su entorno.

Diana Quer contaba 18 años casi recién cumplidos cuando en agosto de 2016 tuvo ‘el atrevimiento’ de darse una vuelta nocturna por las fiestas de su pueblo de veraneo. Hoy sabemos que en su camino de vuelta a casa un individuo la metió en su coche, la intentó violar y luego la estranguló y arrojó a un pozo. Pero, puestos a especular para mantener la llamada tensión informativa (y las cotas de audiencia, dicho sea de paso), resultaba mucho más jugoso hacerlo con la vida y milagros de esta niña y de su familia; o más bien, de las otras mujeres de su familia, sobre todo de su madre, que además de sufrir la desaparición de su hija y, días después, la pérdida temporal de la custodia de su otra hija, tuvo que ver cómo los medios de comunicación entraban hasta la cocina de sus intimidades. El blog kamchatka.es hace un recorrido más que revelador de lo publicado durante aquellos días, recordando titulares y fragmentos de informaciones que insinuaban desde que la desaparición de Diana había sido voluntaria hasta la implicación de su madre y por último de su padre.

 

La madre de Diana Quer, sosteniendo una foto de su hija.

 

Las referencias a Diana, a su madre y a su hermana están plagadas de insinuaciones sobre su supuesta inestabilidad emocional (de las tres) y sobre las presuntas relaciones amorosas de las dos primeras. No ocurre lo mismo en el caso del padre: ni un solo comentario sobre sus amores o sus eventuales desequilibrios. ¿Casualidad?

No parece que lo sea. En los grandes medios -y en algunos pequeños- es una constante esta representación de las mujeres víctimas de violencia machista como ‘malas pécoras’. Una construcción que no hace más que alimentar esa ilusión en el imaginario colectivo: si nos violan, nos pegan, nos insultan, nos matan… es porque nos lo merecemos; no hay duda. Si nos defendemos, hacemos mal porque nos acaban matando. Si, aterrorizadas, nos dejamos hacer, peor, porque eso parece demostrar que no ha sido una violación, que igual incluso disfrutábamos. Si después de ser violadas nos deprimimos, seremos seres inestables. Si intentamos rehacer nuestras vidas y seguir adelante, se intentará utilizar contra nosotras en un juicio (El juez admite un informe sobre la víctima encargado por un miembro de ‘La Manada’ a un detective; días después la defensa de ‘La Manada’ acabó retirando dicho informe). Si intentamos protegernos a nosotras mismas o a nuestros hijos de un maltratador condenado, somos malas madres por querer separar a unos niños de su progenitor varón, que aparte de maltratar a su pareja en sus ratos libres, es un padre fabuloso y amantísimo, mientras que nosotras sólo buscamos hacerle daño a él.

Esto último es un resumen muy burdo de lo que ocurrió, también en verano (el de 2017), con el caso de Juana Rivas: una mujer que huye con sus hijos de Italia y de su pareja -maltratador condenado-, interpone después una denuncia por maltrato (la segunda) contra él que duerme durante más de un año en un cajón sin ser tramitada, y finalmente termina siendo acusada del secuestro de sus hijos, teniendo que entregar a los niños al padre maltratador, y viendo cómo algunas de las mujeres que la asesoraron legalmente (a ella y a otras tantas víctimas de violencia machista) acaban también procesadas por secuestro de menores. Todas en el punto de mira mediático y judicial. Él, mientras, en Italia, con los niños, eximido por artículos vergonzantes, repletos de clichés, publicados en los medios de comunicación con más audiencia (estos son sólo dos ejemplos entre muchos otros: Los últimos días de Juana Rivas en Carloforte  y Cuando Juana y Francesco eran felices). Y, entretanto, nadie da respuesta a las múltiples irregularidades judiciales que parece se han producido en este caso, inexistentes para la mayor parte de medios de comunicación.

 

Juana Rivas, a la salida de un juzgado el pasado verano.

 

Por si lo anterior fuera poco, los medios suelen tratar las agresiones machistas como meros sucesos. Cosas que pasan, vaya; como un incendio en una vivienda, un accidente de autobús o un atraco. Al fin y al cabo, hacerlo así permite blanquear de alguna manera la espectacularización de estos casos (¿se imaginan semejantes shows con víctimas del terrorismo?). Y obvian que si hay una ley específica de violencia de género o un pacto de Estado (o sucedáneo) es porque estas violencias no suceden porque sí, sino porque vivimos en sociedades construidas sobre patrones heteropatriarcales, que otorgan al hombre, ya sea explícita o implícitamente, un rol superior, y que este rol provoca que algunos se sientan libres, en el mejor de los casos, para decirnos a cualquiera por la calle a voz en grito lo guapas, feas, gordas o delgadas que somos sin que nadie, salvo la interfecta, levante ni una ceja; y, en el peor, para creerse dueños de las vidas (y muertes) de sus parejas.

Empieza un nuevo año y Diana Quer no será la última víctima de la violencia de género. Está por ver si será o no la última mujer inmolada por un tratamiento informativo discriminatorio, machista y denigrante, aunque hay poco margen para la esperanza.


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