Opinion · Otras miradas

Oprah tiene un sueño y si no se cumple es culpa tuya

Lucia Lijtmaer

Periodista y escritora @lalitx 

Lucia Lijtmaer
Periodista y escritora @lalitx 

Era difícil no sustraerse. En cuanto empezó a hablar, todo se electrizó. Al fin y al cabo se trata de la persona más televisiva de la historia de un país que inventó el entretenimiento. Oprah habló y la gente estalló en jubilo. Era de esperar. Lo que no esperaba el retumbar de la voz, las arengas en las redes y la particular versión 2.0 del I have a dream que colearían hasta bien entrada la semana. O al menos no de manera consensuada. Es cierto que daba para lagrimilla, el discurso lo tenía todo: una mujer negra con una historia aterradora de abusos y superación detrás hasta lograr esa carrera de éxito, ese triunfo personal, esa vida millonaria. Esa carrera, esa revista, ese emporio.

Oprah Winfrey durante su discurso de aceptación del premio Cecil B. Demille en la gala de los Globos de Oro de Hollywood. REUTERS/ Paul Drinkwater/Courtesy of NBC
Oprah Winfrey durante su discurso de aceptación del premio Cecil B. Demille en la gala de los Globos de Oro de Hollywood. REUTERS/ Paul Drinkwater/Courtesy of NBC

 

Y a partir de ahí llegó el debate: ¿es Oprah la futura presidenta de los Estados Unidos que nos librará a la población global de un Trump enloquecido y furioso?

La historia personal de Oprah Winfrey es un tanto desconocida en España, pero está escrita en piedra en Estados Unidos: hija de una madre soltera adolescente, sufrió abusos en su infancia y fue violada por su primo a los nueve años. A los 13 años fue enviada a un centro de detención juvenil y a los 14 años quedó embarazada, aunque perdió al bebé en un parto prematuro. Tras entregarse de lleno a los estudios, comenzó a destacar como periodista local primero y más adelante produjo sus propios programas. De ahí al estrellato: primero como estrella de un programa matinal, Oprah acabaría siendo un emporio con productora de radio, su propia revista, películas, estudios de producción audiovisual e incluso su propia cadena de televisión.

Como bien sabemos, el poder necesita un canal, y Oprah lo tiene. También tiene un mensaje y una influencia política. Desde su espacio, Oprah ha influido en la creación de leyes contra el abuso sexual, ha ayudado a la visibilización LGTB y ha denunciado el maltrato animal. Su poder es tal que una mención a un libro lo coloca directamente entre los más vendidos, y es capaz de influir específicamente en las elecciones: un análisis de la Universidad de Maryland calculó que la campaña de Oprah en defensa de Obama fue directamente responsable de la fluctuación de voto de más de un millón y medio de personas en las primarias demócratas.

El empoderamiento y la meritocracia

Oprah empodera. El tema es en qué consiste ese empoderamiento: pese a que en un inicio, en la televisión de los ochenta, Oprah trataba temas que la televisión no cubría -alcoholismo, depresión, divorcio- a partir de 2007, la presentadora y actriz apoyó canales y fenómenos como The Secret, basado en la tesis de que la gente puede cambiar su vida a través del pensamiento positivo y las vibraciones que resultan en mejoras vitales. La misma pseudociencia que concluye que para curar un cáncer es necesario rodearse de “buenas vibraciones”.

Oprah es un espejo de la mentalidad meritocrática, que no tiene un espejo real en las condiciones de los trabajadores: su liderazgo se basa en trabajar la autoestima, independientemente de las circunstancias. Una mentalidad que toca de lleno la fibra del individualismo estadounidense y parte de su tradición calvinista: tú decides sobre tu destino y lo que te ocurra es un reflejo de cuan duro trabajas en tu mejoría. Si no trabajas lo suficiente, pasan cosas malas.

En ese sentido, Oprah y su mensaje son indisolubles de la falta de crítica a lo material que permea en todo tipo de reality audiovisual relacionado con “lo femenino”. Es un silogismo que funciona. Si te sientes bien, te irá mejor. Este tipo de (falta de) elaboración se le perdona a quien vive engañado. Pero es reprobable para quien conoce algo mejor, lo disfruta y no lo defiende cuando los demás no lo tienen.

Por supuesto, el discurso de Oprah es electrizante. Por supuesto, apela a la necesidad de acabar con los abusos y construir un horizonte nuevo. Pero a partir de la autorregulación empresarial, la adaptación del superviviente, y la mutación del sistema que perpetúa a los poderosos en las instituciones. Sin política, sin reparación, sin revolución.

¿Oprah como símbolo? Sin duda. Sólo hay que ver el odio que refleja entre los partidarios de Trump. Por eso es importante criticar su discurso apelando al feminismo y sin citar a la creciente ola de teóricos neonazis machistas.

Podemos, por ejemplo recordar el “capitalismo monopolista” que apela a las mujeres para mantenerlas domesticadas y que glorifica la libertad empresarial. Es un concepto del que hablaba Claudia Jones, marxista, negra y feminista, perseguida por el macarthismo estadounidense, y que murió joven por culpa de una tuberculosis contraída en prisión, tras ser encarcelada por su actividad política.

O quien sabe, quizás para Oprah fue por falta de ‘buenas vibraciones’.