Opinion · Otras miradas

Linchamientos mediáticos

Máximo Pradera

Como víctima de varios linchamientos mediáticos (algunos de ellos muy sonados) me he alegrado mucho de que la mujer que deseó en Facebook que violaran en grupo a Inés Arrimadas haya recibido el correspondiente correctivo: cuatro meses de prisión (con suspensión de condena, a condición de que no vuelva a delinquir en dos años) y un cursillo obligatorio de treinta horas sobre tolerancia, “en el que me enseñarán a aceptar a los que no piensan como yo” (según palabras literales de la rea). La condena es tan contundente que dudo mucho que a esta buena señora se le vuelva a ocurrir utilizar las redes sociales para dar salida a sus demonios personales.

Con objeto de comprender cómo les funciona la cabeza a las personas que se opinan encima, como si fueran incontinentes urinarios, analicemos la maldición gitana de Rosa María (así se llama la exaltada) desde el punto de vista sintáctico. Se trataba de una oración adversativa, en la que antes de la parte vejatoria, la internauta admitía: Sé que me van a llover las críticas, sé que me van llamar machista, pero…

Dejando aparte el hecho de que el comentario no era simplemente machista, sino una imprecación criminal en toda regla, si sabías que era un exceso ¿por qué publicaste el mensaje? ¿O es que pensabas que el solo hecho de admitir que estabas cometiendo un abuso intolerable te daba bula para desahogarte? Es la mentalidad católica, profundamente arraigada en esta España nuestra (Cecilia dixit), en la que se permite a los servidores públicos jurar su cargo sobre la Biblia, ante un crucifijo del tamaño de un Geyperman:

Como sé que si confieso ante el cura seré absuelta, siempre que me lo pida el cuerpo, podré pecar como si no hubiera un mañana.

Voy más allá: en mi querida España, la del sostenella y no enmendalla, el hecho de reconocer un error se considera tan humillante, que muchas personas llegan a convencerse de que la penitencia consiste en la propia confesión. Solo así se explica el hecho de que tantos personajes públicos, del Rey Emérito para abajo, se dediquen a reconocer abiertamente que han metido la pata, creyendo que eso basta para merecer el perdón de la ciudadanía. No es así: aún falta la penitencia, que a diferencia de lo que ocurre en la vida religiosa, donde el cura no controla si rezas ocho u ochomil avemarías, en la vida pública es perfectamente verificable. ¿Dejas a cuatro mil conductores bloqueados en una autopista en medio de un temporal de nieve, mientras tú te zampas un roscón de Reyes en tu casa de Sevilla? Lo admites y dimites. ¿Provocas una burbuja inmobiliaria y hundes Bankia? Pides perdón ante la correspondiente Comisión Parlamentaria y luego vas a la cárcel.

La internauta que vejó a Arrimadas funcionó con mentalidad católica. Al ver la que había montado, se apresuró a pedir disculpas en la prensa (oh, sí qué burrada he dicho, perdonadme,  no volverá a ocurrir) en una actitud no muy distinta a la del Rey, cuando se fue de cacería en plena crisis y nos despachó luego con un lo siento mucho, o a la de Rajoy, cuando pidió perdón por los casos de corrupción de su partido. Uno tardó dos años en irse a casa y el otro no solo no se ha ido, sino que se ha presentado a la reelección.

Es importante señalar que la penitencia (en forma de sentencia judicial) no le habría llegado nunca a Rosa María si Arrimadas no se hubiera animado a denunciarla, iniciativa que merece todo mi respeto y aprobación. El resto de los intervinientes en el debate (desde Iceta a García Albiol) también fueron vejados por la misma exaltada, aunque no con tanta intensidad, y quizá por eso ignoraron las injurias. También los felicito, pero a ellos por no denunciar. De la misma manera que uno no puede pasar por alto que te deseen una violación masiva, tampoco puedes ir a pleito cada vez que un tarado te llama maricona o monguer. Pero hay expresiones que resultarían vejatorias hasta en un puticlub de carretera. Que te violen en grupo es una de ellas. Eres un maltrador es otra. Cierto sujeto de cuyo nombre no quiero acordarme cometió la insensatez de decírmelo a mí en redes. Ha sido condenado a rectificar en público (a su costa) y indemnizarme económicamente (¿cuantos viajes bonitos se puede hacer con 5.000 euros?).

Pero hay más. La mitad de su biografía en Wikipedia se dedica a explicar que es un mentiroso y un difamador, y eso quedará ahí grabado para el resto de su vida.

Hay excesos que nunca acaban de pagarse.