Las que faltan en Ortuella

Andrea Momoitio

 

Andrea Momoitio 

Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Las oportunidades para hablar del tema se me esfuman entre los dedos. Cada octubre, me olvido del aniversario y, cuando me vuelvo acordar, ya ha pasado mucho tiempo desde la fecha. Así, año tras año. No debe ser un despiste. Más bien, creo, es un mecanismo de protección porque hablar de ello me duele aunque no sepa bien por qué. La historia que voy a contaros hoy es la historia de una herida colectiva que late en el cuerpo de todos y todas las vecinas de mi pueblo. El 23 de octubre de 1980 explotó la escuela pública de Ortuella. Yo no había nacido, no recuerdo quién me lo contó por primera vez, pero tengo la sensación de haberlo sabido siempre. Puede que este relato forme parte de esos infiernos con los que ya nacemos. Explotó por un accidente. Un error en las instalaciones del gas sumió a mi pueblo en un horror sin precedentes.

Conozco la historia a través de diferentes voces. La de mi madre, que iba a otro colegio y sintió cómo temblaban todos los cristales; la de mi padre, que estudiaba allí y aún narra con estupor el caos; la de mi abuela, que cuenta cómo las mujeres corrían en bata cuesta arriba, en dirección al colegio Marcelino Ugalde, con los rulos en la cabeza. La historia suena y resuena en distintas gargantas, pero siempre igual de terrible. Marcada por este duelo colectivo, la historia de mi pueblo está ligada a los llantos de más de 50 familias afectadas por la catástrofe. Murieron 49 niños y niñas y 3 adultos. Hoy, un pequeño monumento les recuerda cerca del ambulatorio y en el cementerio, las tumbas relucientes recuerdan que en estas calles falta toda una generación. Tuvieron que habilitar una nave industrial para el entierro. En pequeñas cajas blancas, según he oído contar a mis abuelos, los cadáveres de mis vecinos y vecinas se despedían de su gente. Muy cerca de mi casa viven los padres de una mujer que aquel día no fue a la escuela. No sé tampoco quién me contó esto ni cuándo.

Escribo de memoria porque no quiero volver a preguntar a nadie cómo vivieron aquellos días. No me apetece ahora. Mi padre sé que recuerda los cadáveres con nitidez, sólo hay que verle la cara hablando del tema. El silencio se impone ante tragedias del tal magnitud porque nadie nos ha enseñado a enfrentar un dolor así. Quizá tampoco haga falta, qué sé yo, quién quiere saberlo.

Un vistazo a la hemeroteca recuerda que la hoy reina emérita llegó a mi pueblo esa misma tarde para mostrar su solidaridad con las vecinas y los vecinos afectados. No he encontrado fotos en la red, pero sé que por ahí anda una de mi padre con ella en una visita que organizaron poco después a Madrid para ayudar a sobreponerse a los chavales y a las chavalas afectadas por la explosión. Él era el encargado de hablar en nombre de los y las supervivientes. “Su majestad, mis compañeros y yo…”, atinó a decir antes de quedarse completamente mudo. En ese momento, un fotógrafo de ¡Hola! disparó una foto que publicaron poco después. ¡Cuántas veces habrá contado esa anécdota! Cuenta también que uno de esos días les dieron algo de comer que escondieron debajo del mantel porque estaba malísimo. No sé qué sería, pero, desde luego, nada habitual en las cocinas de mi pueblo. Ortuella es un sitio humilde, con fama de tener empadronados a unos cuantos macarras, marcado por el hierro, por la mina, por las vías del tren que unen Bilbao y Muskiz, un pueblo común, atravesado por la carretera general, un sitio de trabajadores y trabajadoras. Desde entonces, sigue siendo el mismo sitio, pero distinto lugar. Quizá el último disco de Vetusta Morla lleve ese nombre en nuestro honor. ¿Cómo habría sido este pueblo sin aquel octubre?

Pero, ¿y por qué cuento yo esto hoy aquí? Porque lo necesito. Mirad, en periodismo llamamos ‘percha informativa’ a una excusa; ‘fuente’ a la persona que nos cuenta algo o al documento en el que encontramos una información; ‘nevera’ al sitio en el que guardamos textos que ya están preparados como, por ejemplo, el obituario que ya tendrán escrito la mayoría de los medios sobre Sofía de Grecia; ‘temas’ a las historias que contamos; ‘actualidad’ a lo que dictan las agendas de noticias. Una redacción (al menos la que yo tuve que sufrir durante un pequeño periodo de prácticas que se me hizo eterno) se parece poco a las que salen en las películas de periodistas. Eso sí, hay papeles, señores y el teléfono no deja de sonar. Este oficio no se parece en nada a lo que había soñado y yo no soy, ni de lejos, la que quería ser, pero hoy me da la posibilidad de escribir sobre los niños y las niñas que no pudieron crecer en Ortuella. Si alguna vez alguien de sus familias teclea el nombre de nuestro pueblo en internet, llega aquí y siente que muchas aún —incluso las que no habíamos nacido entonces— recordamos y sentimos como propio su dolor, habrá merecido la pena llegar hasta aquí aunque la fecha del aniversario se me haya olvidado otra vez y, por tanto, ya no tenga ‘percha’, aunque la ‘fuente’ sea mi propia memoria de recuerdos ajenos, a pesar de que este ‘tema’ nunca haya estado en una ‘nevera’, no sea un ‘obituario’ al uso ni esté de ‘actualidad’. A pesar de todo eso, la escuela pública de Ortuella que hizo explotar a todo mi pueblo está en mis recuerdos y mis recuerdos, ahora, están aquí gracias a este viejo y bonito oficio de contar historias.