Esta puta rabia

Andrea Momoitio

Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Andrea Momoitio
Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Eché a correr para no perder el ascensor en una estación cualquiera de Renfe. Una mujer, de unos cincuenta años, ya estaba dentro cuando llegúe agitada. Tengo que dejar de fumar. No hay nadie más. Son, más o menos, las nueve de la noche de un lunes.
— ¡Qué susto! Pensaba que eras un chico.
Un pequeño salto, un pequeño susto, acompañan el comentario.
Cuánto patriarcado en 32 caracteres sin espacios.

No dije nada porque no supe qué decir. Sonreí, pero no fue mi sonrisa lo que le tranquilizó. El miedo desapareció de la escena cuando fue consciente de que la persona con la que iba a compartir esos segundos de viaje en aquel ascensor también era una mujer. No me dio tiempo a explicarle que yo no me siento cómoda en esa afirmación, que no reconozco en mí ninguno de los atributos de la feminidad, no le dije que quien había entrado era una bollera cualquiera con sueños de marica. Una explicación quizá demasiado compleja para unos segundos en un ascensor como cualquier otro. No le dije tampoco que lamento profundamente el mundo que nos ha tocado vivir a las dos, que no es justo el miedo que habría pasado si en mí lugar hubiese entrado un hombre de verdad, de esos hombres que nos dan miedo cuando nos los encontramos en espacios cerrados, ya entrada la noche, cuando no hay nadie cerca; esos hombres, muchos quizá inocentes, que se ofenden ante nuestro miedo, pero que no tratan de evitarlo. Que, a veces, incluso, lo disfrutan como se disfrutan los privilegios de los que gozas sin hacer nada para merecerlos.

No. Tampoco le conté que durante mi primer año de Universidad empecé a salir los jueves con mis compañeros y compañeras de clase. Cogía entonces el último tren de Ortuella a Bilbao. No sé, ¿a las once y media de la noche? Nunca había casi nadie en aquellos trenes, pero yo siempre me sentaba en el primer vagón, en el asiento más cercano a la cabina del conductor porque tenía miedo. Miedo a que apareciera algún hombre y, al verme sola, pudiera hacerme daño. Miedo a que me violasen, vaya. Un miedo con el que he crecido porque, aunque yo reniegue de ello quizá por la misoginia con la que también he sido educada, me criaron como a una mujer y, claro, me han enseñado a que tenga cuidado. Cuidado porque hay peligro y, si eres mujer, acecha para ti en cada esquina. Por eso, cuando entré yo en aquel ascensor, esa mujer se tranquilizó. Seguro que a ella también le han dicho muchas veces que tenga cuidado.

Hace unas semanas entrevisté a Nerea Barjola porque va a publicar un libro sobre el crimen de Alcàsser y sobre cómo se construyen los relatos de terror sexual para limitar la libertad de las mujeres. Ella defiende que, a medida que avanza el movimiento feminista y las mujeres ganamos más cotas de libertad, el sistema se ocupa de frenar nuestras posibilidades de ser completamente libres con distintas estrategias. Durante las décadas de los 80 y los 90, el movimiento feminista del Estado español logró avances importantísimos para la autonomía de las mujeres y luego, Alcàsser. La crudeza de las torturas y asesinatos a los cuerpos de Miriam, Toñi y Desireé conmocionó a la sociedad española, que asistió a un circo mediático que los teóricos del periodismo sitúan como el nacimiento de la telebasura. Barjola se indigna ante tal afirmación: En Alcàsser lo que nació es uno de los relatos de terror sexual que más han marcado a toda una generación de mujeres, que pensaron mucho volver a hacer autostop. Mi compañera de Pikara, Mª Ángeles Fernández vivía en Extremadura, muy lejos de la localidad valenciana, pero se acuerda también de cómo corría por allí el rumor de que Anglés pasaba por la zona rumbo a Portugal. El caos, servido. La sensación de inseguridad y de peligro limitó entonces la libertad de muchas mujeres en todo el país. A mí Alcàsser me pilla lejos en todos los sentidos, pero todas tenemos nuestro propio relato de terror sexual, el que nos ha marcado, del que nos acordamos cuando volvemos solas a casa. Yo me acuerdo mucho de Marta del Castillo. Su asesinato me dolió especialmente. No sé bien por qué. No teníamos la misma edad, ni soy capaz de encontrar ninguna similitud entre su vida y la mía, pero, joder, cómo lo sentí. Lamento también cómo su caso, como muchos otros, se ha utilizado para proponer medidas punitivas propias de regímenes totalitarios. La cadena perpetua no forma parte de mis deseos tampoco para los asesinos de Marta. Me acuerdo muchas veces de ella, de su familia, de lo difícil que tiene que ser despedirse de alguien en una circunstancia así.

Entonces, me invade esta rabia con la que escribo hoy. Una rabia de la que no sé a quién culpar; esta rabia que no entiendo, que no me señala nada en particular y me lo ilumina todo, esta rabia que contagio y que me aleja tanto a veces, esta rabia con forma de dolor de ovarios, de ganas de llorar, de pataletas, rabia de pesadilla; esta rabia que no puede ser solo mía, que está dentro y no sabe salir de otra manera, esta rabia vírica, de hierro, esta rabia de luna llena, que parece inútil; esta rabia que me paraliza, esta rabia por todas nuestras muertas y por todas nuestras desaparecias. Esta rabia por Marta y por Diana, por todas las mujeres de las que no sé ni su nombre, por todos esos cuerpos muertos que yo también lloro, por la mujer del ascensor y por las madres de los asesinos, por todas mis compañeras… porque con sus asesinatos se va también parte de mi libertad, se esfuma con ellas la posibilidad de vivir una vida libre de violencia a la que, joder, las mujeres también tenemos derecho. Sus cadáveres nos señalan el peligro, que después limita sin compasión toda nuestra vida y no encuentro en ningún diccionario palabra alguna de consuelo para tanta rabia.