Spielberg vs. Trump

Miguel Rodríguez Baras

Politólogo

Steven Spielberg es un tipo muy listo. Más allá de lo que cada uno opine de sus películas y de las premisas y argumentos de las que parten, hay que reconocerle que casi siempre ha sabido conectar con grandes sectores del público y llenar las salas de cine una y otra vez. Sabiendo esto, vale la pena analizar con cuidado su decisión de hacer Los Papeles del Pentágono a toda prisa y presentarla explicando repetidamente que es la película que tocaba hacer en la era Trump. Para quien no la haya visto, se trata de un alegato a favor de la prensa y su labor de control del poder político, e incluye un fuerte componente feminista a través del papel jugado por su co-protagonista Meryl Streep. El caso que sirve de hilo conductor es el de la batalla del Washington Post y el New York Times contra la administración Nixon a cuenta de las mentiras sobre la guerra de Vietnam. Pero aunque haya pasado casi medio siglo de aquello, es bastante evidente la intención de socavar a Trump a través del reflejo de un Nixon arrogante y alérgico a la prensa. ¿Pero realmente logra ese efecto la película? En las próximas líneas expongo por qué creo que Spielberg ha caído en uno de estos tres errores: o peca de cierta ingenuidad, o se deja llevar por la autocomplacencia, o le ha podido la avaricia.

La posibilidad de la ingenuidad se basa en que asegura que la película que toca hacer con Trump como presidente gira esencialmente en torno a dos temas: la defensa de las hazañas de la prensa a la hora de controlar los excesos de la clase política, y el feminismo. Tom Hanks es el editor dispuesto a ir a la cárcel por cumplir con la misión de la prensa libre. Meryl Streep es la accidental propietaria capaz de sobreponerse al ninguneo machista y asumir un liderazgo valiente y pionero en un mundo de hombres. Ambos son admirables, queribles, poderosos y comprometidos. Más allá de las circunstancias de cada uno, son referentes fáciles para la clase media progresista que mira espantada como Trump ha ganado unas elecciones haciendo poco menos que alarde de misoginia y fobia a la prensa. De ahí la ingenuidad. Si algo es bien conocido de Trump, aparte de su poco cariño por los inmigrantes, es su actitud hacia las mujeres y hacia la prensa. Ganó las elecciones a pesar de ello y por tanto, aunque nunca se sabe si hay para quien a la enésima va la vencida, lo más probable es que cualquiera para quien estos dos temas sean centrales tenga ya decidido no votar a Trump ni en esta vida ni en la siguiente.

¿Cree Spielberg que su película va a ser ampliamente vista y comentada entre los 63 millones de votantes que dieron su apoyo a Trump en las pasadas elecciones? ¿Cree quizás que este voto anti-stablishment nacido del hartazgo y la falta de expectativas es susceptible de conmoverse por la heroicidad de los ricos y poderosos héroes del Washigton Post? ¿Ha obviado o entendido mal las decenas de reportajes y análisis que se han dedicado a “la América de Trump”? ¿Ha descartado que podría funcionar mejor una película sobre por qué es incompatible ser buen cristiano y votante de Trump, por ejemplo? Remitiéndonos a la primera frase de este artículo, apostemos por un cuádruple “no”, descartemos la ingenuidad y probemos con la autocomplacencia.

Los Papeles del Pentágono ha logrado en su primera semana el primer puesto en recaudación en España, casi doblando a la siguiente. La gente, servidor el primero, ha llenado las salas de cine y se ha reconocido en los ideales de Hanks y Streep, en su altura de miras, en su compromiso. En los bares cercanos a los cines se ha comentado hasta qué punto, tanto en Estados Unidos como en España, se están comprometiendo pilares esenciales para democracias progresistas sanas. Porque hay malvados y hay quienes les votan, esa otra gente que no ha llenado las salas de cine porque no tiene esa altura de miras ni ese compromiso, que vota cosas lamentables. En este sentido, Spielberg ha creado una actividad que en gran medida va a servir para la estéril autocomplacencia. “El mal triunfa cuando los hombres de bien no hacen nada” podría actualizarse en España como “El mal triunfa cuando los progresistas echan las tardes alternando entre agrios debates autoreferenciales y tranquilizadores consensos autoreferenciales” y en Estados Unidos como “El mal triunfa cuando los progresistas se la pasan viendo películas sobre lo bueno que es el progresismo”. Ojo, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Todos necesitamos una cierta dosis de reafirmación, cada manifestación a la que vamos o voto que emitimos cumple a la vez una función pragmática de influencia en nuestro entorno y otra de autoafirmación personal. Pero eso no quita que un director de cine, o un periodista, o un político que se dedique esencialmente a decir una y otra vez lo corrupto que es el PP o lo irrespetuoso con la prensa que es Trump está cayendo de manera consciente o inconsciente en una autocomplacencia basada en definirse a uno mismo en función de un desagradable rival, en lugar de intentar cambiar algo.

¿Está por tanto Spielberg experimentando una crisis de autoestima nacional, que trata de superar reafirmándose en sus ideales? Pues quien sabe, pero personalmente lo dudo. Parece más probable que, con cierto grado de avaricia, haya hecho lo que siempre hace: entender y explotar el estado de ánimo de su público potencial. Un público que demanda con especial intensidad espacios seguros, sean cines o partidos políticos, en los que lamernos las heridas, consolarnos mutuamente y recordarnos que por nosotros no ha sido, que nosotros lo tenemos claro, que nosotros somos Streep o Hanks, no Nixon, Rajoy o Trump. Spielberg ha creado un espacio así, y nosotros se lo compramos durante dos horas por entre 6 y 10 euros, según sala y horario. Bienvenido sea, yo lo he disfrutado, pero procuremos no quedarnos en eso, procuremos no ser una mezcla de ingenuidad y autocomplacencia. Si realmente queremos evitar que al colapso de Trump le sustituya una versión más afinada, o que al colapso del PP (si tal cosa llegase) le sustituya una versión más afinada, necesitaremos películas, series (¡Y realities!) que superen el “hecho por convencidos y para convencidos”.