El día de los enamorados con problemas

Máximo Pradera

Aunque resulta difícil de creer en un tipo tan borde y misántropo como yo, que mantiene agrias polémicas en las redes sociales y te lleva al juzgado en cuanto te pasas de la raya dos centímetros, juro sobre la discografía de José Luis Perales que lloro de emoción cada vez que veo el Romeo y Julieta de Franco Zeffirelli.  Y procuro verla todos los años.

La película, del año 68, me la descubrió mi padre, Javier Pradera, que quedó fascinado por la versión. Había visto en 1954 la película de Renato Castellani y le había decepcionado profundamente. Siempre decía que con actores talluditos, el drama de Shakespeare resultaba incomprensible, por no decir ridículo. Y eso que Susan Shentall, que hacía de Julieta, cuando rodó la película tenía tan solo 20 años y Lawrence Romeo Harvey no pasaba de los 26. Dos ancianos, si se los compara con la pareja elegida por Zeffirelli. Olivia Hussey era una pipiola de 15 y Leonard Whiting, un imberbe de 17. A más a más (que diría Puigdemont): la primera era aún menor de edad y se dio la paradoja de que no pudo asistir al estreno porque le estaba prohibido contemplar las escenas eróticas que ella misma había protagonizado.

La razón por la que Romeo y Julieta solo es comprensible y emocionante con adolescentes es que es una historia sobre el amor ciego (amour fou, lo llaman los franceses) y nada ciega más en la relación erótica que la tormenta de hormonas que se desencadena en nuestros desprevenidos cuerpos al llegar la pubertad. A los 15 años, ves menos que en una ventisca nocturna en la AP-6, con los cristales del coche opacados por la escarcha.

Pradera no era la única persona de mi entorno familiar fascinado en los ´60 con el Romeo y Julieta de Zeffirelli. También había caído rendida a los pies de esta mágica versión mi prima Marta (la malograda hija del escritor Rafael Sánchez Ferlosio) que al ser chica y un poco mayor que yo, tenía ya facilidad para colarse a las de 18. Yo en cambio, con diez años, no entraba a veces ni a las de 14, y sufría por entonces una humillación tras otra a la puerta del cine, cuando el acomodador, con gesto implacable, me echaba para atrás por pequeñajo. Ese obstáculo insuperable me llevó a convertir a Marta en mi Scheherezade particular. Cada vez que ella venía de ver alguno de los grandes peliculones de la  época (Bonnie and Clyde, La Semilla del Diablo, etc), yo le pedía que me contara la película plano a plano, y recuerdo que en ninguna brilló a mayor altura su relato (no en vano era hija de dos grandes escritores, Sánchez Ferlosio y Martín Gaite) que con el Romeo y Julieta de 1968.

–Hay un plano -me decía- de los dos dormidos sobre la cama al amanecer, con sus cuerpos desnudos y entrelazados después de su primera noche de pasión, que es como el óleo de un pintor renacentista.

No en vano – comprobé años más tarde – la película ganó el Oscar a la mejor fotografía.

Marta me hablaba una y otra vez de la inspiradísima banda sonora de Nino Rota, de los maravillosos escenarios naturales (Gubbio, Siena, Montagnana) elegidos por Zeffirelli, pero callaba sobre el trabajo actoral de los dos protagonistas, a excepción de un rotundo e insistente son guapísimos. Y si no podía decir nada de sus interpretaciones no era porque no le hubieran gustado, sino porque no había gran cosa que contar. Zeffirelli había elegido a Whiting y a Hussey por su insultante juventud y sus miradas arrebatadoras, porque lo cierto es que no eran grandes actores. Ninguno de los dos hizo carrera después de aquel megaéxito internacional. Sabedor de sus limitaciones, y a pesar de que significaba sacrificar los versos de Shakespeare, Zeffirelli acortó sus parlamentos y lo apostó todo a sus planos de reacción. Y acertó. No hay escena romántica en el cine más cautivadora que aquella en la que Olivia Hussey, que solo ha visto a Romeo con máscara en el baile de los Capuletos, contempla por vez primera su rostro angelical y queda prendada para siempre de aquellas divinas facciones.

No soy el único que suelta el trapo con Romeo y Julieta. Thom Yorke, el líder de Radiohead, y uno de los artistas que mejor ha cantado al amor adolescente en Creep, dice que vio la peli con 13 años y no podía parar de llorar.

¡No podía entender (recuerda el cantante) como después de echar el primer kiki no se largaron pitando de Verona!

Con la evocación del Romeo y Julieta de Zeffirelli en la cabeza, Yorke compuso Exit Music, para la versión de Leo di Caprio y Claire Danes del 96.

La carta de San Valentín más antigua que se conoce la escribió Carlos de Orleans a su mujer, Bonne de Armagnac, estando prisionero en la Torre de Londres. Eso significa que el 14 de febrero es el día de los enamorados, sí, pero de los enamorados con problemas. Hay que dejarse de diamantes y medallitas, el regalo mejor en San Valentín es el DVD de Romeo y Julieta. La de Zeffirelli.

En la carátula encontrarán el porqué: nada es más dulce que la fruta prohibida.