Opinion · Otras miradas

Pa´ poblema, el mío

El cómico español Goyo Jiménez defiende con razón (y sobre todo, con mucha gracia) que en España, cuando charlamos, solo nos interesa nuestro problema, no el del prójimo. Si están dos tíos en un bar, uno puede decirle al otro:
–Jo, macho, tengo un poblema…
Y su interlocutor cortarle de inmediato, antes de que pueda exponerlo.
–Espera, espera…¡pa´ poblema, el mío!
–¡Pero es que se ha muerto mi padre!
–¡Ya, y yo he perdío un boli, no te jode!

Para documentarme sobre la novela histórica que escribo en estos momentos, estoy leyendo mucho acerca de la tenebrosa relación entre Stalin y Shostakovich, que al segundo estuvo a punto de costarle el gulag, cuando no la muerte. Tras leer las noticias sobre el secuestro del libro de Nacho Carretero y la retirada del fotomontaje de Santiago Sierra, me he imaginado un encuentro imposible entre Shostakovich y cualquier español que esté sufriendo censura en estos momentos. El compositor soviético tendría hoy todos los motivos del mundo para (por ejemplo)  decirle a Sierra:
Espera, espera: ¡pa´ censura, la mía!

Y no porque Shostakovich fuera especialmente narcisista (que no lo era), ni carente de empatía, sino porque la censura en tiempos de Stalin no solo te costaba la retirada inmediata de tu obra y el ostracismo artístico, sino también la vida. Solo ha habido otro régimen tan sanguinario y represor con los artistas que se salían de la estricta ortodoxia revolucionaria, que fue el de Mao. Por enseñar a construir violines (instrumentos imperialistas, de los diablos extranjeros) te podías pasar encerrado un año entero en una letrina. Ver hoy al subdirector del Conservatorio de Shangai relatar su infernal odisea en el oscarizado documental de 1981 From Mao to Mozart hace que se te salten las lágrimas. Y si comparas su rostro de infinito sufrimiento al evocar aquella terrible vivencia con las sonrisas de complacencia de Sierra y Carretero, que se están forrando gracias al interés del público suscitado por nuestra censura de andar por casa, surge una reflexión añadida: que la distancia que media hoy entre la represión que hay en España (que haberla, hayla) y la que había en estos dos regímenes comunistas es la misma que media entre los presos políticos del franquismo y los independentistas catalanes encausados por sedición. Y si no, que se lo pregunten a Julián Grimau,  fusilado en 1963 por supuestos crímenes cometidos durante la Guerra Civil que se consideraban prescritos hasta por los propios inquisidores del Movimiento Nacional.

–¡Dmitri, me han quitado unas fotos que tenía expuestas en Ifema! – podría lamentarse Sierra en esta imaginaria conversación de bar.
Y reponder Shostakovich:
–Pues a mí, después de triunfar durante dos años con una ópera que estaba arrasando por toda la Unión Soviética, me enviaron al ostracismo. El único jerarca del régimen que no la había visto era Stalin y como no le gustó el argumento y le escandalizaron unos glissandi de trombón que evocaban el acto sexual, en 48 horas pasé  de niño mimado del Kremlin a compositor en peligro de muerte.

Sierra ha vendido sus fotos pixeladas a un colecionista por 80 mil euros y logrado de inmediato otra sala alternativa para exponer, el Museo de Lleida. Carretero, que llevaba ya ganados más de 90 mil euros antes de que el impresentable blanqueador de O Grove le demandara por atentar contra su honor, ha conseguido, tras la orden de secuestro, una cadencia de ventas en Amazon de diez ejemplares por minuto. ¿Qué obtuvo Shostakovich? Tras el incendiario artículo de Pravda (atribuído a la pluma fanática de Stalin) que ponía pingando la ópera y sentenciaba que este juego puede acabar muy mal, Lady Macbeth del distrito de Mtsensk fue retirada del Teatro Bolshoi y los colegas del Sindicato de Músicos empezaron a cambiarse de acera cada vez que se cruzaban en San Petersburgo con el compositor al que el tirano había hecho la cruz.

Para dejar atrás el episodio, Shostakovich se sumergió de lleno en la creación de su Cuarta Sinfonía, pero le salió tan oscura y tenebrosa que no atrevió a estrenarla. La autocensura se había instalado ya en su alma y le hizo comprender que ese puede acabar muy mal con el que le había advertido Stalin, no se refería solo al ostracismo artístico, sino a su eliminación física. Tanta fue su caída en desgracia, que para volver a estar en el candelabro, el compositor tuvo que autohumillarse en la prensa antes de poder estrenar su siguiente obra:
Mi Quinta Sinfonía es la respuesta creativa de un artista soviético a una merecida crítica – dejó escrito.

¿Que tenemos un problema con la censura en España? De acuerdo. Pero parafraseando a Goyo Jiménez:
–¡Pa´ poblema, el suyo!