Opinion · Otras miradas

Los andaluces de Cataluña y el procesismo

Miguel Guillén

Politólogo @miguelguillen80

El último artículo del profesor Juan Carlos Monedero publicado en este diario, dedicado a Andalucía, me ha motivado a escribir estas breves reflexiones sobre esa tierra donde nacieron mis padres y que muchos catalanes queremos tanto como a Cataluña. Decía Monedero que Andalucía “no ha avanzado en su identidad nacional y tampoco en justicia social. La identidad andaluza y la española están muy hermanadas. Y el orgullo patrio que tienen las andaluzas y los andaluces no vive de la diferencia con España. Muchos andaluces en Cataluña, a donde se fueron a trabajar porque en su tierra no les querían (¿te quiere la tierra que no te da trabajo?), se han visto reivindicados como españoles después de que el independentismo rompiera los tapones y han regresado a la bandera. Y es una reivindicación que nace con rabia, como si les hubieran estado robando algo durante todo este tiempo. Hay que reinventar España o nos van a comer los rencores”. Al leer estas palabras, he pensado que es difícil explicar mejor este asunto de como lo hace nuestro querido e irreverente profesor. Cataluñas hay muchas, como hay muchas Españas. Y muchos catalanes de origen andaluz (¿recuerdan aquello de que es catalán quien vive y trabaja en Cataluña?) han vivido determinados capítulos del serial del Procés como una agresión. Así de crudo, y así de cierto. Cuando se equipara el “Poble Català” únicamente a la parte independentista de la sociedad, se está dejando fuera a más de la mitad de Cataluña, y eso es un error gravísimo, por no decir otra palabra. Lo que se tardó largos años en construir ahora puede quedar destrozado en muy poco tiempo, gracias a la irresponsabilidad de unos cuantos malvados. Y digo malvados porque creo que son perfectamente conscientes de la magnitud de la tragedia.

Mi barrio surgió de un arrabal inhóspito a principios de los años sesenta, con la llegada en masa de centenares de parias de diferentes zonas de las Españas: andaluces, extremeños, murcianos, castellanos, aragoneses, gallegos… Gentes que huían de la miseria y llegaban a Cataluña con lo puesto, en la mayoría de casos con una maleta de cartón y poco más. Entre ellos, mis abuelos y mis padres. Construyeron sus casas como pudieron, de domingo en domingo, con la ayuda y solidaridad de los vecinos, en muchas ocasiones paisanos con los que se compraba una pequeña parcela a medias. Mi familia tardó doce años en acabar su humilde vivienda, donde aún vivo. Y como ellos, centenares de miles de personas que llegaron a Cataluña huyendo, como digo, de la miseria. Conviene recordar de donde venimos para que no nos ciegue la sinrazón que en los últimos tiempos lo tapa todo en mi tierra. Porque esto también va de clases sociales, señores míos.

Hasta hace pocos meses, en mi barrio no había banderas en los balcones. Esteladas, obviamente, ni una. Ahora sí, y ya pueden imaginar cuales: la misma que luce a su espalda el Borbón cada vez que nos da la brasa con su discurso de Nochebuena. Es lo que dice Monedero, y tiene más razón que un santo: muchos andaluces en Cataluña “se han visto reivindicados como españoles después de que el independentismo rompiera los tapones y han regresado a la bandera. Y es una reivindicación que nace con rabia, como si les hubieran estado robando algo durante todo este tiempo”. Más claro, el agua. Sólo basta con tomarse una cerveza en el bar de la esquina a mediodía para enterarse de qué va la historia. Y a veces nuestros dirigentes políticos deberían entrar más a los bares de los barrios y salir de la burbuja en que se convierten las instituciones. Es lo que les está pasando por ejemplo a los Comuns en Cataluña: si no consiguen crear un relato propio, si no se desmarcan sin complejos del procesismo en sus diferentes variantes, lo tendrán muy difícil para salir de la irrelevancia. Porque no hay que perder de vista que una parte importante del electorado natural de este espacio político ha decidido votar a Ciutadans en las últimas autonómicas. Estamos hablando de un drama que, si no se pone remedio pronto, afectará también a Unidos Podemos (ya lo está haciendo) a nivel estatal, porque la crisis catalana está sirviendo para robustecer la ira identitaria en ambas trincheras, en un conflicto que se presenta de forma maniquea. Y en los conflictos entre nacionalismos siempre gana la derecha, sea el PP, Ciudadanos o la antigua y requetefundada Convergència. O aprendemos de la historia o estamos perdidos. Pablo Iglesias dijo que habían despertado al fascismo y algunos hiperventilados del procesismo se le echaron encima. Claro, hay verdades como puños que duelen cuando se dicen, y aquello que dijo Iglesias era más cierto que la redondez de la tierra. Si algunos somos tan críticos con el procesismo es precisamente porque lo percibimos como algo que posiblemente haya cerrado la ventana de oportunidad que abrió primero el 15-M y después Podemos. Porque las banderas, al final, todo lo tapan. Pero seamos optimistas, porque quizá no todo esté perdido.

En los barrios obreros de Cataluña arrasó En Comú Podem en las generales de 2015 y 2016. En las últimas autonómicas, el gato al agua se lo ha llevado Ciutadans. Años ha, ganaba el PSC. En aquellas barriadas se fraguaron también muchas agrupaciones del PSUC y se formaron muchos militantes de las CCOO, dos organizaciones que jugaron un papel primordial en la lucha antifranquista y en la construcción del lema “Cataluña un sol poble”, una idea que hoy está seriamente en peligro. Hoy, si el conflicto se sitúa únicamente en clave identitaria, si lo social queda arrinconado sine die, quienes pierden son aquellos que desde los barrios obreros asisten atónitos (e indignados) al desprecio desacomplejado que llega desde el procesismo. Y muchos de aquellos andaluces que llegaron a Cataluña en los sesenta han vivido todo este serial sin fin como una agresión a lo más íntimo: a su identidad, a sus orígenes. De vez en cuando a algunos procesistas se les ve el plumero, como cuando hace unos días el ex diputado de la CUP Antonio Baños ridiculizaba el acento de los andaluces en las redes sociales. O como cuando años atrás Marta Ferrusola se indignaba porque un catalán nacido en Córdoba (los catalanes, como los de Bilbao, nacemos donde queremos) llegaba a la presidencia de la Generalitat. Es como si nos hubieran entrado a robar en casa, decía la primera dama de aquel pujolismo del 3% que muy pocos se atrevieron a desafiar. Andalucía, recuerden, es la tierra donde nacieron Séneca, Velázquez, Bécquer, Falla, Picasso, Juan Ramón, Aleixandre, Lorca, Machado, Alberti, Chaves Nogales, Carlos Cano o Paco de Lucía, por citar solamente algunos nombres.

Luego están quienes quieren usar el supuesto (y falso) conflicto lingüístico como arma arrojadiza y electoralista. Sólo hace falta pasar unos días en Cataluña para darse cuenta de que no existe ningún conflicto en esta cuestión, y que si de algo podemos sentirnos orgullosos los catalanes, es de poder vivir en dos lenguas indistintamente. Y sí, la preposición está bien usada: vivimos “en” catalán y vivimos “en” castellano. Como nos da la gana. Y pretender cargarse el modelo de escuela catalana es una barbaridad que no podemos tolerar de ninguna de las maneras. En mi caso particular, como cientos de miles de niños de origen inmigrante, si hoy me puedo expresar de la misma forma en castellano y en catalán es porque tuve la suerte de estudiar en una escuela y un instituto públicos en Cataluña. Querer separar a nuestros niños por razón de lengua es una locura. No todo vale, señores del PP y Ciudadanos. Porque aquellas luchas que surgieron de la dignidad de los barrios obreros de Santa Coloma (y después de otras ciudades del cinturón metropolitano) hace ya cuarenta años demuestran que los mayores beneficiados del modelo de escuela catalana somos precisamente aquellos niños que no escuchábamos hablar en catalán a nadie, porque en nuestros barrios nadie lo hablaba. Porque en este tema también cuenta, y mucho, la clase social, no solamente la identidad. Y en los barrios obreros se hablaba y se sigue hablando castellano. Y por suerte, también cada vez más catalán. Ahora que algunos están interesados en reescribir la historia, hay que reivindicar como nunca el papel de las clases trabajadoras de origen inmigrante en aquella lucha en defensa de la lengua catalana, gran parte de las cuales se organizaba en las asociaciones de vecinos, en el PSUC y en CCOO. Porque al final alguien se acabará creyendo que la lucha antifranquista la lideró el nacionalismo.

Acabo. Dice Juan Carlos Monedero que “hay que reinventar España o nos van a comer los rencores”. Pues eso, o reinventamos las Españas y adaptamos el ordenamiento jurídico a la realidad plurinacional o esto no lo arregla nadie. Y mucho menos los nacionalistas que se retroalimentan los unos a los otros. Igual incluso ya es demasiado tarde, porque la irresponsabilidad de algunos dirigentes políticos no tiene límites ni tiene fin. Disculpen que sea tan pesimista.