Opinion · Otras miradas

Letras púrpuras sobre un lienzo blanco

María Márquez Guerrero

Universidad de Sevilla

A mis compañeras del colectivo ‘Mujeres diversas de la tierra’

 El 9 de marzo de 1973, en Milán, cinco neofascistas violaron a Franca Rame, dramaturga, actriz y activista política. En el interior de una furgoneta, le rompieron las gafas, le cortaron el cuerpo con una hoja de afeitar, la quemaron con cigarrillos, la humillaron y la vejaron durante horas. Veinticinco años después, su marido, el premio Nobel Darío Fo, le escribía al Presidente de la República, consternado y escandalizado por el infinito tiempo de silencio que siguió al crimen: “Sr. Presidente, los periódicos de esta semana informan de que varios altos mandos de la división de Pastrengo de la policía secreta de los carabineros ordenaron la violación y tortura, hace veinticinco años, de Franca Rame, mi mujer”. Sin embargo, y a pesar de las declaraciones de uno de los cinco violadores arrepentido y de un general destacado entonces en dicha división, Franca Rame y Darío Fo nunca recibieron una respuesta en firme, y el caso prescribió.

En su monólogo Lo stupro, Franca revivió la violación minuto a minuto, el terror, la confusión, la huida de la conciencia:

“No entiendo nada de lo que me está pasando… El corazón, que me late con tanta fuerza contra las costillas, me impide razonar. Estoy obsesionada por estos golpes bestiales en el vientre… No intento ningún movimiento. Estoy como congelada”.

Mientras, los hombres paseaban a su alrededor, fumaban, contemplaban con placer el miedo de ella…, se demoraban en el tormento. Al fondo, se oía una canción de amor.

Imposible no recordar los últimos casos de violaciones en grupo y los whatsapps intercambiados entre los estudiantes que deseaban “marcarse una manada”: “Pues la muchacha está para entrar a criar, y para reventarle la vagina a pollazos, en plan muy basto, y dejarla medio muerta dando espasmos”. Hay sobradas evidencias: la violación no busca el placer sexual del violador; es un acto de poder, de dominación, un medio para satisfacer la íntima y dolorosa sensación de insuficiencia compensándola con una experiencia de poder, de control y de fuerza.

En la historia de la literatura encontramos otros relatos sobre violaciones, como la historia de Filomena y Procne (Ovidio, Las metamorfosis, libro VI) o La violación de Lucrecia, de W. Shakespeare. En el primero de ellos, Procne, hija de Pandión, rey de Atenas, es entregada por esposa a Tereo como trofeo por un triunfo militar. Éste, poseído por un deseo enfermizo hacia Filomena, hermana de Procne, la viola y le corta la lengua para que no pueda contar el crimen; luego la encierra en una oscura prisión en el interior del bosque. En el caso de Lucrecia, narrada por ella misma, la violación aparece explícitamente relacionada con el abuso de poder: Sexto Tarquino, hijo del último rey romano, envidioso de la grandeza –militar, pero sobre todo humana- de su general, Colatino, viola a la mujer de éste como medio para degradarlo. La violencia sexual es utilizada como herramienta de sumisión, como ostentación de dominio.

Consciente de la íntima relación entre la violencia sexual y el abuso de poder, Franca Rame, antes de representar su monólogo, leía un pequeño prólogo en el que sostenía que “el feminicidio es un problema cultural”, pues el violador no nace, se hace en una estructura familiar autoritaria y represiva, en una sociedad donde la desigualdad y la violación de los derechos individuales son realidades asumidas como inevitables. Una sociedad que utiliza la violencia contra la mujer como arma de guerra, como herramienta privilegiada para sostener el sistema de desigualdad y de dominio (A. E. Lejarriaga “La violación de Lucrecia y otras violaciones”). Por eso se investiga, por eso no se dota de suficiente presupuesto al Pacto de Estado contra la Violencia Machista; por eso, prescriben los casos y se deja libres y sin vigilancia a los maltratadores; por eso, se calla ante el acoso sexual en el ámbito laboral; por eso, se ataca la dignidad de las mujeres pagándoles menos por el mismo trabajo.

Por eso, porque la violencia contra la mujer es una de las herramientas que sostienen un sistema basado en la desigualdad y en la explotación, sigue interesando negar su carácter estructural. De ahí que, cuando no se la presenta como fruto de la acción criminal de un psicópata aislado, se la identifique como el producto inevitable de los instintos, consecuencia inevitable de la “naturaleza brutal del hombre”, sin duda unida a la provocación o a la falta de prevención de la mujer. Así, antes que reconocer su carácter social, para algunos es preferible defender la “usualmente fea y peligrosa naturaleza de la libido masculina”, de la que serían muestra perfecta personajes legendarios como Barbazul, Drácula o los hombres lobo (Stephen Marche, “La monstruosa naturaleza sexual de los hombres y el escándalo”, The New York Times, 2 / 11 / 2017). Otros ponen el foco en la frágil y vulnerable condición de las víctimas y aconsejan, como Joaquín Leguina, que “hay que educar a las mujeres para que no se dejen pegar y estas cosas” (Público, 29 / 01 / 2018). Todas estas hipótesis que explican la violencia genéticamente, individualizando a los agresores (“cada sádico toma su decisión a solas”, Javier Marías, El País Semanal 10/12/2017) o culpabilizando a las víctimas, tienen en común el carácter inmovilista, la voluntad de negar cualquier posibilidad de cambio.

Sin embargo, la clave de esta violencia masculina no está en el instinto, como han probado los expertos (W. Masters y V. Johnson); todavía no se ha visto a ningún grupo de animales machos reunirse para herir a una hembra y violarla posteriormente. Tampoco se circunscribe al mundo libertino de Hollywood o a ciertos ámbitos laborales donde la estructura jerárquica y los mecanismos del poder impiden cualquier tipo de límites. La violencia sexual está allí donde el poder sin control favorece el abuso del varón, ya sea por la superioridad de su fuerza, edad, autoridad o  medios económicos… Ya lo decía Trump, el “líder del mundo libre”: “Cuando eres una estrella, ellas te dejan hacerles cualquier cosa. Agarrarlas por el coño”.

Algo del carácter sistémico de esta violencia estructural contra la mujer ha intuido Inés Arrimadas cuando señalaba que algunas de las reivindicaciones de la huelga feminista del 8M van contra el capitalismo. Ciertamente, la violación es el producto de un sistema que sitúa a la mujer como ser inferior, que la relega a actividades de servicio y de cuidado, o, en todo caso, menos especializadas, y que la concibe como un objeto sexual, y,  por tanto, sujeta al dominio del varón  y a su violencia: “como una corza, presa, en las garras de un grifo, / implora en un desierto, donde no existen leyes, / …” (vv. 543-544, La violación de Lucrecia, W. Shakespeare).

La intimidación del poder no necesita llegar al extremo del feminicidio, pues para imponer su voluntad basta con la coerción, que, en sí misma, genera humillación e inhibición. “La violación no es una búsqueda del placer en un sentido lúbrico, aunque pueda parecerlo, es un acto violento, un crimen de «hombres», y si hay goce en su ejecución este se genera a través del sometimiento de la víctima a viva fuerza, de la expresión de dolor de la víctima, de su humillación, de su vejación. El violador no practica sexo, hiere con su sexo.” (Ángel E. Lejarriaga “La violación de Lucrecia y otras violaciones”).

Es “… odio brutal, / de pasión revestido” el que desgarra las carnes  (La violación de Lucrecia, vv. 667-669), y cuando se consuma, “la herida que nunca sanará, / la cicatriz eterna que ya no admite cura” (vv 731-732), ese golpe mortal que “deja a su víctima vencida en el dolor”, no está provocado “solo por el daño físico en el cuerpo, sino por el asco, la humillación, por los mil escupitajos” que hemos recibido en el cerebro  (Lo stupro, F. Rame).

Franca Rame no dejó nunca de luchar a favor de las mujeres violadas, ni de denunciar a la sociedad machista. En los últimos años de su vida, contaba uno por uno en su página web todos los casos de violación, indignada por que no se hicieran públicos, horrorizada por las pocas leyes que nos protegen. Cuentan que se imaginó siempre en su entierro rodeada por mujeres vestidas de rojo y cantando. Y así fue: cientos de ellas se dieron cita en el teatro Strehler de Milán para despedirla cantando el conocido canto partisano “Bella ciao”. Franca no se  suicidó, como Lucrecia, abrumada por la culpa, deprimida por la deshonra. Al contrario, como Filomena desde su prisión, Rame escribió su historia y quiso divulgarla, pero esta vez no para ejecutar una venganza fría y atroz. Simplemente, tejió con hilo púrpura sobre un lienzo en blanco la historia de una  mujer libre y valiente, capaz de reconocer el crimen que había sufrido y de comunicarlo a sus hermanas. Una mujer fuerte y poderosa a quien ya nadie podría callar jamás.