Opinion · Otras miradas

Contar la huelga feminista

Hace unas semanas mi madre me preguntó preocupada qué contaría a mis tías cuando éstas le preguntaran por mi Trabajo Fin de Máster. Es un documental sobre el proceso que vivo con mis compañeras del movimiento feminista de Madrid en la convocatoria de la huelga feminista del 8 de marzo, podría haber respondido, para explicar después en qué consiste una huelga feminista, pero no lo hice así. En su lugar le propuse contestar que realizo un documental sobre cómo trabajan y se organizan los movimientos sociales. Una sinopsis amable, la versión edulcorada de mi relato.

Estoy venga contar la huelga feminista. La cuento más de diez veces al día. Se la cuento a mi vecina en el ascensor, a mis compañeras en el descanso de clase, a la camarera de la cafetería de la facultad, a mis amigos de Pamplona por el grupo de WhatsApp, a las mujeres del barrio en la cola del mercado, a mi hermana por teléfono, a los followers por redes sociales, a mi compañera de piso y a mi tutor del Trabajo Fin de Máster; pero no a mi madre.

Mientras fuera de casa soy una militante feminista documentando cómo convocamos una huelga, en casa casa me siento una documentalista infiltrada en este movimiento. Así, el documental se convierte en una excusa para contar la huelga feminista en ese espacio donde no he sabido cómo hacerlo: mi casa, el ámbito doméstico, el espacio privado.

Y de eso va el feminismo, de sacar lo privado al espacio público, de politizar el dolor, la rabia, la incomprensión, el miedo; y también esta falta de comunicación.

Cada vez somos más las jóvenes involucradas en movimientos sociales, es algo que no nos dejan de repetir, y no es casualidad, ni mucho menos una moda. Es el resultado de que las anteriores se asegurasen de que creciéramos conscientes de que lo personal es político.

Nos lo repiten; qué jóvenes sois; yo tenía otras preocupaciones a tu edad; nunca ha habido tantas jóvenes en la asamblea. A veces hasta parece que nos felicitan, como si dijeran: eres joven y estás decidida a acabar con la discriminación que sufres, enhorabuena.

A través de las experiencias personales estamos adquiriendo conciencia política a edades cada vez más tempranas. El feminismo, el movimiento LGTB o la lucha antirracista combaten las violencias que nos atraviesan en nuestro día a día, en todos los espacios que compartimos. Si somos tantas y tan jóvenes es porque ellas convirtieron lo vivencial en el germen politizador de la juventud.

Dejad de darnos la enhorabuena, compañeras, si llegamos aquí es por vosotras, y seguimos aquí por todas nosotras. Vuestra genealogía nos ha enseñado que este proceso que construímos entre tantas no acaba el 8 de marzo, y que por eso el relato de la huelga feminista está vivo, porque lleva en construcción más tiempo del que podamos imaginar.

Pienso en el documental y me pregunto cómo filmar un relato vivo. No puedo contar hoy la huelga feminista como la conté ayer, ni puedo escribir un artículo sin saber cuándo se publicará. Como Heráclito en el río, no sé si seré capaz de montar la versión definitiva de este documental.

Tampoco sé poner un punto final a este artículo. El relato que quiero contar no tiene principio ni final. Unas veces empezamos a contar la huelga feminista desde el Paro Internacional de Mujeres de 2017. Otras, desde la primera huelga que organizaron las mujeres islandesas, en 1975.

Podemos seguir echando la vista atrás y decir que la huelga feminista comienza a construirse cuando por primera vez dijimos basta ya. O decir que el feminismo, esa moda de la que hablan, es tan antiguo como el propio patriarcado. Precisamente será ése el punto final de la huelga feminista, la transformación social para la que nos convocamos.