Opinion · Otras miradas

Nada nuevo bajo el sol

En los últimos días se han producido dos noticias que tienen que ver con la vulneración del derecho fundamental a la libertad de expresión. Aunque aparentemente inconexas, están pues íntimamente emparentadas entre sí. De un lado, dos renombrados periodistas (Fernando Garea y José María Calleja) han sido vetados en TVE y sustituidos por dos populares intoxicadoras mediáticas. Su curriculum  es tan dudoso y sombrío, que para mí es como si en un hospital público, el gerente hubiera decidido relevar a dos prestigiosos neurocirujanos y colocar en su lugar a dos hechiceras haitianas.

De otro lado, el Tribunal de Estrasburgo ha condenado a España, en veredicto unánime, porque nuestros  jueces consideran que la quema de una foto de los Reyes constituye un delito de odio. Lo primero que me he preguntado es si a partir de ahora podremos quemar también en público fotos de ese inquietante y negruzco sopistrajo de verduras que la compi yogui de López Madrid les encasquetó a las pobres infantas ante las cámaras de TVE. Si se atrevió a servirles esa merde (Letizia dixit) delante del populacho, ¿qué no será capaz de hacer cuando no la vea nadie?

Como no podía ser de otra manera, dada mi acreditada reputación de tocapelotas profesional, yo fui protagonista (hace tiempo, eso sí) de un suceso que aunó los dos hechos a la vez: censura en TVE y supuesta falta de respeto a la Familia Real. Corría el año 1994, los socialistas se retorcían entre horribles estertores durante su último año de mandato y a los hermanos Trueba, que gozaban de un enorme prestigio por el éxito de Belle Époque, se les confió la puesta en marcha y dirección de un programa de humor y entrevistas llamado El peor programa de la semana. Yo fui contratado como creador de sketches (quedó muy bien el anuncio del preservativo–joya, con una voz femenina en off que decía con acento francés: argte en tu miembgro), pero también como redactor del cuestionario al que El Gran Wyoming, presentador del show, sometía a sus invitados.

La tormenta se veía venir desde hacía semanas, porque la Directora de Programas, que había jurado y perjurado que el programa era un tren un largo recorrido y no se vería afectado por los vaivenes de las audiencias (¿te acuerdas, Victoria Lafora?), telefoneaba a primera hora de la mañana a Wyoming (a veces, incluso, despertándole) para reprocharle la raquítica audiencia del día anterior.

–¡Qué desastre! ¡Habéis hecho un 1,8! – decía hecha una hidra–. ¡Hasta Pueblo de Dios tiene más audiencia que vosotros!

Y un Wyoming legañoso, aún en pijama,  respondía desde la cama:

–¡Señora, yo soy un artista!  ¿A mí qué me cuenta? ¡Las audiencias son cosa suya!

El martes 15 de febrero de 1994 se tendría que haber emitido una entrevista con el reputado escritor Quim Monzó. Unas semanas antes, Monzó había participado en un programa de TV3 llamado Persones Humanes en el que, en el transcurso de una tertulia satírica, algunos invitados habían vertido comentarios con doble sentido sobre la afición a la hípica de la Infanta Elena y su relación sentimental con el jinete Luis Astolfi. Monzó no intervino en esa charla, sino en una sección aparte, en la que ofreció un monólogo descacharrante sobre la cantidad de (¿cómo llamarlo?) tiempo libre remunerado del que gozan los Reyes. La Casa Real se quejó a Jordi Pujol por los comentarios de dudoso gusto vertidos en la tertulia, no en el monólogo de Monzó, y el hoy Molt Poc Honorable se disculpó públicamente.

Semanas después, Wyoming invitó al escritor a nuestro programa y los pretorianos mediáticos de Felipe González, que mangoneaban a su antojo en TVE, le advirtieron que cualquier mención a TV3 o a la Familia Real sería considerado un acto de guerra. A última hora, le dije a Wyoming que estaba muy bien lo de hablar de literatura con Monzó, pero que iba a resultar incomprensible no meter una pregunta (solo una, lo juro) sobre el escándalo en TV3.  Cuando TVE vio el cuestionario entró en pánico, porque además el jefe de los pretorianos, Jordi García Candau, estaba fuera de España, y Lafora, más papista que el Papa, decidió vetar a Monzó no vaya a ser que me caiga luego a mí la bronca o lo que es aún peor, me quiten la poltrona.

Los socialistas vetaron a un invitado por lo que éste podría llegar a decir en el curso de una entrevista en directo. El Tom Cruise de Minority Report lo habría llamado PreCrime. Manuel Fraga, censura previa (que él mismo se encargó de derogar con su famosa Ley de Prensa de 1966).

Lafora nos dio un ultimátum: el programa tendría que emitirse solo con sketches o no emitirse, pues Quim Monzó había sido declarado persona non grata en TVE. Wyoming y los Trueba no aceptaron el veto y aquella noche caímos todos con las botas puestas.

La reacción de los pretorianos socialistas cuando la prensa libre denunció el atropello fue tan patética como la propia censura. En vez de reconocer los hechos, decidieron poner en marcha el ventilador de la merde y acusar a los Trueba y a Wyoming de haber armado una pataleta, al enterarse de que el programa no sería renovado. Era mentira: la dirección de La2 había ya expresado su voluntad de continuar emitiéndolo.

Un famoso crítico estadounidense dijo una vez que la censura es al arte (o a la comunicación) lo que el linchamiento es a la justicia. El veto a Wyoming entonces o a Santiago Sierra ahora respondería por tanto a los mismos mecanismos mentales que llevan a la airada turba a exigir la pena de muerte para la presunta autora del crimen de Níjar, aún antes siquiera de que el juez la haya imputado oficialmente.

Ojo con la alternativa socialista al desmán PePero, porque en cuestión de derechos fundamentales, podría no ser mucho mejor que en 1994. ¿O hace falta recordar que Margarita Robles se mostró a favor de la censura en Arco para tener la fiesta en paz?