Opinion · Otras miradas

Me gusta ser feminazi

Recuerdo que me lo llamaron por primera vez en uno de esos nidos de fanatismo e intransigencia que es el espacio reservado a comentarios en los blogs y periódicos, también conocidos como “vomite aquí su mierda”. Fue en 2013, cuando publiqué un artículo en contra del anteproyecto de Ley de Gallardón que restringía y penalizaba el aborto y que a punto estuvo de devolvernos al turismo londinense de clínica de extrarradio, cuando alguien me comentó “puta feminazi de mierda”. La palabra, hasta entonces desconocida para mí (puta no, esa la llevo escuchando desde que me salieron los dientes de leche), me resbaló como agua que no has de beber. La dejé correr.

Entonces el uso de “feminazi” como descalificación no estaba tan extendido en España, seguramente, porque escribir sobre feminismo o con perspectiva de género tampoco lo estaba demasiado. La conquista del espacio mediático por parte del feminismo en los últimos años, ha venido acompañada de la radicalización del machirulismo patrio que ha encontrado su desahogo intelectual en lugares de culto como Forocoches, en donde se empezó a promover masivamente el uso del término como insulto predilecto hacia las feministas. El año pasado, un grupo de iluminados llegó a crear una plataforma llamada “Stop Feminazis” para apoyar al ex maltratador de Juana Rivas. A día de hoy, panfletos de dudosa calidad periodística usan el término incluso para titular sus noticias.

Pero… ¿qué significa feminazi?

El análisis morfológico del acrónimo no deja espacio para la imaginación y hace entender que las feministas –o al menos una parte de ellas- somos nazis. Una ideología de defensa del género femenino al que consideramos superior por naturaleza, y mediante la cual llevamos a cabo labores de persecución, tortura, encierro, matanza y deportación de varios millones de varones que viven escondidos en sus sofás viendo la Liga y reivindicando el día del hombre por twitter, mientras le piden a su señora que vaya a las reuniones de la AMPA porque les da miedo salir a la calle.

El término fue utilizado por primera vez por Rush Limbaugh, un famoso locutor de radio estadounidense muy afín al Partido Republicano que en el año 1992, publicó un libro en el que se refería al derecho al aborto como el “holocausto moderno”, asegurando que las feministas querían provocar el máximo número de abortos posible. Este individuo es también pionero en esa teoría que asegura que las feministas carecen de cualquier atractivo físico, desconociendo seguramente la existencia de su paisana Gloria Steinem. No obstante, ella sí supo pronto quien era él, y en una entrevista del año 1996, Steinem criticó el uso del término como “cruel y antihistórico” recordando a muchas feministas alemanas que habían sufrido la persecución del Tercer Reich.

Las ideas antifeministas de Limbaugh estaban más cerca de Hitler de lo que él pensaba. El aborto estuvo prohibido para las alemanas durante la dictadura nazi, y se llegó a establecer por ley la pena de muerte para las arias que abortasen. Sólo una ley de 1935 permitió el aborto eugenésico de niños “enfermos, débiles o deformes” (cuando no su asesinato)  y también el aborto en razas inferiores por el bien de la comunidad. El régimen nazi se opuso totalmente al movimiento feminista y Hitler se encargó de desmantelar a los grupos feministas que fueron incorporados a la Liga Femenina Nacionalsocialista. Esta organización promovía la entrega al marido y a la familia, animaba a las mujeres a dejar sus trabajos, y premiaba a las que más hijos tuviesen con inventos como la Cruz de Honor de la Madre Alemana.

Limbaugh era, básicamente, un ignorante, y el término feminazi, un absurdo en si mismo. Algo que no tiene representación en la vida real. Un oxímoron. Una construcción que carece de ningún sentido salvo el cómico y es ahí, precisamente, donde yo reivindico su uso como empoderante.

Algo parecido pasó con las palabras de negros. Recordemos de donde viene la palabra “nigga” (negrata, en español). Un concepto que se acuñó en el siglo XVII en un contexto absolutamente racista para referirse peyorativamente a los esclavos africanos enviados a las colonias estadounidenses. Fueron los propios negros los que se reapropiaron del término como signo de hermandad. Tanto, que a día de hoy sólo está bien visto su uso entre la comunidad negra, y ninguna persona blanca debería usarla si no quiere ser tachada de racista (o directamente de gilipollas).

En la comunidad gay ocurrió algo similar con los conceptos “marica” o “maricón”, que también fueron rescatados del lenguaje homofóbico para emplearlos fraternal e identitariamente. A día de hoy es casi imposible conocer a un homosexual varón que no se refiera a si mismo como marica.

En mi grupo de amigas llevamos años utilizando palabras feas para llamarnos entre nosotras. Cuanto más amigas somos, más probabilidades hay de que nos dediquemos un puta, zorra o perra con innumerables y cariñosos sufijos como –illa –ita o -iña. Todas estas palabras fueron empleadas por el machismo para insultarnos, pero pronunciadas por mujeres para referirnos a nuestras amigas adquieren un significado completamente opuesto. Las hemos mancillado. Les invito a ver una serie americana de mujeres en donde las protagonistas no pronuncien ni un solo “bitch”. No hay que olvidar que el sentido de las palabras está directamente relacionado con la boca que las pronuncia. Solamente he dejado de usar de forma jocosa –o al menos lo intento- la palabra puta. El sistema prostitucional es real, y no tiene ninguna gracia.

Si repasamos los peores insultos que el patriarcado nos ha dedicado a lo largo de la historia, siempre se han referido a conceptos que tienen que ver con el poder de la mujeres como amenaza: promiscuas, malvadas, despiadadas… Todas las cualidades indeseables en nosotras y tradicionalmente asociadas a lo masculino. Puede que sea una batalla ganada que nos consideren peligrosas. Desde luego, yo prefiero que me llamen zorra a pardilla.

En el año 1983 el grupo de punk Las Vulpes publicaron su tema “Me gusta ser una zorra” que llevó a querellarse al mismísimo Fiscal General del Estado por escándalo público y que provocó la dimisión de Carlos Tena, director del programa de Televisión Española en donde se estrenó el sencillo, y la desaparición del propio programa. En plena movida ochentera, cuando muchas bandas masculinas todavía veneradas, hacían apología de la violencia y del asesinato machista, fue un grupo de mujeres, que se atrevieron a reivindicar su zorrerío, las que acabaron siendo castigadas y expulsadas de la televisión pública.

A aquel fiscal le molestaba que las Vulpes cantasen a la libertad sexual de las mujeres, tanto como que ahora defendamos sin complejos y sin miedos los derechos que nos pertenecen. Si eso es ser feminazi, me gusta serlo.