Opinion · Otras miradas

Está mi casa abierta

El 26 de febrero de 1939, en un pequeño suelto en la columna derecha de la página 7 de La Vanguardia:

“Muerte de Antonio Machado. – Comunican de París que ha fallecido en aquella capital el poeta Antonio Machado. Dos días antes de ser liberada Barcelona por el glorioso Ejército del Generalísimo, Antonio Machado se encontraba todavía en la capital catalana”.

Efectivamente, Machado partió de Barcelona rumbo a Francia el 22 de enero de 1939, con las fuerzas muy mermadas por una huida que había arrancado en Madrid hacia Levante, de donde retomó la marcha, esta vez rumbo a Barcelona, en marzo de 1938. Huir es vivir de lejos, sudar hacia atrás siempre contra el colmillo de la bestia.

El poeta Machado escapaba y escapaba acompañado por su madre, ya muy anciana, su hermano José y la compañera de éste. Fue José quien dejó escritas las terribles condiciones hasta la frontera con Francia, en una interminable caravana de cientos de miles de hombres, mujeres, familias huyendo. La huida no sabe de hogares, solo de memoria, el único amparo si a eso llega. Y el amparo de los Machado fue un vagón de tren ya sin servicio, el andén sembrado de cuerpos derrumbados, ni un céntimo, sin agua, quién sabe si memoria de versos. Hasta que dos hombres, Navarro Tomás y Corpus Barga, consiguieron llevarlos hasta el pueblo marinero de Collioure, al pequeño hotel de Bougnol-Quintana.

Estos días leo a hombres y mujeres que celebran la detención del barco de Proactiva Open Arms, dedicado a salvar vidas en el Mediterráneo. Salvan las vidas de los que huyen, sudando hacia atrás contra el colmillo de la bestia. Acusan a la ONG de “tráfico de personas” y de promover la inmigración ilegal. ¿Qué es legal? ¿Dejar morir a un ser humano es legal? ¿Contemplar impasibles su huida, su dejar escapar la vida, hasta ir a dar entre las fauces de la bestia es legal? ¿Es eso? ¿Eso somos?

El poeta Antonio Machado murió en Collioure el 22 de febrero de 1939, pasadas las tres de la tarde. Tres días después murió su madre. Habían llegado al pueblecillo de la costa francesa el 28 de enero. Enero es helado a la altura del día 28, a la altura de las costas marineras, a la altura de la huida.

Siempre que leo de hombres y mujeres huyendo pienso en los tobillos tumefactos de Antonio Machado tratando de andar sobre el hielo que van dejando las fauces, junto a cientos de miles, pienso en cómo le costaba respirar, en cómo se atería y en su madre. Es mentira que muriera en París, como relató la noticia de La Vanguardia. Es mentira que se destroce, en la huida, la idea de esperanza. El ser humano es quien devasta cualquier resto de ilusión. Los miles y miles de mujeres y hombres que escupen sobre la cara del que huye, sobre la posibilidad misma del amparo.

Estos días leo a hombres y mujeres que me dicen “Si tanto quieres que vengan, métetelos en tu casa”. Como si creyeran que yo jamás haría eso, lo dicen. Y claro que lo haría. En casa todavía mantenemos intacto el principio de hospitalidad. Aquí y ahora lo digo: Está mi casa dispuesta para aquellos que, huyendo, no encuentran descanso y son perseguidos. Joder, está mi casa abierta.

“Estos días azules y este sol de la infancia”. Estos fueron los últimos versos del poeta Machado. Pienso en la casa común. Ha llegado la primavera.