Opinion · Otras miradas

¿España rebelde?

Francisco Pereña

Psicoanalista

Una amiga sueca se muestra asombrada por las manifestaciones feministas del día 8 de marzo en España. Su asombro viene de la contradicción que cree ver en esa extraordinaria y admirable movilización, ya por el simple hecho de darse en un país gobernado por políticos corruptos,  con presos políticos y con jueces arbitrarios y esperpénticos que persiguen toda disidencia y encarcelan a diputados y a raperos. No entiende, dice, cómo un país que tiene tal capacidad de movilización se puede dejar gobernar, incluso dar su voto a tal tipo de gobernantes.

¿Cómo responder a esa pregunta? No es fácil, y, sin embargo, esa pregunta, que yo mismo no me había formulado así, me hace pensar en una contradicción muy propia de esta país que combina a la perfección el ‘viva las cadenas’  con el furor anarquista. La llamada España ‘oficial’ ha sido siempre, y sigue siendo, esa mezcla de sacristía y centros de detención, que obliga a cualquier forma de rebelión, a la ‘movilización callejera’, al rechazo radical de un sistema clerical y corrupto no de ahora, sino de todos los tiempos. Como de todos los tiempos es el que la política institucional en España se haya ejercido sin la idea de los teólogos tomistas de dar cuenta del acto público. En España el político es alguien que no tiene que dar cuenta de sus actos, más que, en todo caso, ante sus compinches. Y quien entre en ese juego terminará aceptando sus reglas.

“¡Vaya simplificación!”, se dirá. España es un país moderno (esa palabra ridícula tan del gusto del charlatán) que nada tiene que envidiar a los países de nuestro entorno, como reza el estribillo. Probablemente es así. España puede llevar a cabo las políticas más injustas o más directamente criminales contra los más alejados de toda distribución de poder, “sin complejos”, como le gustaba repetir al funesto Aznar. Me decía esta amiga sueca que Rajoy en Suecia estaría en la cárcel o, en todo caso, no sería ni de lejos presidente del gobierno. Seguro. ¿Eso hace envidiable el sistema político sueco? No estoy nada seguro, pero en Suecia, en efecto, se puede llevar a cabo una ‘política’ económica contra los más desfavorecidos también de manera implacable, pero siempre justificada por leyes supuestamente no modificables a voluntad y con un una incuestionable atención, al menos institucional, a todo aquel que quede en riesgo de ‘marginación’. Eso no hace más decente a un sistema tan  hipócrita como son las democracias capitalistas por el hecho de que sus mandatarios no sean corruptos y arbitrarios En todo caso, ninguno de ellos retira el saludo a Rajoy por mucho que conozca su impecable currículum. En suma, ellos se comportan igual que los españoles que le votan (o que ahora se muestran dispuestos a votar a su peor y ‘moderna’ derecha), aunque ellos digan que jamás les votarían.

No sé si las llamadas ‘dos Españas’ tienen una clara descripción sociológica o quizás simplemente están en el ‘alma’ de la mayoría de los españoles. En todo caso, tienen una más clara adscripción en cuanto al ejercicio de la política institucional. El político de la institución se pone un lacito morado y a otra cosa. En las movilizaciones del día 8 se dieron cita muchas mujeres que atacan el ‘sistema’. Otras, que quizás  fueron a dar expresión a su recóndita rebelión contra el “sistema”,  el día 9 volvieron al ‘sistema’ que, en efecto, no podría subsistir ni un día sin ellas. La calle en España no puede ser un simple espacio de protesta, ha de serlo de rebeldía

Desde la perspectiva de la política institucional, España no es un país de fiar. Quizás sea mejor así, si alienta en su seno el furor de la constante rebelión pendiente.

No creo que esta amiga se sienta muy convencida con esta respuesta. Me gusta pensar que en este país, a pesar de su servilismo, o en relación con él, hay una profunda desconfianza del Estado, como ‘mediación política’. La justificación de la ‘mediación política’ referida al Estado o a los partidos políticos, me parece ridícula, peor que ridícula. Cuando aparecieron los partidos políticos en la Asamblea Francesa eran, de entrada, clubes de discusión o debate, hasta que el club de los jacobinos descubrió que el valor de una idea proviene del hecho de que sea capaz de imponerse por la fuerza. Así fue siempre. Cuando se pretende justificar la existencia de un partido político por ser instrumento de una clase, etcétera, me parece irónico. No es tal instrumento, al contrario. El partido político, como el Estado, no es un instrumento sino que todo es un instrumento para él, para la conquista del poder en el seno del Estado. Es un fin en sí mismo y la ideología es un simple eslogan, un estribillo, mera propaganda, homogeneidad, liturgia de la adhesión, lo más lejos posible del pensar. Pensar equivale a traicionar al partido, es deslealtad con el Estado o con la Ley. La ley, un invento romano contra la dikía griega, es la legitimación del crimen. El Estado, si no fuera por su carácter criminal, si no fuese por el ensamblaje de la complicidad criminal que supone, sería simplemente ridículo. La mentira como Institución no es un mero error, es un crimen. ¿Por qué ningún juez pide cuentas, por ejemplo, a Aznar por el crimen de la guerra de Irak  y sí los hay que encarcelan a raperos?

Nunca me resigné a tomar el Estado o el partido político como ‘mediación política’.  Lo desesperante es que no haya forma de intervenir en los ‘asuntos públicos’ sin entrar en ese juego criminal. El Estado, o el partido político, no es un bien público, es un desastre público. Su objetivo es aniquilar la insubordinación mediante el adiestramiento pavloviano.

Me gustaría pensar que en lo más recóndito de este país habita la insubordinación. I have a dream.