Tácita Muda, discriminación femenina y otras antiguallas

María Isabel Núñez Paz

Profesora de Derecho Romano en la Universidad de Oviedo

Cuenta el mito que antes de ser venerada como diosa del silencio, Tácita era una náyade de nombre Lara (del griego laleo: hablar) que desoyendo al padre “contén la lengua, hija” se atrevió a contar el acoso que sufría su hermana Yuturna por parte de Júpiter. Como castigo a su osadía el Gran Padre de los hombres y los dioses arrancó la lengua a la náyade habladora y la relegó al mundo de ultratumba, condenándola al silencio perpetuo. Lara fue también despojada de su nombre y pasó a llamarse Tácita Muda (de tacere callar). Su festividad la celebraban los romanos el 21 de febrero.

Pocos días y muchos siglos después, el pasado 8 de marzo, mujeres procedentes de distintos ámbitos sociales geográficos y laborales unían sus voces en un único grito por la igualdad. Hablaron alto y claro de violencia, de discriminación laboral, de techos de cristal, de cuidados familiares que recaen, casi con exclusividad, en manos femeninas. Transcurridas ya algunas semanas y con los ánimos más calmados, puede ser el momento de interpretar, en clave histórica, algunas de las reacciones que produjo el éxito incontestable y el seguimiento masivo de aquellas manifestaciones convocadas por distintas plataformas feministas. Se afirmó en este sentido que, si bien en el pasado las mujeres fueron sojuzgadas, en nuestro moderno y democrático mundo ya existe la igualdad (o hemos emprendido un camino sin retorno hacia ella) por lo que vale más que sigamos en silencio, tengamos un poco de paciencia y nos dejemos de antiguallas reivindicativas.

La sumisión femenina del mundo occidental encuentra sus raíces en la civilización grecolatina. Nuestras antepasadas griegas y romanas ejercieron siempre trabajos productivos y reproductivos, y desempeñaron funciones de cuidado de personas enfermas y vulnerables. No obstante, fueron silenciadas social y jurídicamente.  Eran alejadas de la toma de decisiones y de la autonomía en la administración de sus bienes. Cierto que en Roma ya hubo manifestaciones de mujeres que clamaban contra el trato discriminatorio de que eran objeto, especialmente en cuanto a su capacidad patrimonial; a algunas mujeres romanas privilegiadas se les permitió  desarrollar durante breves periodos actividades consideradas masculinas (officia virilia); otras, siempre pertenecientes a estratos sociales elevados, llegaron a un pacto con los varones de su tiempo: seguiremos alejadas del ámbito de toma de decisiones  si a cambio nos concedéis comodidades y beneficios económicos. El pacto se firmó: el privilegio a cambio de la exclusión. Pero faltó la conciencia de género, la dimensión política y la interconexión con otros grupos sociales; precisamente por eso no puede hablarse de feminismo en Roma. El jurista romano Paulo afirmaba que la exclusión femenina respondió a una mera convención y no tenía fundamento en la razón: “Por naturaleza  (se excluye) al sordomudo, al loco incurable (furiosus) y al impúber ya que carecen de juicio; por la ley, el que fue expulsado del senado; por las costumbres, las mujeres y los esclavos”. La idea se repite a partir de la Ilustración; así. Mary Wollstonecraft en su obra “Vindicación de los derechos de la mujer” (1792) se expresa en el mismo sentido que el jurista romano cuando argumenta que las mujeres no son por naturaleza inferiores al hombre sino seres racionales e iguales.

No se trata por tanto de antiguallas superadas sino de ideas deliberadamente silenciadas.

La historia, junto al mito, sirven para conocer el pasado y nos guían en el presente. El filósofo Richard Rorty destacaba la importancia de apoderarse del relato del pasado para conseguir el liderazgo político. En el mismo sentido se había expresado antes la filósofa existencialista Simone de Beauvoir cuando en el primer capítulo de “El segundo sexo” abordaba la trascendencia de “los hechos y los mitos”. Desde luego que la apropiación del relato del pasado no es en absoluto inocente como demuestra el hecho de que, a día de hoy, las mujeres seguimos percibiéndonos tal y como hemos sido descritas.

Muchas mujeres anónimas que acudieron a las manifestaciones del pasado 8 de marzo sufrieron a lo largo de sus vidas humillaciones de envergadura, como la negación del derecho de voto, el verse alineadas en el Código civil junto a “menores no emancipados, locos o dementes y sordomudos que no sepan escribir” o no poder disponer de su propio dinero sin licencia marital hasta la reforma de 2 de mayo de 1975. Por otra parte, el divorcio parece ser en nuestra sociedad algo normalizado que se dejó caer plácidamente en la historia cuando tocaba (olvidando por otra parte que el divorcio por mutuo consentimiento existió siempre en el mundo romano).  Pero algunas mujeres saben bien que no fue así. La abogada e incansable Ana María Fernández del Campo fundó en 1972 la primera asociación de mujeres separadas y junto a otras mujeres como Lidia Falcón son memoria viva de la lucha feroz para recuperar la libre disolución del matrimonio en nuestro país (tras el corto paréntesis de la II República).  Aprobada la Constitución de 1978, fue necesario esperar todavía algunos años hasta la ley de divorcio 30/1981 de 7 de julio. Reputados canonistas de la Universidades de Salamanca, Navarra y Comillas tacharon la norma de inconstitucional ya que según ellos convertía de facto el matrimonio canónico en matrimonio civil. El propio ponente de la ley de divorcio, el moderado y centrista Fernández Ordóñez dejó constancia escrita de la oposición a la norma, que se extendió incluso a su persona:“La antigua caverna española resucitó su clásico sistema de calumnia organizada y circuló la idea de que yo defendía la ley del divorcio porque me quería divorciar.” Acaso algunos ataques contra la ley de divorcio provenían de quienes poco después se acogieron a ella.

A quienes afirman que la manifestación del pasado 8 de marzo estaba politizada habría que recordarles que, conforme a la máxima aristotélica del “zoon politikón” (ser humano como animal político) la diferencia entre humanidad y animalidad viene marcada precisamente por la política. Si a la mitad de la humanidad (las mujeres) les quitamos lo político reproducimos la polaridad hombre como ser torácico (racional) frente a mujer como ser abdominal, de honda tradición histórico-jurídica. En un momento tan significativo como la Revolución francesa, donde suele situarse el origen del Feminismo, podemos recordar la firme oposición de Olympe de Gouges a la política de terror de Robespierre y su defensa de las mujeres; antes de ser guillotinada en 1793 tuvo tiempo de  redactar junto a sus compañeras la “Declaración de derechos de la mujer y la ciudadana.”

También se ha querido minimizar la incidencia de las masivas manifestaciones del 8 de marzo por elitistas, “ideologeizadas” y no representativas de la mayoría de mujeres.  Se apuntan así algunos al carro de desprecio de quienes inventaron un concepto amorfo e indeterminado que han bautizado como “ideología de género”.

Conforme al Diccionario de la Real Academia Española la primera acepción del término ideología es la siguiente: “conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento deuna persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político”. Gracias a las ideas y al pensamiento colectivo contra la exclusión, las mujeres fueron integrándose progresivamente en la historia. Es bien conocido el paralelismo entre las luchas en favor de la igualdad femenina y las luchas contra la segregación racial y el abolicionismo de la esclavitud.  Fue precisamente Elizabeth Cady Stanton, madre de siete criaturas la encargada de redactar la famosa Declaración de los Derechos de las mujeres, que se firmó en la localidad Séneca Falls, (Nueva York) siguiendo las pautas de la Declaración de independencia de los Estados Unidos de América de 1776. Aparecían allí reivindicaciones de la agenda feminista contemporánea como el divorcio, el acceso al trabajo y los salarios razonables.

También resulta difícil distinguir a qué tipo de élites debieron pertenecer las mujeres que otro 8 de marzo, en 1917, se manifestaron en Petrogrado; eran trabajadoras de fábricas, esposas de soldados u obreros y madres de familia que cansadas de la escasez de alimentos salieron a protestar pidiendo pan para sus familias y el fin de guerra. En nuestro país las ideas y la política de Victoria Kent y Clara Campoamor,  abrieron el camino a varones y mujeres que incluso dentro de sus propias filas se habían opuesto a sus propuestas de progreso.

La última cuestión que puede merecer una mínima nota histórico-crítica es que de pronto nos vemos invadidos por una nueva tribu de declarados “feministas”.  Cuando los datos de las estadísticas sobre mujeres asesinadas, explotadas y discriminadas no admiten discusión, es sencillo y resulta políticamente correcto declararse firme defensor de la igualdad e incluso “feminista”. Convendría que estos feministas de nuevo cuño supieran que el feminismo se configura en torno a dos hechos: el primero, que la relación de las mujeres respecto de los hombres fue en el pasado y sigue siendo actualmente, una relación de subordinación; el segundo que resulta imprescindible la lucha social, política o académica para acabar con esta situación injusta para las mujeres. Con carácter secundario, cada feminismo en particular (el feminismo liberal, el social, el radical, el cultural o el eco-feminismo con su propuesta de racionalización en el cuidado del planeta) tiene sus propias hojas de ruta. Pero es evidente que para abrazar el feminismo hay que estar dispuesto a prescindir de los privilegios multiseculares que la mitad de la población viene disfrutando.

Termino donde empecé, en Roma. Tito Livio pone en palabras de Catón, el censor, la siguiente frase “En el momento en que las mujeres comiencen a ser iguales se impondrán a nosotros: superiores erint.,” es decir nos despojarán de nuestros privilegios. En la codificación justinianea ya se mencionaba la necesidad de superar la antigua discriminación femenina y se aconsejaba “en lo sucesivo un trato igualitario tanto a las mujeres como a los hombres”.

¿Están realmente todos cuantos se declaran abiertamente a favor de la igualdad dispuestos a perder sus arraigados privilegios? ¿O nos encontramos ante una nueva declaración de principios, vacía de contenido, como las que ya se pronunciaron en la novela justinianea del año 536 d.C.?

Me gustaría terminar con una anécdota personal que tuvo lugar precisamente el pasado día 8 de marzo cuando una mujer de mi entorno, con un trabajo precario y un sueldo muy bajo, me preguntó por qué iba yo a la huelga siendo profesora y funcionaria; le contesté que, entre otras razones, porque en el departamento jurídico al que pertenezco en la Universidad de Oviedo, no hubo jamás, desde su fundación en 1608, ninguna mujer catedrática ni directora de departamento.

Nos acusan a las mujeres de rasgarnos las vestiduras (como si no las tuviéramos ya suficientemente rasgadas) con antiguallas superadas. Pero podemos recuperar el relato de la historia y contar la mitad que nos falta; si logramos además que no se rompan los lazos entre mujeres de distintos sectores sociales y otros grupos vulnerables, Tácita Muda -la diosa romana atemporal y silenciada- recuperará por fin la voz y la palabra.