Opinion · Otras miradas

Arabia Saudita; el poder de la nada se llama Aramco

Se dice que la riqueza de Aramco es de 2 billones de euros, casi lo equivalente al PIB de Francia (2,3 billones), aunque otros rebajan esa cantidad, hasta los 1 billones de euros. Nadie sabe exactamente su valor, como nadie conoce que sucede tras las celosías de cualquier palacio del mundo. No sale a bolsa, aunque fuentes (subterráneas) señalan que a mediados de año tal vez se realice la mayor oferta de acciones de la historia. Es muy probable que sea en los mercados del imperio. Los saudíes apuntan también a Hong Kong, además de a la bolsa doméstica (Tadawul). Petrochina ha mostrado interés, y quiere comprar un 5% para asegurar alimento a su criatura de producción y consumo.

Muchos ponen en duda el valor de la empresa, por varios motivos. Especialmente tras la muy oportuna aparición del petróleo de esquisto en EEUU. Además hay interés en sustituir el petróleo por otras energías. Por otro lado, Aramco subvenciona a los súbditos saudíes. Se trata de un gasto social bastante generoso. Son muchos los que se preguntan cómo van a justificar estos gastos ante los tiburones de lo privado, una vez que el mostrenco salga a bolsa.

La empresa que se confunde con la nación, y la nación con la familia real, tiene las refinerías más grandes que se recuerdan. Participaciones en empresas por doquier. Decenas de superpetroleros y oleoductos. Varias líneas de negocio, que incluyen tanto la exploración, el refinado, y gigantescas plantas químicas, como Sadara– coparticipada y copulada por la estadounidense Dow Chemical. No puede ser de otra manera, al menos hasta el día de hoy.

El poder anglowahabi se basa en la energía. Es así desde que destrozaron al resto de los poderes árabes que se les pusieron por medio-como la dinastía de Al Rasheed, apoyada por el califato otomano-y establecieron una sacra alianza tan tupida, que no se conciben el uno sin el otro.

Pero hay una conciencia global que ya cuestiona el uso de esa sustancia entrañable amasada durante millones de años. Vision 2030 es el intento saudí para diversificar su economía, hacerse mayor, y acabar con la dependencia del petróleo. De hecho acaban de anunciar la mayor central fotovoltaica del mundo. Entre sus objetivos está invertir en turismo, tecnología, minería o salud. Todo lo necesario para transformar un pasado y presente en entredicho, necesario, pero pringosamente salvaje, violento y corrupto.

Y toda esa riqueza se encuentra en Rub Al Jali-llamado cuarto vacío-Es un espacio yermo, una oquedad  vital dominada por el silencio. La nada multiplicada por el vacío en una superficie marciana, donde la más sofisticada tecnología y millones de tubos aparecen en el erial más primario de todas las geografías posibles.

¿Impulsa esta energía el progreso, o representa el desastre que lastra todo verdadero avance?

Es admirable observar las dunas, la inmensidad de la arena, sin nada que decir. ¿Sospechaban los beduinos- sin las urgencias del reloj- este extraño futuro?.

En las entrañas del cuarto vacío se agita una potencia que alimenta una voracidad estúpida y sin sentido, el motivo-tal vez no la causa- de millones de anónimos asesinatos, y también de salvaciones simultáneas. Porque sin ella no hay velocidad, ni conservación de alimentos, ni muchos de los cosméticos, ni los incontables materiales que circulan libremente en forma de micro partículas por nuestros organismos.

Ahí tenemos Al Ghawar o Sheyba. En el este del país el poder de la abstracción numérica atrae inversiones colosales, con las que nutrir el creciente deseo de posesión. No vamos a encontrar vida en su superficie, tan solo estructuras extraterrestres dispuestas a alimentar la rueda de un progreso en entredicho.

Son  muchos los que desean que esa sustancia apresada y formada pacientemente durante millones de años, sea plenamente sustituida por un parlamento diverso de medios como el agua, el viento, o el sol, destinados a millones de máquinas engrasadas por los aditivos y derivados del petróleo.

Tal vez estaremos sometidos así a la incertidumbre del régimen de vientos, los caprichos del agua o la irradiación solar, lo que no es fácil de medir. Sería un muy racional salto adelante.

No hay que responsabilizar a los saudíes de nuestros deseos y necesidades. Ni tan siquiera por albergar la fuente primaria que alimenta los engranajes de la avidez. Ellos ofrecen la savia negra-a cambio de la prosperidad de su inmensa familia real- para que la visión de unos pocos multipliquen el comercio global, un algoritmo eficaz que aumenta con la codicia.

Esta fuente de energía es la tiranía de la nada, la aplastante masividad de un poder que se pierde en los meandros de los deseos.

En realidad estamos muy cerca del cuarto vacío. Las partículas del Sahara fertilizan las selvas más densas de América Latina. Recientemente el polvo del desierto coloreó de naranja las nieves del este de Europa, lo que produjo cierto desconcierto entre algunos esquiadores, quienes se imaginaban a salvo de las polvorientas partículas en los santuarios montañosos.

El vacío genera un tipo de atracción irresistible. Estamos ante un trasvase de poder primario envuelto en  misterio y silencio, hacía el ruido de la civilización mecanizada, a costa de la pureza del agua y el cielo. Nadie tiene el interés en sellar los pozos, ni negar su utilidad, pero tanto la codicia-como la bondad- se multiplican cuando mayor es el vacío que envuelve esa formidable potencia. Todo es posible, incluso una visión, desde un territorio como el de Arabia Saudita. Hoy la decisión casi unánime exige que la nada albergue energía amiga.