Luces de ambiente y demonios

Andrea Momoitio

Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Allí la mayoría de los edificios, construidos con ladrillos de caravista, no tienen más de dos o tres alturas. No sé si existe una arquitectura portuaria, pero seguro que se parecería mucho a las construcciones de este barrio nocturno y céntrico de Tesalónica, a cuatro o cinco calles del mar. Preguntamos, al bajarnos del taxi, por el único bar lésbico del que nos han hablado. Nos indican sin dificultad. Entro buscando alguna señal que me indique que he llegado al sitio que buscaba. A la izquierda, tres mujeres tocan música griega en directo. Sobre la barra, algunas bailan ante la mirada sonriente de la camarera. Observo tranquila el sitio con la sensación de haber llegado a casa aunque mi casa esté a 2961 kilómetros de allí. Sentirse a salvo es una sensación maravillosa, una mezcla de paz y felicidad, que para las lesbianas no es del todo habitual fuera de la cama. Las mujeres que están sentadas a nuestro lado beben algo que parece champán. Nosotras pedimos tres mojitos y nos sacan una tapa de aceitunas, zanahoria y pepino. Esa noche, solo recibimos una hostia: la de la cuenta. El bar se llama Alma libre.

La primera vez que estuve en Berlín también busqué algún alma libre para cobijarme. Hice lo mismo en Praga, en Caracas, en Logroño, Barcelona, Málaga y Madrid, en Sofía y en Bucarest. Tengo dos citas ineludibles en cualquier ciudad que visito: un supermercado y un bar de ambiente, lo que se conoce popularmente como bares de bolleras, maricas, trans y personas desviadas de cualquier tipo. Necesito saber qué comen en cada lugar y dónde puedo estar tranquila. El ambiente es solo y todo eso: un espacio de seguridad. “Yo no entiendo por qué tenéis que ir a bares de lesbianas”, me dijo un día un amiga. Claro, es heterosexual. Por eso, ni entendía entonces ni entiende ahora qué significan esos espacios. El ambiente no es sólo un espacio físico sino un lugar emocional. Olga Viñuales, autora de la primera tesis doctoral de temática exclusivamente lésbica que se ha defendido en una universidad española, lo explica así en Identidades lésbicas: “El contacto con los similares no sólo legitima lo que se es, sino que también produce una redificación e idealización del hecho lesbiano que, empezando a recuperar o reivindicar la historia de la homosexualidad femenina en el pasado, acaba por explicar y construir la identidad presente”. Vaya, que necesitamos espacios para construir nuestra propia memoria, identificar las formas de violencia que aún sufrimos, sentirnos protegidas, orgullosas, libres, ligar y crear esa comunidad, esa cultura lésbica que tradicionalmente se nos ha negado. “Todo intento de construir una historia lesbiana, sea sociológica o histórica, conlleva enfrentarse a la erradicación de las lesbianas que se ha hecho mediante silencios, falsas representaciones y prejuicios, lo que presenta obstáculos importantes para una investigación y escritura histórica. ¿Cómo se puede reconstruir una historia a partir de la evidencia de que va a ser parcial, está ausente, oculta, negada, manipulada, trivializada y por tanto suprimida?”, se preguntaba Laura Cottingham en su imprescindible Notes on lesbian ya en 1996.

El año pasado entrevisté a Mertxe, una figura imprescindible en el activismo de Euskal Herria, aunque a ella seguramente no le haga ninguna gracia esta definición, y me contaba entonces que los primeros bares de ambiente de Bilbao estaban en Las Cortes, la zona que ahora es conocida por ser un lugar habitual para ejercer la prostitución, pero en la que históricamente han habitado rufianes de todo tipo. La Raulito, por ejemplo, tenía allí su bar de varietés, en el que los espectáculos de travestis se podían confundir con los espectáculos que daba la policía con sus redadas. Es una calle pequeña, paralela a San Francisco, la que da nombre al típico barrio céntrico, lugar de residencia de personas migrantes que están siendo desplazadas de su entorno por barbas bien peinadas y cervezas artesanas. Luego, cuando esta zona de Bilbao dejó de interesar a programas como Callejeros y empezó a interesar a las instituciones públicas, el ambiente se desplazó al Casco Viejo. Más tarde, la llegada del turismo, el Bilbo Pride, el espejismo de la igualdad y otros factores sociopolíticos han hecho que estos espacios vayan desapareciendo casi por completo de mi ciudad. Las visitas bolleras me preguntan dónde pueden salir en Bilbao y yo sólo puedo contestar un triste: “No lo sé”. Eso sí, con gusto indico cómo llegar a Súkubo si lo que me preguntaban es por algún sitio en Vitoria-Gasteiz. Hasta ahora, claro. “La última que apague las luces y la música”, piden en el cartel que anuncia su fiesta de despedida. Una persiana más que se cierra, un espacio menos de libertad, un rincón menos de resistencia. A partir de ahora, Súkubo formará parte de nuestra caja de recuerdos y nos acompañará a todas las que hemos crecido, de una manera u otra, en este espacio. Una lonja a pie de calle, que arreglaron entre todas las personas que pusieron en marcha el proyecto, soñada para albergar dentro el pensamiento feminista, para presentar libros y revistas, para dar conciertos y comidas, para debatir, para beber cervezas y chupitos, para hacer pancartas, tejer redes, establecer vínculos y salir de allí con una cantidad ingente de sonrisas acumuladas para seguir resistiendo. Dice la leyenda que súcubo era un demonio, pero para leyenda el hummus de Sejo que comí la última vez que estuve allí. No os preocupéis por las luces, compañeras, porque es imposible que se apague lo que habéis prendido en Gasteiz. Gracias por estos años de calor y casa.