Cuando la rama de olivo significa guerra

Miren Gorrotxategi

Senadora de Unidos Podemos

A veces, la vida es peor que la muerte. Como en Afrin, después de dos meses en los que un rosario de horrores ha dejado una ciudad vacía y arrasada, ocupada tan solo, al fin, por las tropas turcas. Todo forma parte de la operación “Rama de Olivo”, mediante la cual el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, pretende garantizar la estabilidad y la seguridad fronteriza y regional.

Chocante. ¿Cómo garantizar la seguridad y la estabilidad mediante la guerra?

La respuesta, según Erdogan, es sencilla: evitando que esta zona, situada en la frontera entre Turquía y Siria, siga siendo un corredor terrorista. Para ello, para ello hay que eliminar a las Unidades de Protección Popular (YPG).

La perplejidad aumenta. Pero, ¿no se supone que estas milicias kurdas son precisamente las que, con la ayuda de EEUU y Europa, se han convertido en la guardia fronteriza que permite contener e incluso derrotar al Estado Islámico? ¿No son quienes lograron expulsar a los terroristas que habían ocupado ilegítimamente estos territorios?

Pues resulta que sí, pero … el pretexto turco es menos peregrino de lo que parece, si se rescata para el relato una circunstancia fundamental en toda esta historia: las YPG no sólo se habían convertido en una guardia fronteriza. Sobre todo, y aunque no contaran con el reconocimiento expreso de ningún estado, estaban creando Rojava, un proyecto político para acomodar a los kurdos sirios en una futura e hipotética Siria federal. Rojava, tan cercana, representa todo aquello que Erdogan combate: el reconocimiento de la plurinacionalidad, el pluralismo inherente a la democracia y la igualdad en el marco de la diversidad. Y, por si esto no fuera suficiente, todo ello ordenado según los postulados del Confederalismo Democrático, propuestos por Abdullah Öcalan desde un penal turco.

Porque la verdad es que, lamentablemente, el horror de Afrin muestra un déjà vu en el que Siria no es sino la parada actual de la guerra contra el pluralismo y la democracia.

La República turca, nacida en 1924, no se compadeció con los derechos culturales ni políticos de los kurdos, a pesar de contar en su reciente historia con la sombra del genocidio al que había conducido la negación de la singularidad armenia. Tampoco la esperanza democratizadora que se abrió paso en la década de los años 60 fue capaz de romper el centralismo a ultranza de Turquía, a partir del cual la confrontación de los nacionalismos ha tenido dramáticas consecuencias. Pero, en cualquier caso, la actitud refractaria al reconocimiento de la minoría kurda se ha visto agravada en el proceso de involución democrática que Erdogan ha emprendido en el país.

En los últimos años, las masacres que se están llevando a cabo contra ciudades turcas de población mayoritaria kurda, han hecho saltar las alarmas de todos los organismos internacionales de los derechos humanos: Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Comité para la Prevención de la Tortura, Comisión de Venecia, Comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa… También, en sesión celebrada los días 15 y 16 de marzo en París, el Tribunal Permanente de los Pueblos, cuyo fallo se conocerá a mediados del mes de mayo.

El Tribunal Permanente de los Pueblos ha sido llamado para que determine si, como ha intentado probar la acusación, el estado de Turquía ha vulnerado el derecho internacional humanitario y sobre la guerra, en sus acciones contra los kurdos en Turquía. Los testimonios de los testigos se han encaminado a probar, entre otras cuestiones, que, cuando el estado turco, con el pretexto de luchar contra el terrorismo, ataca ciudades de mayoría kurda, actúa como una organización criminal que ejecuta una operación planificada siguiendo un  mismo patrón.

(Primero se avisa a los funcionarios turcos para que abandonen la ciudad durante los días señalados. Después, se cortan los suministros de agua y luz. Pasados algunos días, comienza un bombardeo incesante de la ciudad, con la intención de dejarla vacía. Tras los bombardeos indiscriminados, se toma la ciudad. Se han denunciado y constatado insoportables violaciones de los derechos humanos: se han incendiado edificios, aún cuando en su interior se refugiaba población civil; se ha impedido el socorro a personas heridas; se ha ejercido una violencia añadida contra las mujeres; y ha existido una campaña organizada por el propio Estado turco para silenciar los hechos acaecidos)

Primero se avisa a los funcionarios turcos para que abandonen la ciudad durante los días señalados. Después, se cortan los suministros de agua y luz. Pasados algunos días, comienza un bombardeo incesante de la ciudad, con la intención de dejarla vacía. Tras los bombardeos indiscriminados, se toma la ciudad, matando a los que se han quedado o no han podido huir, aún a sabiendas de que se trata de población civil. El modus operandi es de una crueldad insoportable; se impide el socorro a las personas heridas, que terminan muriendo tendidas en el suelo tras días de agonía o, también, se incendian los edificios para quemar vivos a quienes estuvieran refugiados en ellos. Terminada la fase de ataque, entran los contingentes para destruir las pruebas de su acción.

Esta forma de proceder, en el que la peor parte se reserva siempre para las mujeres, ha tenido lugar también en Afrin y, según ha anunciado Erdogan, se repetirá en cada una de las ciudades sirias fronterizas bajo tutela del YPG.

Erdogan sabrá por qué ha elegido la rama del olivo para dar nombre a esta inhumana operación. Según relataban algunos testigos al Tribunal de los Pueblos, Erdogan ganó las elecciones en 2002 en base a un proyecto fundado en el islamismo democrático pero, en el ejercicio del poder, lo ha ido sustituyendo por un islamismo rígido que penetra el centralismo nacionalista turco. Así que, la fe islámica de la rama suní sería el rasgo unificador de la nación turca y la división principal de la sociedad se daría entre los amigos y los enemigos de la nación y su líder.

La rama del olivo en el pico de una paloma simboliza la paz, pero no sólo. Si elegimos como fuente de interpretación el Corán, el olivo simboliza la guía que proporciona la luz de Dios. Según algunas voces que se expresaron ante el Tribunal de los Pueblos, para Erdogan, la Primera Guerra Mundial todavía no habría terminado y la nación turca tendría la misión de restablecer el imperio otomano y civilizar el mundo según el islamismo suní. No sabemos si el  islamismo político de Erdogan debe considerarse como amenaza a otros estados; lo que sí está claro es que es una amenaza para la democracia turca, para los demócratas turcos, para las mujeres turcas y para el pueblo kurdo, sea o no sea turco.

Después de todo esto, las preguntas arrecian ¿cómo es posible que este espanto se esté desplegando ante la inacción de los gobiernos europeos? ¿Por qué no se hace nada para evitar estas masacres y paralizar ese bucle infernal en el que la guerra provoca refugiados, los refugiados los gestiona Turquía y Europa le hace la vista gorda? ¿Dónde quedan las declaraciones de derechos humanos con las que Europa quiso evitar la repetición de los horrores de la segunda guerra mundial?

Rojava hoy, Bakur ayer, son el espejo de lo creíamos ya no ser. Mirémonos bien en él y tomemos conciencia de que, sin reconocimiento y solidaridad, nadie está a salvo. Ya la Declaración de la revolución francesa de 1789 intuyó que “la ignorancia, la negligencia o el desprecio de los derechos humanos son las únicas causas de calamidades públicas y de la corrupción de los gobiernos“. No le volvamos a dar la espalda.