Opinion · Otras miradas

Escuela que cierra, comunidad que muere

Marisa González de Oleaga

Profesora titular de Historia Social y del Pensamiento Político de la UNED

La gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, ha decidido cerrar 39 escuelas rurales por baja matrícula. Ocho de ellas en el Delta del río Paraná. Dividido en cinco secciones, la segunda y tercera, pertenecen al municipio de San Fernando. 950 km2 (de un total de 14.000) de agua e islas, a las que solo se puede acceder en lancha colectiva o bote particular. No hay calles, ni lugares de reunión. Es en este contexto en el que las escuelas son los pulmones de la comunidad. Allí los chicos se reúnen, comen, socializan, aprenden, practican deportes y se conocen. No tienen muchas más oportunidades de interactuar con pares o de tener vida social. Allí los padres y madres, muchos de ellos trabajadores de la madera, del junco, pescadores, artesanas o maestras se encuentran con otros padres y madres, hacen trabajos comunitarios para mejorar las condiciones de las instalaciones, rifas para juntar dinero con el que apuntalar las escuelas.

En otros lugares, hay espacios alternativos en los que realizar estas actividades. En el Delta solo hay uno: la escuela. Pero no cualquier escuela, la del río próximo, la que vertebra como nada a la comunidad isleña. Si la medida de cierre se hubiese hecho efectiva, estos chicos (algunos de apenas tres años) se habrían visto obligados a viajar dos horas de ida y dos de vuelta, todos los días, de lunes a viernes, para poder ir a la escuela. Un atentado al más elemental sentido común. Un gasto de energía incomparablemente más doloroso e irreparable que el gasto de dinero público.

Hay pocos niños, se justificaba el Gobierno. ¿Pocos niños? ¿Cuántos son pocos para este Gobierno? ¿Pocos para qué? ¿Para mantener una institución que es clave para la supervivencia de una comunidad? Los isleños constituyen una población que parte con el hándicap de vivir en un espacio natural, alejado de casi todo. Son prácticamente inexistentes los casos de estudiantes de la isla que cursan estudios universitarios. ¿No es función del Estado compensar estas desigualdades ofreciendo mayores oportunidades a los que menos tienen? ¿No es ésa una de las caras del pacto que justifica la existencia de esa institución nacional?

Dos semanas después y tras una intensa campaña impulsada por docentes, vecinos, sindicatos y otras organizaciones comunitarias, el Gobierno provincial decidió reducir el número de escuelas sentenciadas: de ocho a dos, ambas en el mismo río, el arroyo Caracoles. Una escuela primaria, la nº 25, y un Jardín de Infantes, el nº 1. Al mes del primer anuncio, la movilización popular (con concentraciones, jornadas en la escuela amenazada de cierre, campañas nacional e internacional en las redes) consiguió que las autoridades decidieran no cerrar ninguna de las escuelas. Con la soltura que caracteriza a algunos políticos, que son maestros en hacer del vicio virtud, se comunicaba a la comunidad isleña el inicio de las clases en todas las instituciones educativas.

En el ínterin, entre la decisión y la retirada, se comentó, fuera cierto o no, que la gobernadora Vidal había decidido el cierre de los ocho establecimientos a través de Google Earth. Se filtró un mapa en el que se trazaban líneas rectas (con un total desconocimiento del terreno) para situar los establecimientos educativos y decidir cuáles eran prescindibles. Una lectura rápida del mapa permite intuir que, si en el eje trazado había dos escuelas o dos jardines, uno de los dos establecimientos debía cerrar. Por supuesto que en el Delta nadie camina en línea recta, entre otras cosas porque es imposible atravesar los bañados o los zanjones que van de la costa al centro de las islas y navegar es casi la única forma de moverse por el lugar. Pero como señalan Fabiana di Lucca y Juan Duizeide, lo de menos es si la escena de la gobernadora consultando las imágenes satelitales en su móvil o tablet es o no cierta, porque es verosímil. Es decir, resulta coherente con las actuaciones de este Gobierno y de sus máximos responsables.

A pesar de esa cadencia suave y un poco empalagosa de la gobernadora Vidal, que le ha valido el apodo de Heidi, o de los denodados intentos del presidente, Mauricio Macri, por resultar cercano y confiable, ambos son percibidos como productos políticos salidos de las fábricas de asesoría de imagen, construidos a través del marketing. Máscaras detrás de las que no hay nadie o, peor aún, nadie con apariencia humana. Gente que se aprende el guión y se preocupa de la puesta en escena. El asesor jefe (ese ser de fábula que escribe sobre “el arte de ganar”) les debe de haber dicho que los votantes estaban cansados de mentiras y que el secreto del éxito era decir la verdad, su verdad. Y se lo tomaron al pie de la letra. Decir la verdad no es un mal ejercicio político. Pero sí lo es cuando deja al descubierto la falta de empatía, el desprecio a los diferentes, una voracidad sin límites y un peligroso apego al poder. Todo lo que atenta con la posibilidad misma de constituirse en comunidad. Porque este Gobierno, de eso que en la Argentina llaman gente bien, no tiene velo, suelta lo que se le pasa por la cabeza sin medir las consecuencias. Pero ojo, no lo hace por amor a la verdad, sino porque en su omnipotencia los otros no existen. A lo sumo son cifras que barajar en la noche electoral.

El presidente Macri, como si estuviera pensando en voz alta, no tuvo empacho en soltar: “A todas las mujeres les gustan los piropos, aunque les digan qué lindo culo tenés”. O en afirmar en el Foro de Davos: “En Sudamérica todos somos descendientes de europeos”, sacando de la foto a los pueblos originarios y negando el importante aporte africano en el Río de la Plata. Por no hablar de los resabios autoritarios que defiende con alguna de sus frases, en un país que todavía está lidiando con las secuelas del terrorismo de Estado: “Hay que volver a la época en la que dar la voz de alto significaba que había que entregarse”. Pero no es el único que parece disfrutar con dar rienda suelta a su verdad como si se tratara de un juego perverso, ese tipo de juegos al que son aficionados los jóvenes bien que van a colegio de pago. El gobernador de la provincia de Salta, azotada por inundaciones que han dejado al menos un muerto y diez mil afectados, con cara de nada (como si se tratara de un pensamiento sobrevenido durante la siesta), dijo refiriéndose a los damnificados: “Es paradójico ver que perdieron todo y a la vez no perdieron casi nada, porque no tenían casi nada”. ¿Qué mérito puede tener un comentario semejante? Más que una observación verdadera, parece un comentario descarnado que bien podría aplicarse a un nido de termitas a punto de ser destruido.

Estas afirmaciones no son errores sacados de contexto, sino principios que guían a este Gobierno y que son coherentes con sus acciones. Por ejemplo, desde el Ministerio de Educación, se decidió no comprar libros de literatura infantil y juvenil justificando la medida con un “los chicos leen poco”. Pero ¿no se les ocurre que, tal vez, lo que debería hacer ese Ministerio no es dejar a las escuelas públicas sin libros, sino organizar campañas para el fomento de la lectura? Otro ejemplo: el argumento para cerrar las escuelas del arroyo Caracoles siguió una lógica que parece sacada de una película de Cantinflas. Se había decidido cerrarlas porque no había suficientes alumnos, Tampoco había suficientes en las otras. ¿Por qué, entonces, la 25 y el Jardín nº 1 no estaban entre las indultadas? Más allá de la discusión sobre qué es suficiente para este Gobierno y sobre lo que significa cada escuela en el país del agua, lo cierto es que no hay más alumnos porque el estado físico del arroyo (colmatado y con troncos) obliga, muchas veces, cuando el agua está baja, a suspender las clases o a impartirlas en la lancha. Pero la solución no es cerrar la escuela sino dragar el río. Esta gente, estos extraños, confunden el cuchillo con el asesino.

Pero no engañan, dicen sus votantes, dicen las verdades crudas, sin vueltas. Sí engañan, pero de otra manera. Apuestan por introducir otro régimen de verdad, el suyo. Un régimen de verdad en el que la jerarquía, el sometimiento, el abuso y el desprecio son la norma. Ellos dirán que es el respeto a la autoridad, la obediencia necesaria, el esfuerzo, la excelencia. Mentira. Se trata de un régimen de verdad que atenta contra la propia idea de comunidad. Yo preferiría que engañaran, que mintieran, no porque me guste la mentira sino porque cuando uno engaña o cuando uno miente, en algún lugar todavía palpita una verdad, un ideal, un horizonte común que uno ha decidido transgredir. Muchas veces se engaña porque se sabe que lo que uno piensa o siente no es correcto, no está bien. Pero ¿qué pasa cuando desaparece ese límite? ¿Cuándo alguien da por bueno excluir, ningunear o segregar a los otros? ¿Cuándo alguien desde instancias oficiales, repetidas veces, da muestras de esa falta de pudor tan necesaria para la vida en común?

La escuela es esa comunidad necesaria en miniatura. Ese lugar en el que se aprende, se contiene, se iguala y en el que se ejercita la ciudadanía. Por eso la escuela pública está en el punto de mira de neoliberales y tecnócratas. Cuando la gobernadora Vidal enfatiza “la escuela tiene que ser un lugar de aprendizaje”, como si estuviera mostrándonos una verdad revelada, lo que trasunta es una concepción muy particular de la educación, una apuesta muy concreta por un sector, el que ella representa, de todo un país. La clase media urbana, obsesionada por dotar a sus hijos de las destrezas y competencias que les permitan competir holgadamente en el mercado laboral. Es el sálvese quien pueda: yo el primero. Como si no pudiera reconocer, o siquiera ver, esas otras realidades, mayoritarias, que forman parte de la Argentina.

Pero hay otro país donde la escuela está llamada a cumplir con otros roles y quien esto escribe es, en buena medida, el resultado de esa educación. Pero no porque en la escuela aprendiera muchos contenidos, sin duda importantes, sino porque me enseñaron sobre todo a ser mejor persona y ciudadana. Contribuyeron a mi desarrollo individual y, sobre todo, a mi condición de sujeto social. Recuerdo a cada una de mis maestras y les voy a contar una anécdota que recuerdo con la nitidez de lo fundamental, de lo esencial. Estaba en quinto grado. En aquella época, en plena reforma pedagógica, trabajábamos en equipo. A nosotras, un grupo de cuatro, nos había tocado desarrollar una presentación en la clase de ciencias naturales.  Pero no habíamos podido reunirnos para prepararlo, tal y como había pedido la señorita Susana Torrientes, así que dividimos el trabajo y decidimos que cada una se ocuparía de una parte. Cuando llegó el momento de la exposición, yo comenté que habíamos seguido su consigna solo a medias, que cada una había hecho una parte del trabajo ante la imposibilidad de reunirnos todas las participantes.

Con cierto aire de suficiencia (o al menos es lo que yo sentí), esta maestra, de comportamiento impecable, nos dijo que como no habíamos seguido sus directrices no merecíamos exponer el trabajo y, a continuación, hizo pasar a otro grupo para que diera la clase. Yo sentí que se había cometido una terrible injusticia y a mis diez años revoleé la cartuchera y me quejé amargamente. Todavía recuerdo a la maestra con los ojos llenos de lágrimas, con cara de estupor, no pudiendo creer lo que acababa de ver. Me pidió amablemente que saliera del aula, que me tranquilizara y que, cuando creyera que podía hablar y mantener un comportamiento razonable, volviera a entrar en clase. Así lo hice. Al día siguiente fui a pedirle disculpas y me encontré con alguien que me preguntó qué era lo que había sentido, que por qué no le contaba eso que la ira y la furia del día anterior no me habían permitido poner en palabras. Lo hice. Ella, a continuación, me explicó que con su negativa no había intentado ofenderme, que ella no podía imaginarse el interés y el esfuerzo dedicado a ese trabajo. Nos abrazamos y lloramos largo rato…

Este tipo de aprendizajes (el valor de la palabra, el fomento de la empatía, el diálogo como estrategia, la cooperación en lugar de la competencia) también se produce en la escuela donde se dirimen las relaciones entre pares y donde la ausencia de vínculos familiares propicia un trato más parejo. Pero son valores disolventes, valores que no condicen con el rumbo tomado por estas sociedades profundamente desiguales. Por eso no podemos tomar esos aparentes manotazos, esos palos de ciego de los Gobiernos y esas verdades sin velo que excluyen, marginan y humillan como salidas de tono o lapsus inofensivos, sino como definiciones explícitas (e impúdicas) de sus verdaderos propósitos.