Mentiras arriesgadas

Máximo Pradera

Conocí a Cristina Cifuentes cuando fui a entrevistar a su directora de Comunicación, Marisa González, a la Delegación del Gobierno en Madrid.  Corría el año 2014 y me hallaba inmerso en la redacción de Madrid Confidencial, un instant book en el que me dediqué a hozar (por encargo de Ediciones B) en el putrefacto muladar en el que Esperanza Aguirre y Ana Botella habían convertido la cosa pública. Cuando hubo concluido mi charla con Marisa (que estuvo, as usual, seductora y locuaz) entró La Rubia, como haciéndose la encontradiza.

–¡Huy, perdona, Marisa, no sabía que tenías visita!

Mentira podrida, claro: entraba a conocerme y a cotillear; al fin y al cabo, me hallaba en su feudo.

Yo acababa de publicar un tuit sobre ella que había llevado a La Caverna a calificarme de andrajo moral y pensé que el encuentro iba a ser tenso. Para mi sorpresa, fue todo lo contrario.

A invitación de su dircom (¿quieres sentarte con nosotros, Cris? ¡Ya hemos terminado!), La Rubia aceptó el ménage à trois verbal y repanchingándose en el sofá de las visitas, se dedicó a seducirme ideológicamente, soltando por esa boquita todo lo que un enfant terrible (o grand–père terrible, me caen este año los 60) de la izquierdona habría deseado escuchar en ese momento político concreto. Ruiz-Gallardón, obsesionado por entonces en sacar adelante una ley del aborto digna del Dr. Mengele, mereció varios de sus reproches y sarcasmos. Pero también cobró Rajoy, al que La Rubia calificó de «trozo de carne bautizada».

No exagero si digo que su exhibición de progresía fue tan eficaz que me faltó poco para solicitar mi  alta en el PP. ¿Llegó a guiñarme el ojo, su arma favorita para llevar al contrincante a la cazuela? No podría asegurarlo, pero como soy muy facilón, tampoco debió de considerarlo necesario.

Ni qué decir tiene que tanto Ruiz-Gallardón como La Rubia son dos creaciones de Marisa González, que también fue dircom del yerno de Utrera Molina. El talento de esta mujer, excepcionalmente dotada para el marketing político, me llevó a creer (a mí, y a tantos) que Ruiz Gallardón era una especie de Antonio Gramsci infiltrado desde niño en las huestes de Fraga Iribarne y que Cristina Cifuentes era poco menos que la Emma Bonino de la derechona, con cuarenta años menos. Una vez que se quitaron la careta (Marisa no puede estar a todo) el uno resultó ser más carca que Pío XII y la otra, más inconsistente que un buñuelo de viento.

Lo dije hace unos días en un tuit muy celebrado: los que estamos obsesionados con Cristina Cifuentes no somos psicópatas, ni acosadores mediáticos. Nuestra fijación con ella se debe a que La Rubia encarna como nadie (igual que ocurriera antes con Esperanza Aguirre) la mentira política, que es la herramienta de la que se vale el corrupto para limitar la capacidad de decisión del ciudadano.  Si nos intoxican con información falsa ¿cómo podremos decidir lo mejor para nosotros el día de las elecciones? No resulta exagerado afirmar que en democracia, la información veraz tiene tanta importancia para la mente como la comida no adulterada tiene para el cuerpo. Si los postres tienen caca (como ocurrió en Ikea, por ejemplo), nos podemos pillar desde una salmonelosis a unas fiebres tifoideas; y si lo que cuentan en la prensa concertada es mentira podrida, el candidato al que elegiremos en las elecciones será el chungo y moriremos, con cara de pringaos, en las urgencias de un hospital público, desmantelado en beneficio de la sanidad privada.

¿Por qué miente Cristina Cifuentes? O para ser precisos: ¿por qué lo hace con semejante descaro? Iñaki Gabilondo apuntó en su vídeoblog una posibilidad escalofriante: La Rubia podría estar convencida de que cursó el máster y lo aprobó con varios sobresalientes. Hace tiempo que vengo defendiendo la necesidad de especialistas en salud mental en las tertulias políticas, pero no creo que sea este el caso. Cifuentes miente porque cree que está en su derecho de hacerlo. Voy más allá: porque es su deber político. El fin justifica los medios, que decía Maquiavelo: si admito los hechos, me veré obligada a dimitir, y si dimito, como no tengo sustituta en Madrid, debilitaré a mi partido y la poltrona caerá en manos de la izquierdona.

Poco importa que a Cifuentes la hayan pillao con el carrito del helao: igual que un inversionista arruinado trata de rentabilizar sus pérdidas imputándose las minusvalías en su siguiente declaración de la renta, el partido de Rajoy, que apoya a muerte a La Rubia, intenta que sea Cs la que la desaloje con una moción de censura. Porque es una moción del PSOE apoyada por Podemos. De esa forma, en 2019, podrán (raquítico consuelo, pero consuelo al fin) entrar en campaña al grito: ¡somos la derecha, rechace imitaciones!

Todo muy sórdido, lo sé, ¿ya qué nos queda? Yo he buscado refugio estos días en los Sonetos del horror oscuro de Federico García Lorca.

¿O son del Profesor P.?

Dos notables le puso Álvarez Conde
a aquella que jamás asistió a clase
no creí que en España esto pasase
¿Hasta dónde la mierda? ¿eh? ¿hasta dónde?

Como era de esperar, Cs no responde
“Que se cree una comisión”, ¡qué hueca frase!
si el asunto de verdad les preocupase
ya habrían hecho lo que corresponde

¿Aplazar la dimisión eternamente?
¿Prolongar sin sentido la agonía,
a ver si el tiempo arregla este desastre?

Eso es algo que no entiende la gente
que quiere se vaya ya esta arpía
¡si hasta para el PP ya es puro lastre!