Ser mujer universitaria

Ana I. Bernal Triviño

Periodista

Todos estos días en los que he leído sobre el caso Cifuentes, además de lo relativo al proceso, yo me retorcía por dentro por un simple hecho: el ser mujer. Me acordaba de mis comienzos, cuando el logro no era ser universitario, sino ser universitariA, en una familia donde ninguna otra lo había sido.

Soy consciente de que muchas se matricularon en universidades al final del franquismo o durante la transición. Pero a la vez me da un escalofrío cuando pienso que, aunque no llego ni a los 40 años y aunque estemos en el año 2018, unas cuantas somos la primera generación de universitarias en nuestras familias. Es decir, que hace no tanto, en otras condiciones, hoy no sería universitaria. Me dedicaría a otra cosa, desde luego. Pero lo que me atrevo a asegurar es que no estaría escribiendo hoy esta columna. Porque cuando no hay cuna ni padrinos lo único que queda es tu título bajo el brazo como carta de presentación.

Todo el mundo cuando crece, y más en plena adolescencia, necesita un referente. Y para cada una de nosotras (habrá excepciones) han sido las mujeres de nuestras vidas. Las que te avisaban bajito de lo que te podría ocurrir y las que te decían que no dejaras de estudiar por nada del mundo, porque ahora podíamos conseguirlo.

En la adolescencia fui consciente de los obstáculos que como mujeres podíamos tener. Amigas que decían que tenían que estudiar más para demostrar que valían, porque en su casa los padres advertían que tenía preferencia su hermano varón. Amigas que al quedarse embarazadas, su novio las abandonaba para seguir estudiando, mientras ellas veían truncadas sus carreras. No he conocido a ningún chico que creciera con aquellas alertas en la cabeza. También aquellos días en los que estabas sobrepasada de exámenes, pero veías a tu madre con las manos agrietadas por lavar los platos con agua fría para no gastar butano, y entonces sabías que no te podías quejar y tenías que seguir.

Cuando en casa las cosas van mal, rematadamente mal, estudiar es un acto de rebeldía. Aunque a la vez tengas que trabajar, y te vieras entre la espada y la pared con las asistencias obligatorias. Pero como mujer había que demostrarlo. Eso pasó, en mi caso, por encerrarme en la habitación cuando podía, dejar amigos o pareja y demostrar que servía para estudiar. Me quedaba rodeada de hojas porque no podíamos pagar los libros, y las compañeras me pasaban fotocopias sueltas de los suyos, para que no me quedase atrás. La manera bajo la que no habría excusas para ir a la universidad era acabar COU con matrícula de honor y así mi primer año sería gratis. Al menos, me garantizaba entrar. Hasta que lo conseguí. Así lo conseguimos mis hermanas y yo.

Quizás el hecho de ser consciente de ello hizo que no frecuentase demasiado la cafetería sino asistir a clases o ir a la biblioteca. Tenía el privilegio de un derecho que fue negado o prácticamente imposible para mis predecesoras. Y tenía la obligación de demostrar en cada asignatura de que valía para ello. De aquellos años tengo muchos recuerdos. Cuando a veces queríamos desistir, agobiadas por los trabajos, y nos decíamos unas a otras “tenemos que acabar, tenemos que hacerlo por la yaya y por mamá”. O cuando me denegaron la beca por un problema administrativo y no podía presentarme a los exámenes de febrero. Fue un golpe. El momento donde mis hermanas me ayudaron a juntar el dinero necesario. Allí estábamos las tres, llorando de alegría en el mismo cajero, sacando el dinero que me permitía poder examinarme. A partir de aquel susto, todas nos esforzamos en sacar matrículas de honor, y así tener más asegurada la beca. Aquello era sororidad entre hermanas, aunque ni fuera consciente. Eso sí, por entonces no sabíamos las barreras de clase que enfrentaríamos después y que nos llevarían a la cola del paro.

A veces me dicen que por qué me irrito tanto cuando pisotean mi título. No es por el estudio en sí ni por una pijada. Es por lo que supuso de esfuerzo y sacrificio. Siempre hay para mí algo más profundo que el mero título: el hecho de conseguirlo siendo mujer de una familia donde faltaba el dinero. Entre las mujeres de clase obrera, que una se licencie y se doctore no es cuestión de titulitis. Es cuestión de supervivencia, para que nunca nos dijeran en la entrevista de trabajo que nos faltaba algo. Ser universitaria supuso más que un estatus. Fue la confirmación de que las mujeres podíamos serlo gracias a nuestras madres, tías y abuelas, que nos empujaron cuando estábamos perdidas. Y la confirmación de que, en una cadena simbólica, convenceríamos a otras para ello.

Tuve suerte de estudiar en aquellos años, y dudo que a fecha de hoy hubiese podido hacerlo con la reducción de becas universitarias. Ahora me produce nausea ver titulares, como esta semana en la prensa, donde se dice que si no puedes pagar la universidad puedes ser “sugar baby” o “chica de compañía”, en la cuerda floja de la prostitución. De implantarse esto, de aquí a un tiempo, le dirán a las jóvenes… “Si no estudias es porque no quieres, que te puedes hacer ‘sugar baby’”.  En lugar de hablar de la realidad: un Estado que no garantiza sus derechos y que lleva, como única solución para la mujer, la venta de su cuerpo.

Me vienen todas estas ideas, del pasado y del presente, cuando miro a Cifuentes. Pienso no solo en mi caso, sino en el de otras muchas mujeres que vivieron lo mismo. No hace tanto hicimos un logro único en nuestras familias. Y sonrío porque en el fondo, aunque no he escogido una titulación que me haga rica, no soy como Cifuentes. Por mucho enchufe y dinero de por medio, la dignidad no se compra. Y eso, a personas como ella, les queda muy lejos.