Opinion · Otras miradas

Defender a Lula es defender la democracia

Dina Bousselham

Politóloga, secretaria de Comunicación y responsable de migraciones en Podemos Comunidad de Madrid

Oscar Bianchi

Periodista

“Dormia,
a nossa patría mãe tão distraída
sem perceber que era subtraída
em tenebrosas transações”
– Chico Buarque

Este artículo nace de la necesidad de reivindicar y defender a los nuestros. Aquí, en Brasil y cualquier parte del mundo. Porque la solidaridad es la ternura de los pueblos. Hablamos de todos aquellos que han puesto el interés de lo colectivo por encima de los intereses particulares; hablamos de aquellos que nos han acompañado con ternura y que han contribuido a hacer mejor la vida de los que menos tienen. Por eso, debemos defender a Lula.

Vienen a por Lula, manada de hienas, lo rodean y encierran con la legitimidad de la fuerza y un poder abyecto. Creen así acabar con un hombre, porque creen pelear contra un hombre. Pero la voz de Lula ha dejado de ser suya hace mucho tiempo, cuando fue fábricas y obreros, cuando se hizo una con los campesinos descalzos, cuando se marcó en los cuerpos vejados, doloridos, mutilados y fue miseria y exilio, la voz de Lula es ahora nuestra voz. Vienen a llevarlo a él, tendrán que llevarnos a todos.

Piensan pequeño y yerran, quieren atrapar al viento en una mano. Quieren frenar al huracán que los sacude como a un árbol seco y muerto. Van a por un hombre porque no conciben al Pueblo, porque se sienten y se saben solos y creen que Lula cabe en una celda, en una prisión, en un Estado. Lula no cabe allí, porque Lula somos nosotros y estamos siempre fuera, rodeándolos.

Por eso nos abrazamos con ternura, coreamos su nombre que es el nuestro, nos miramos a los ojos y esperamos. Somos los que sufrimos, los abandonados del Estado y de Dios. Conocemos el peor pavor y no tememos, sonreímos tranquilos, construyendo la democracia profunda, esa en la que ninguno avanza hasta no resolver la última necesidad del último de la fila, y romperemos las filas, formaremos círculos.

Hoy defender a Lula es defender la democracia. Es defender la libertad, es defender la decencia. Y es defender sobre todo la dignidad. A Lula lo encarcelan los poderosos que piensan que un pobre no vale nada. Lo encarcelan quienes piensan que nuestros derechos deben ser pisoteados por quienes más dinero tienen. Lo encarcelan por haberles plantado cara precisamente a ellos: a la oligarquía corrupta, a la que estuvo saqueando durante tanto tiempo a Brasil y a América Latina y que un día el pueblo indignado gritó basta. De ese grito de guerra apareció Lula, y apareció también Dilma. Defendieron lo que es de todos, y lo que es para todos.

Como dice el propio Lula, a las elites les causa desasosiego que existan jueces y abogados que vienen de barrios humildes y no tengan el carnet del partido de los poderosos, porque saben que más tempranos que tarde, dejarán de controlar la justicia. Porque las élites ya sea en Brasil, en Argentina o en España, no soportan la idea de que un obrero, un carpintero o un chico con coleta sea capaz de gobernar un país y hacerlo mejor que unos señores encorbatados con títulos de universidades de prestigio o de universidades que expiden diplomas de manera dudosa.  A las elites les causa terror que haya representantes de la soberanía popular que se parezcan más a los vecinos de los barrios de España o de las favelas que aquellos que se sientan en Consejos de Administración de grandes multinacionales, vendiendo su país por un maletín con dinero.

A las elites les causa recelo que gestionemos para las mayorías sociales y que además lo hagamos mejor. Porque no nos pueden comprar y nunca nos podrán doblegar. Porque Lula, somo todos. Y jamás nos lo perdonarán.