De qué nos quejamos los jueces

Carlos Suárez-Mira

Magistrado

Asistimos estos días a lo que algunos llaman ―algo forzadamente― “ruido de togas”, símil poco afortunado del más conocido “ruido de sables”. Las togas son de por sí silenciosas, aunque unas más y otras menos en función de la calidad del paño. También lo son quienes se atavían con ellas, que no tienen por costumbre alzar la voz fuera de la Sala de vistas ―tampoco dentro― e incluso se sienten algo incómodos al hablar de las condiciones en que se desarrolla su trabajo. Por eso no es mala idea prestar algo de atención a lo que vienen exponiendo, con poco éxito, desde hace unos años.

Obviamente, no pretendo erigirme en portavoz de toda la judicatura ni aspiro a representarla. Sólo quiero trasladar al público mi punto de vista sobre una serie de aspectos que simplemente no funcionan como debieran. Al hacerlo, parto de una realidad incuestionable: a la mayoría de la gente le importa un bledo de qué va esto de la justicia. Y un buen número de compatriotas ―sé que no es su caso, querido lector― no sabría distinguir un juez de un fiscal, el penal del civil o un TSJ de un juzgado de paz. Tampoco les quita el sueño. De hecho, no está la justicia entre las diez primeras preocupaciones de los españoles, que encabeza el paro y cierran las pensiones.

Eso sí, cuando a uno le toca ir al juzgado ―y alguna vez sucede―, no entiende que los juicios se demoren tanto, se asombra de que las instalaciones sean tan cutres o se pregunta por qué en el cuarto de baño se apilan todos esos papeles desordenadamente junto a la escobilla del váter. Y eso que no se han internado en el archivo de piezas de convicción. Un lugar solo apto para valientes y para entomólogos.

Y es que hay muchos mitos y leyendas sobre “la justicia”. Por ejemplo, si pedimos a alguien que dibuje a un juez, indefectiblemente pintará a un caballero de edad provecta, a menudo barbado y siempre con cara de pocos amigos. Pero resulta que la mayoría de quienes ejercen la jurisdicción son mujeres, jóvenes y con cara de buen rollito. No obstante, es cierto que si nos asomamos al solemne acto de apertura del año judicial en cualquiera de sus ediciones, aparecerá en todos los medios la imagen que precisamente han compuesto nuestros dibujantes. Bueno, en honor a la verdad, algunos no tienen barba.

Por eso queremos mostrarnos tal y como somos la inmensa mayoría (y como no somos). Tengan claro que no nos pasamos las tardes jugando al golf, ni navegando en nuestro yate. No conozco a ningún compañero que tenga de eso. Tampoco los jueces de a pie compartimos mesa y mantel, ni palco en el fútbol con los políticos, ni con los banqueros o grandes empresarios. Realmente, muchas veces nuestro almuerzo consiste en un bocata engullido rápidamente en el despacho entre declaración y declaración a las tres o cuatro de la tarde si estamos de guardia. Y al llegar a casa tampoco nos pegamos una siesta de aquellas que glosaba Cela, nuestro socarrón premio Nobel, sino que nos sentamos ante el ordenador para poner las sentencias de los juicios celebrados por la mañana, muchas veces tecleando hasta las tantas de la noche, incluyendo en ocasiones los sábados y domingos si la cosa se complica. Y si alguna vez nos han visto tirando de un trolley, no crean que nos vamos rumbo a un balneario. Contiene los expedientes que llevamos a casa para resolver. Porque resulta que hay que sacar adelante todo el trabajo que entra y que en algunos juzgados supera el 250% de la carga teórica (módulo) del órgano judicial. Es tal la sensación, que algunos compañeros han acuñado el término de “gallinas ponedoras” como símil del juez dictando sentencias una tras otra. Incluso hay quien, tristemente, se ha desplomado muerto en su despacho víctima de un infarto fulminante por sobrecarga de trabajo sin que nadie más allá de sus deudos haya alzado mucho la voz. No obstante, a algunos nos ha hecho reflexionar seriamente acerca del sinsentido que supone acometer sin rechistar la brutal carga de trabajo que se cierne sobre nosotros.

Algunos lectores pensarán que esto es una exageración, y están en su derecho de pensarlo. O puede que crean que por lo menos tanto esfuerzo vendrá recompensado con una alta retribución y grandes prebendas. Les diré una cosa: ganamos exactamente la mitad de lo que está Vd. pensando. O menos. Hagan la prueba.

Y ahora que les he contado algo de cómo somos y de lo que hacemos, les contaré aquello con lo que soñamos. Soñamos con un gobierno y con un Consejo General del Poder Judicial que nos respeten y que estén comprometidos con la división de poderes. Con una oficina judicial digna de ese nombre. Con una planta judicial dimensionada a la alta litigiosidad española. Con una estructura judicial racional y cercana al ciudadano. Con unos edificios judiciales que superen cualquier inspección de seguridad e higiene. Con un CGPJ elegido por nosotros, y no por los partidos políticos, que nos ampare en nuestra independencia frente a los ataques que a menudo sufrimos. Con unos nombramientos para cargos judiciales presididos por los principios de mérito y capacidad y a través de un proceso transparente. Con una administración de Justicia moderna. Con unos sistemas de gestión procesal compatibles entre sí, eficaces y que garanticen la protección de datos. Con unas retribuciones acordes a nuestra responsabilidad y dignidad como integrantes de un poder del Estado. Y con muchas otras cosas que no caben en esta página.

Nuestros compañeros, los fiscales, están igual de descontentos, y por eso se ha logrado por primera vez en la historia la unión de todas nuestras asociaciones en apoyo y reivindicación de tan justas demandas. Así que cuando los próximos jueves hasta el 22 de mayo paremos una hora nuestra actividad y ese día ejerzamos nuestro derecho de huelga, recuerde todo lo que acaba de leer y asuma que, como pone en los carteles de las obras, “Estamos trabajando para Vd. Disculpe las molestias. Muchas gracias”.