Símbolos globalizados en Tierra Santa

Javier López Astilleros

Analista político

Los Estados (desde que salieron al mercado en forma de marcas comerciales) están sometidos al principio de ensayo y error, aunque en realidad son organizaciones complejas y robustas, erigidas a base de conflictos y esfuerzos inconmensurables. Hay pocas entidades verdaderamente estatales en el mundo. Generalmente están formadas por un conjunto de pueblos que alguna vez se hicieron la guerra, hasta que el comercio y los matrimonios entre familias convinieron en una entidad superior.

Parece que hoy los Estados (más que nunca) necesitan ser refutados y falsados, en boca de  Popper. La aspiración de una organización tan descomunal es la de generar prosperidad y seguridad, toda una quimera. Por eso se definen más por lo que no son que por lo que son.

Todo Estado exhibe sus insignias del poder, su fortaleza mítica sobre la que se levanta una nación formada por individuos, unidos por unos símbolos comunes y un prestigio reconocible generalmente por las imágenes de águilas poderosas dibujadas en un pasaporte. Es difícil encontrar aves como la lechuza, representación de la sabiduría. ¿Cómo eran los pasaportes atenienses?. No hay ente que no aspire a la dominación, y de todos es sabido lo difícil que es adiestrar una rapaz.

En Europa nos han enseñado (aunque no venga en ningún libro de texto) que el valor y el prestigio de los ciudadanos guardan relación con su situación latitudinal. Es una forma de darwinismo de las naciones, apuntalado por la geografía humana del prusiano Alexander Von Humboldt, lo que es un tanto inquietante.

Cuanto más al norte, más admirable es el ser humano. Son civilizaciones que precipitan desde Albión hasta quedar exhaustas en las latitudes inferiores, donde se manifiesta el punto de la degradación estatal, y la sospecha de incompetencia ciudadana.

La latitud etnocentrista determina dos cosas: la eficiencia humana en cuanto a producción y consumo, y el grado de inmadurez del individuo.

Luego hay otros Estados cuya propiedad corresponde a una humanidad de fieles. La posesión de esa tierra afecta únicamente al mundo de las creencias. Son conquistas simbólicas identificadas con los clanes y genealogías que se pierden en alcurnias familiares, en gran parte inventadas y disueltas por el transcurrir del tiempo.

Son en estos centros simbólicos donde se representa un drama personal en medio de la pasión comunitaria.

La mito praxis, según Sahlins,  representa mitos en circunstancias contemporáneas. “La política aparece como la continuación de la guerra cosmogónica con otros medios”. Probablemente para los WASP (blancos anglosajones y protestantes), los nativos de los Santos Lugares reproducen el mismo guión indefinidamente. Es natural(desde la perspectiva WASP) la prolongación ad infinitum de las guerras en Próximo Oriente.

 Las naciones simbólicas son puertos francos ajenos a la dinámica europea, aunque aparezcan como entes homologables. Si bien sus estructuras obedecen a una lógica nacional, esta propiedad queda diluida por una representación formidable: la de ser los custodios de los santos lugares.

Como señalan los estudiosos del mito, se trata de ‘una narrativa sobre la divinidad, sobre eventos trascendentes que son explicados y dan significado a unas prácticas, instituciones e historia que una sociedad toma”.

Tenemos dos formidables ejemplos: Israel y Arabia Saudí. Los dos gozan de la condescendencia del público global, de organizaciones y entidades internacionales, y hasta de imperios consolidados y en ciernes. Irán se opone a este dúo, y cierra la pieza de ángulos enfrentados, aunque complementarios hasta formar una densa red de vasos comunicantes.

Entre el gran público globalizado ese asunto es difícil de entender, pues la política se valora y comprende por su simplicidad. Las cosas simples se ven como virtuosas, de ahí que no se lleguen a atisbar con claridad que las diferencias entre Irán e Iraq van más allá de una sola letra. Toda manifestación de complejidad es símbolo de sospecha. Desde esta perspectiva, es normal que se denuesten las ciencias sociales. El espectador espera mucho menos de ellas.

En definitiva, tenemos dos naciones con salvoconducto. Bastan  unas cuantas imágenes de Meca con los dos sables entrelazados, para identificar el orgullo y el poder de un pueblo que se cree destinado a salvar a la humanidad. Por eso numerosas familias del norte de África vinculan sus antepasados con algunos héroes de la mítica Arabia. Sería algo así como buscar los ancestros de los celtíberos en la antigua Roma. Así son los imperios de la fe.

La cegadora visión de los sables cruzados y la kaaba se despliega con total normalidad entre una gran parte de la población educada en la censura, y conectada a las emisiones satelitales procedentes del Golfo. Esos atributos del poder son irresistibles para una parte de la sociedad. El 40% de la población del ‘mundo islámico’ no sabe ni leer ni escribir, lo que refuerza en parte la legitimidad del establishment corrupto. Del 60% restante, un porcentaje mínimoaccede a la universidad. Finalmente los que consiguen graduarse tienen que pagar por un trabajo estable, o fenecer poco a poco en los márgenes de un Nilo.

Al custodio de los Santos Lugares se le permite casi todo, como abrir miles de centros de adoctrinamiento en todo el mundo. Es un derecho adquirido sin que apenas nadie les replique. El resultado es que en esta geografía es más fácil encontrar una despampanante mezquita en una solitaria gasolinera, que una facultad universitaria en una ciudad mediana.

El otro experimento contemporáneo es Israel, un país impulsado en su día por el efímero imperio británico y los trajines de la guerra fría. Los soviéticos necesitaban trigo. Los señores del capital lo tenían, pero a cambio de facilitar la llegada de judíos soviéticos a Palestina. Ya lo advirtió  Golda Meir. Sin Aliyot no hay ni grano ni créditos.

Pero pocos reparan en que  uno de los pilares esenciales del Estado autodenominado como judío, es el  evangelismo dispensacionalista. Son ellos los que han delegado la gestión de Terra Mítica en el pueblo elegido. Para ciertos fanáticos evangélicos, el destino de las Iglesias protestantes e Israel está separado, al menos hasta la llegada del mesías, momento en el que todo ser vivo reconocerá las tesis de Derby, su teólogo.

El resultado es que un pueblo heroico clavó la pica en medio de la barbarie. Lo presentan como un milagro entre tanto enemigo, aunque visto en perspectiva es natural que así fuera, pues tenían-y tienen- el respaldo del sheriff del distrito, más la incompetencia institucional de una zona en constante recomposición desde la caída del califato otomano.  En definitiva hay guerras por delegación, y Estados a los que les han delegado el poder. Se puede decir que los custodios de los símbolos disfrutan del respaldo de los auténticos poderes. Entre sus principales pilares se encuentran millones de  fieles transnacionales, capaces de silenciar, ocultar y disculpar aberraciones indignas para quienes aspiran al cielo.