Opinion · Otras miradas

La víctima y el sacrificio: reflexiones en torno a un sistema que se refuerza a sí mismo

Ana Carrasco Conde, profesora de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid.

Aunque, como sostiene Girard, la violencia pueda ser irracional, no carece de razones para desencadenarse. Que las haya no implica desde luego justificar el acto violento pero sí nos sirve para comprender la lógica de su despliegue. Comprender, dice Hannah Arendt, no es justificar, sino analizar los factores que han desencadenado el acto, independientemente, aunque sea contraintuitivo, de las consecuencias en el otro, que serán analizadas en un acto posterior. En esta línea es preciso pensar una doble violencia ejercida sobre la “víctima”: la física, pero también la simbólica, ambas dentro de un sistema amparado por una lógica cuyo objetivo último es regular las relaciones de aquellos que quedan dentro del derecho. Pero es aquí cuando lo lógico a veces nos parece ilógico y lo justo, injusto porque atenta contra la identificación que hacemos entre lo justo y lo bueno. Nuestra confianza en la justicia se ve mermada. La violencia nos parece gratuita e irracional. Pero el problema no es la justicia sino el orden que ésta regula y la lógica perversa que queda reforzada.

La justicia significa originalmente más allá de toda la evolución semántica, el equilibrio dentro del orden establecido. Quien genera desequilibrio es aquel que debe ser ajusticiado, es decir, castigado y reconducido al orden. Ahora bien ¿qué equilibrio es el que quiere protegerse? ¿qué es lo que se reconduce al orden? La respuesta a esta pregunta apunta no al derecho, no al plano jurídico, sino a la ideología que le da soporte y que únicamente se hace presente en la interpretación que se hace de la ley. La justicia, pensamos, tiene que ver con restaurar y compensar de algún modo el daño sufrido. Y así debería ser al menos porque el acto, aunque tenga sus propias lógicas (o su contexto), no justifica el daño que se inflige a un ser humano. Sin embargo, en ocasiones se muestra la quiebra entre el orden del derecho y el orden de lo ético. Y allí donde debería haber un reconocimiento del dolor del otro hay una decisión, una sentencia, que hace de la víctima un medio para otra cosa: un reforzamiento del sistema que apunta no a lo jurídico, sino a lo ideológico que protege ese sistema. Lo justo (derecho) deviene injusto (ético) porque no hay, según se aprecia, reintegración del equilibrio. El mundo deviene inmundo porque hay un componente de abyección y de horror, incluso de incomprensión, que salpica un marco que debiera según entendemos, darnos protección. Pero quizá lo que se quiera proteger esté asociado a una lógica más perversa de lo que cabría imaginar.

Girard, al hablar del sacrificio, se preguntaba qué puede conducir a matar a un inocente. Su respuesta es, cuanto menos, inquietante: el sacrificio permite superar la desunión de grupo porque matando al inocente, el grupo olvida sus diferencias y se hace cómplice. ‘La manada’, como grupo y amparada en el sistema, lincha a una víctima que a su vez es necesaria como medio para reforzar el orden establecido, por muy perverso que este sea. De este modo, como sucede a menudo, sobre la víctima recae un gesto de violencia física, pero también simbólica (de la ley, de los medios) y se responsabiliza a la víctima (la falda  muy corta, la ausencia de resistencia). Pensemos esto más despacio.

Un acto violento es aquel que se articula en torno a un agresor, el victimario, y un agredido, la víctima, que es definida como aquella que sufre un daño. En esta lógica, pensamos que el agresor será condenado porque, independientemente de las razones que mueven sus actos, sus efectos han sido nefastos para la víctima. Ahora bien ¿qué entendemos por víctima y qué por victimario? Entender en qué consisten ambos, víctima y victimario, se complica cuando rastreamos el origen de esta distinción: la arcaica lógica del sacrificio, la que analiza Girard, que no por arcaica deja de funcionar en nuestro tiempo y hace posible lo impensable: que hay un mal que se hace y un mal que se refuerza, que la ley se interpreta de tal modo que la víctima queda situada en un lugar del sistema que la utiliza como reforzamiento de la ideología sobre el que se levanta.

Según esta arcaica lógica, la víctima en su sentido original designa a la persona destinada a ser sacrificada en aras de la estabilización del orden cuando éste se ve amenazado. Así, víctima, de vieo, es aquel que es atado para poder ejercer sobre él la violencia que una comunidad –la que tiene el poder- considera necesaria para el reforzamiento de “su” orden. El sacrificio hace de la víctima algo sagrado y necesaria para que el orden no cambie, para que la amenaza quede lejos y el mal que pueda alterar el orden establecido, quede disuelto. Se ahuyenta el mal con mal. De este arcaico modo con la complicidad de todos el sacrificio de una víctima construye comunidad, manada. Esta es la perversión del tiempo presente movido por ecos arcaicos de una ideología patriarcal que reconoce a la víctima  (y apreciése el femenino de la palabra), no en su dimensión humana y ciudadana, como sujeto de derecho, sino en su dimensión instrumental como objeto del perverso y abyecto mecanismo de un sistema que se refuerza a sí mismo protegiendo a su “verdadero sujeto de derecho”: el victimario (que es masculino) se justifica y en base a la reacción de la víctima. Y sin embargo, lo hecho éticamente está mal. La víctima es desposeida del reconocimiento de la agresión real contra su persona (y en cierto sentido, convertida incluso en cómplice del delito o, aún peor, culpable, cuando se la responsabiliza) y el agresor es convertido en víctima, esto es, en aquel que realmente sufre el daño.

Agamben hablaba de aquella “oscura figura” del derecho romano que dentro del sistema no quedaba amparada por él, una figura de lo sagrado: homo sacer, nuda vida, mero cuerpo, aquel sobre el que puede ejercerse violencia y que constituye “el fundamento oculto sobre el que reposa todo el sistema político”. Cabría preguntarse si la víctima de la VIOLACIÓN de la manada es el homo sacer de hoy, si el homo sacer somos nosotras, si como víctimas somos elementos necesarios de un sistema que, precisamente por esa perversión, debe ser transformado hasta sus fundamentos. Cabría preguntarse en qué sociedad arcaica vivimos si como Agamenón o el dios quilache de los mayas, la víctima vuelve a ser sacrificada una y otra vez en dobles violencias, físicas y simbólicas, con nuestra complicidad, con nuestro silencio. Quizá sea hora ya de construir otro orden, otra lógica, otra justicia, otra comunidad, otra manada. Y que la víctima, sea quien sea, deje de ser homo sacer, y sea reconocida de pleno derecho como ciudadana, como sujeto del derecho, como un ser humano que siente, padece y que no merece formar parte de ningún arcaico ritual.