Opinion · Otras miradas

¿No me ha pasado nada?

Marisa Kohan

Periodista de 'Público'

“Cierra las piernas. Una señorita no se sienta así”. Debía tener unos seis o siete años cuando una profesora del colegio se acercó al asiento que ocupaba en el autobús y me vomitó esta frase. Creo que la miré con cierta incredulidad y que se hizo un silencio en el que yo ocupaba toda la atención, sin entender muy bien a qué se refería y porqué me lo decía sólo a mí. La excursión del colegio era un momento de gran jolgorio, de cantos y risas, pero ese comentario me cayó como una bomba. Creo que entonces le respondí algo, estaba en mi naturaleza, pero no recuerdo los detalles. Ni el nombre de la profesora, ni si era rubia o morena… Sin embargo, esa amonestación fue tan potente para mi que décadas después la sigo conservando en un lugar no tan recóndito de mi cerebro.

A mis once años, un día me quedé a en casa de mis abuelos porque no estaba bien para ir al colegio. Mi abuelo salió un momento al banco. Llamaron a la puerta y abrí. Creo recordar que alguien le iba a traer una carta a mi abuelo, o tal vez eso lo imaginé para justificar el por qué decidí abrir. Al otro lado, un hombre de mediana edad. Debía rondar los 40 o 50. Me preguntó si estaba sola y ante mis dudas al responder, abrió la puerta y entró. Se sentó en el brazo de un sillón que estaba cerca de la puerta, me acerco y comenzó a sobarme el cuerpo. A pasar su mano por mi pecho, mi culo, a sujetarme entre sus pierna. Me dijo que era una señorita muy linda. Yo le contesté que no, que no era una señorita. Inconscientemente intentaba decirle que no lo era, que no tenía edad para lo que ya intuía que estaba pasando, lo que podía pasar. A él no le importó.

Me despegué de él y corrí al otro lado de la mesa ovalada que había en el salón. Él estaba del lado de la puerta, impidiéndome salir. Entonces, con parsimonia se sacó el pene y empezó a acariciárselo. “Ven, tócalo. Mira que suavito está”, me dijo. No recuerdo si grité. Si recuerdo que mi cabeza iba a mil e intentaba mantenerme lo más lejos posible de él. “No soy ninguna señorita” creo haber repetido en más de una ocasión. Duró una eternidad, aunque tal vez sólo fueron unos minutos. No lo sé. El tiempo se había detenido en seco. En un momento de la persecución, fui capaz de alcanzar la puerta. Bajé los cinco pisos que me separaban de la calle salvando los tramos de escalera de un salto cada uno. Abrí la puerta de la calle y corrí en dirección al banco. Encontré a mi abuelo en el camino y agitada le conté como pude lo que había sucedido. Fuimos a la casa. Él cogió un cuchillo, el más grande que encontró en la cocina y recorrió toda la casa. Salimos a la calle, hablamos con el portero… Creo que nunca se supo quién fue o yo nunca me enteré. Durante años estuve culpándome por haber abierto esa puerta. Por no haber tenido los reflejos de haber ido al portero para que lo detuviera… En definitiva, culpándome de una u otra forma por lo que me había pasado.

En el parque del Retiro, una día paseando con un par de amigas, se acercaron unos niños más pequeños y comenzaron a molestarnos. Creo que al principio sólo se limitaron a decirnos cosas desagradables. Debían tener unos doce o trece años. Nosotras rondábamos los 18. Recuerdo que no nos preocupamos mucho por esos mocosos hasta que comenzaron a tocarnos y amenazarnos. Los apartamos de un empujón cuando las palabras no consiguieron que nos dejaran en paz. Pero eran muchos. No puedo precisar el número, pero de pronto nos rodearon una manada de chavales deslenguados y agresivos. Podían ser unos 15. Nos insultaron, nos toquetearon por todos lados, y nos vimos en medio de una situación de la que no podíamos zafarnos. Pronto nos dimos cuenta que no podríamos usar al fuerza. Eran muchos y se ponían cada vez más violentos. Era pleno día y el parque estaba lleno de gente, pero nadie hizo nada. Sólo acabó cuando ellos decidieron marcharse. La humillación nos hizo llorar. Llorar de rabia y de impotencia. Ninguna volvimos a hablar de este tema.

Rondaba la veintena, cuando una noche volvía a casa. La calle estaba oscura y desierta. Bajé del autobús y comencé a caminar hacia casa cuando me agarraron del cuello por la espalda. Me tiró sobre el césped la zona ajardinada que había en la acera. Él cayó sobre mí. Forcejeé y conseguí volver a levantarme. Volvió a agarrarme por detrás cuando intentaba huir, pero se quedó con mi abrigo en la mano y con mi bolso en el suelo. . Corrí hasta llegar a casa pensando que venía detrás de mí. Conté lo que me acababa de pasar. Tenía el labio partido y sangrando por el forcejeo. Decidimos salir a denunciar. Antes de salir por la puerta fui a la cocina e instintivamente cogí el cuchillo más grande que pude encontrar. No sé para qué, pero me sentía más segura. Pasamos por el lugar donde había sido atacada, pero ni el abrigo ni mi macuto estaban ya allí. Ese cabrón se había quedado con mis cosas y mi identidad.

En la policía relaté a un agente lo sucedido. Con pelos y señales. Intentando no dejarme nada importante. Recuerdo que comencé: “vengo a denunciar un intento de violación”, o algo similar.

Tras oír mi relato y tomar notas, el agente levantó la vista mi me preguntó: “¿Pero te pasó algo?”. Yo no terminé de entender la pregunta. Volví a relatar lo que ya le había contado de una forma un poco más resumida, creyendo que tal vez no me había entendido. Pero la pregunta volvió: “¿Pero te pasó algo?”. Para enseguida volver a preguntar: “¿Cómo ibas vestida?”. De verdad que al principio no entendí la pregunta. “Como estoy”, le respondí. Pero para entones comenzaba a estar agobiada y enfadada. “Le estoy relatando una agresión. No me violó, si es lo que me está preguntando”. Entonces el agente de policía me preguntó si quería hablar con una mujer de un cuerpo especial que se había puesto en marcha para este tipo de casos. Le dije que sí. Tuvimos que esperar una eternidad. Ya de madrugada vino una mujer de pelo largo rizado y de modales resueltos. Me llevó a una sala. Lo primero que hice fue relatarle mi episodio en comisaría. Había tenido varias horas para rumiar mi rabia, la impotencia de lo que me había pasado cuando fui a denunciar. Me volvió a tomar declaración y me preguntó si me habían mostrado fotos para intentar reconocer a mi agresor. Le dije que no. Pero que no le había visto casi la cara. De todas formas estuve un rato mirando fotografías de hombres. Posibles agresores sexuales sin poder reconocer a ninguno, pero con la angustia de encontrarme ante un largo tomo de hombres entre los que se podía encontrar ese cabrón.

No conozco a ninguna mujer que no haya pasado un caso de abuso sexual. Ninguna. El problema es que no lo hablamos. No lo contamos. De hecho, muchas ni si quiera los recordamos. A mi me pasó leyendo las historias compartidas en #Cuéntalo. Es la primera vez que lo cuento y la primera vez en la que todas estas agresiones vienen juntas a mi cabeza y conforman un relato que, sin darme cuenta, han modelado mi vida como mujer. Me han puesto en mi sitio en esta sociedad y he vivido (hemos vivido, porque somos millones) como hemos podido. Desamparadas, culpabilizadas y con una amarga sensación de que da igual lo que hagamos, cómo nos vistamos, lo que pensemos… somos carne. Cada una lo encajamos a nuestra manera.

Pero lo mas paradójico de todo, es que durante toda mi vida he pensado que realmente, no me ha pasado nada. Nada grave. O tal vez sí.