Opinion · Otras miradas

El abrazo de las calles

Andrea Momoitio

Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

Estas noches no me abraza solo Z., me abrazan también una sensación de indefensión y vulnerabilidad difíciles de explicar. Voy a intentarlo porque, al fin y al cabo, sé moldear mejor las palabras que el miedo. Me siento pequeña y ajena al mundo, rabiosa pero sin fuerza, con esa forma de rabiar propia de los momentos más dolorosos. Muy parecida a la que sentí cuando se murió mi abuelo, por ejemplo. Esa rabia que tiembla de miedo, que solo genera movimientos bruscos dentro y que, desde fuera, parece estática. Es una rabia que clama y patalea en silencio, que duele como duelen la indefensión y la injusticia.

Ayer se lo intentaba explicar a mi amiga A., pero no necesité esforzarme mucho para que me entendiera. Sabe perfectamente a qué sensación me refiero. No creo que me equivoque si afirmo que me entienden perfectamente también todas las compañeras del #MeToo y del #Cuéntalo. Estos días, quizá más que nunca, somos conscientes de la fragilidad, la invisibilidad y la indiferencia a la que nos han condenado siempre, pero, joder, cómo pesa. Nuestra ‘vulnerabilidad’, ahora, además está amparada por la jurisprudencia.

La semana pasada, después de la manifestación que se celebró en Bilbao, aún cabizbajas, nos encontramos a L. por la calle. Es abogada así que lanzamos sobre ella todas las preguntas que aún teníamos sin resolver: “Pero, ¿cómo es posible?; “¿Me estás diciendo que lo equiparan con que un tío te arrincone y te toque las tetas por la calle?”; “¿Crees que hay posibilidades en otras instancias?”. Las respuesta, desoladoras. Cuánto miedo, cuánto desamparo. Por otro lado, nada que no supiéramos, nada que no sintiéramos ya, ninguna sensación distinta a las que nos acompañan a las mujeres durante toda nuestra vida. La sentencia que se ha hecho pública estos días para los ya famosos violadores de Sevilla hace visible, sin medias tintas ni discursos políticamente correctos, qué papel se nos presupone a las mujeres en la sociedad. En esos planes que tienen establecidos para nosotras, sin embargo, no creo que cuenten con la rabia compartida que está inundando las calles del Estado español, ni con la fuerza de cambio que se genera cuando nos miramos a los ojos y nos reconocemos entre nosotras. 

En este afán por la transformación social radical que pretendemos las feministas, nuestra rabia no puede convertirse en venganza sino en justicia. Tenemos que estar muy atentas para evitar que discursos conservadores y neoliberales, como los que proponen la prisión permanente revisable, se aprovechen de la lucha feminista para instalarse definitivamente. Inundamos las calles no para que estos tipos acaben pudriéndose en prisión sino para lograr una de las principales características de la justicia en mayúscula: el reconocimiento del daño causado. No podemos permitir, digan lo que digan los tribunales, que la  mujer que sufrió esta violación múltiple en los Sanfermines (una de las que conocemos, por cierto, porque las cifras dicen que en España una mujer es violada cada ocho horas) dude, ni durante un segundo, de lo que ha vivido.

Por eso es tan importante que insistamos en el #YoSíTeCreo, que cuestionemos los conceptos de ‘consentimiento’, ‘violencia’, ‘intimidación’, y todas las maneras de entender el mundo que se han construido sin contar con nuestras voces. El problema, insisto, no es si la condena es o no es suficiente. El problema es que no se ha reconocido el daño causado y que, sin dar ese paso, difícilmente se podrá seguir adelante en el proceso de reparación que necesita cualquier víctima, sufra la forma de violencia que sufra. Tenemos que estar  alerta para evitar que los derechos de las mujeres sean utilizados para la imposición de medidas legislativas y punitivas más autoritarias aún.

La prisión, esa estructura de poder tan patriarcal, violenta y vengativa, no va a protegernos a las mujeres de las violencias que tradicionalmente vivimos. No se trata de que se pudran en la cárcel sino de construir una manera de entender la justicia que señale y reconozca que José Angel Prenda, Alfonso Jesús Cabezuelo, Ángel Boza, Jesús Escudero y Antoni Manuel Guerrero violaron a una mujer la noche del 7 de julio de 2016. No tenían su consentimiento, pero creían tener la connivencia de una cultura que no reconoce la autonomía sexual de las mujeres. Eso se está acabando.

Las calles están llenas, seguramente gracias al gran impulso del pasado 8 de marzo, de mujeres que hemos sufrido tantas violencias a lo largo de nuestra vida que, a veces, las hemos naturalizado. Hasta ahora. No sé cuándo ni de qué manera, pero sí creo algo: lo que viene ahora no es una nueva ola feminista, es el tsunami definitivo. Lo que está en juego es, al fin y al cabo, que se respeten nuestros Derechos Humanos. Por eso es tan importante que señalemos que La Manada son también las instituciones y su flagrante indiferencia ante su responsabilidad para erradicar todas las formas de violencias machistas. España no cumple. Firma y firma acuerdos internacionales que no respeta, no reconoce sus errores, no pide disculpas e ignora los toques de atención que recibe. El Comité de la CEDAW, la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, condenó a España en 2014 por no haber hecho nada para evitar la muerte de Andrea, la hija de Ángela González, que fue asesinada por su padre maltratador durante una visita no vigilada. El Gobierno se ha limitado a afirmar que las resoluciones de los organismos de Naciones Unidas no son vinculantes.

Mi madre dice que si se te cae una pestaña hay que recogerla con cuidado y soplar mientras pides un deseo. El mío hoy es que que las calles rujan sin descanso y que toda esa fuerza abrace con cariño a todas las mujeres que necesitamos estos días un abrazo fuerte y largo, que la calle nos abrace a todas, que no volvamos nunca más con miedo a casa, que nadie vuelva a negarnos lo que bien sabemos, que nuestros clamores se conviertan en justicia, de esa que no se hace en los juzgados y bueno, ¿por qué no? También quiero para todas un poquito de “jarabe de amor para el miedo”, de nuestra Tremenda Jauría.