Opinion · Otras miradas

¡Relato, relato, relato!

Esta misma semana han tenido lugar en Madrid dos actos  públicos aparentemente inconexos: de un lado, y bajo los auspicios del Parlamento Europeo, el foro internacional sobre fake news ‘Cómo combatir las noticias falsas en Europa’; de otro, la presentación en el Círculo de Bellas Artes, de la última novela de Joseph Gelinek (a.k.a. Máximo Pradera), Las dos muertes de Mozart. El lazo de unión entre ambos hechos es que mi novela es, además de un entretenido relato de misterio y un «gran fresco» (como le gustaba decir a Javier Pradera) de la Viena imperial de finales del XVIII, también un desmentido de casi 400 páginas de la más escandalosa noticia falsa de la historia de la música: que Salieri envenenó a Mozart (o que al menos lo intentó) y que saboteó, por envidia cochina, la deslumbrante carrera musical de su talentoso rival.

A diferencia de las soplapolleces que sube Juan Carlos Girauta a su cuenta de Twitter (esta semana hemos tenido que leer que Karl Marx es el responsable de 100 millones de muertos), que solo sirven para sumergirle en el descrédito, mientras Marx se carcajea de él en su sepulcro londinense, la fake news sobre Salieri causó un daño irreparable sobre este músico excelente, el más admirado compositor de óperas de toda Europa, en la segunda mitad del XVIII.

El diputado Pablo Iglesias, encargado de presentar la novela, puso de manifiesto que lo que más le había impactado de la misma es la lucha heroica (quijotesca, diría yo) del autor por defender la verdad en una época en la que ésta parece carecer ya de importancia. Lo relevante es que «el relato» favorezca al bando ganador y que resulte verosímil, o como dicen los italianos: se non è vero, è ben trovato. 

El linchamiento mediático de Salieri (no muy distinto, mutatis mutandis, de los que vienen sufriendo Iglesias y otros podemitas desde que entraron en política y osaron poner en solfa al Ibex 35) se desarrolló en dos fases. Por un lado, nada más morir Mozart, un periodista con pocos escrúpulos (yo lo imagino apantuflado y con patillas, una especie de Eduardo Inda del Siglo XVIII) escuchó en los mentideros vieneses que el cadáver del genio salzburgués despedía un olor nauseabundo y estaba muy hinchado. Sin tomarse el trabajo de hablar con médicos o familiares, que podían estropearle su amarillo titular, mandó una crónica a su periódico berlinés en la que afirmaba que Mozart había sido envenenado. Nadie osó, todavía, señalar a un culpable en concreto, aunque corrieron rumores de todo tipo: desde que el asesino había sido un amante de Constanza Weber, la mujer de Mozart, hasta que, en venganza por haber desvelado (en la ópera La Flauta Mágica) los hasta entonces impenetrables ritos de la Masonería, lo habían envenenado sus propios compañeros de logia. Muchos años años más tarde, con Salieri ya viejecito y muy menguado de fama (mientras la de Amadeus subía, por contra, como la espuma) y con los nacionalismos desatados por toda Europa, otro periodista (llamémosle esta vez, Paco Marhuenda, pues el lenguaraz director de La Razón atesora ya varias condenas firmes por difamación), señaló directamente a Salieri. Corría el año 1825 y la Austria posterior al Congreso de Viena, la del implacable príncipe Metternich, había logrado apoderarse de la Lombardía y el Véneto, de donde era originario el músico italiano.

De la misma manera en que hoy las fuerzas de la caverna, que detentan el poder, no se conforman con sojuzgar a las capas más humildes e indefensas de la sociedad, sino que necesitan arrastrar por el lodo el buen nombre sus líderes, afirmando por ejemplo en público (Enrique Ossorio dixit) que son un hatajo de pederastas y narcotraficantes, los propagandistas de Metternich resucitaron el mito del envenenamiento de Mozart, (sin duda su músico más ilustre) y le colgaron el mochuelo al pobre Salieri, que admiraba al genio salzburgués, lo había ayudado en alguna ocasión, compuesto una cantata al alimón y compartido con él una de las primeras e inolvidables noches de estreno de La Flauta Mágica.  

El relato que ha quedado para la historia es pues el de las fuerzas del Mordor de los Habsburgo frente al de los pobres hobbits italianos. Lejos de la versión (magistralmente llevada al celuloide por Milos Forman) de un Salieri que desquiciado por la culpa, confiesa poco antes de morir, haber conspirado para eliminar artística y personalmente a Mozart, la verdad es la que cuenta mi alter ego Joseph Gelinek en la novela: que como consecuencia de una gigantesca y bien orquestada campaña de difamación, puesta en marcha por los propagandistas de Metternich, el pobre Salieri sufrió un colapso nervioso, fue ingresado en un frenopático donde falleció, solo y olvidado por todos, pero jurando y perjurando hasta el final, ante médicos y celadores, que él jamás había movido un dedo para perjudicar a su admirado Amadeus.

Si Julio Anguita acuñó en su día aquel eslogan de ¡programa, programa, programa!, para defender la necesidad imperiosa de salir del politiqueo banal y establecer un debate a fondo sobre el modelo de sociedad y de economía que estábamos construyendo, es probable que hoy el Califa Rojo habría vuelto a sacudir nuestras mentirosas conciencias y reivindicado la necesidad de pelear por la verdad hasta el último aliento, clamando desde lo más profundo:

¡Relato, relato, relato!