La memoria histórica sobre el machismo

Ana Bernal-Triviño

Periodista

“Si él siente la necesidad de dormir, que así sea, no le presiones o estimules. Si tu marido requiere la unión, entonces accede humildemente, teniendo en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que hayas podido experimentar. Si tu marido te pidiera prácticas sexuales inusuales, sé obediente y no te quejes. Es probable que tu marido caiga entonces en un sueño profundo, así que acomódate la ropa, refréscate y aplícate crema facial para la noche y tus productos para el cabello. Puedes entonces ajustar el despertador para levantarte un poco antes que él por la mañana. Esto te permitirá tener lista una taza de café para cuando se despierte”.

Así eran los mandatos de género que las mujeres españolas recibían en 1958. Este es parte de un texto de la Sección Femenina impuesta por el franquismo. Detrás de tanta palabra, hablando de forma coloquial, el mensaje que recibía la mujer era el siguiente: si tienes ganas pero él está cansado, respétalo. Pero si la cansada eres tú, y él tiene ganas de sexo, te aguantas y cumple sus órdenes. Si no quieres es igual, hazlo, y cuidado de decir que te ha violado. Si tienes que fingir, finge. Y si quiere experimentar contigo como una muñeca hinchable en una película porno, déjate usar. No tienes voz, no tienes opinión, no tienes deseo propio, no eres nada. Solo una cosa, un figurín, un maniquí. Una especie de robot a servicio de tu esposo.

Algunas personas preguntarán a qué viene sacar ahora la Sección Femenina, pero pueden comprobar que la interpretación de aquel texto, 60 años después, no dista mucho de lo que estos últimos días hemos visto en prensa y redes respecto a lo que se espera de la mujer en el sexo. Tampoco dista mucho de lo que piensan los incel, misóginos que atentan porque no tienen sexo e incluso solicitan que el Estado proporcione mujeres a su disposición.

Otras dirán que para qué recupero esto del franquismo, como si fuese algo lejanísimo, pero no lo es. Yo tengo una madre que recordaba a menudo a la Sección Femenina a diario. Y que, aunque me dice que “fue la mayor pérdida de tiempo”, la amoldó para ser una mujer dedicada a la casa. Y de hecho, hace poco, al volver de las quimioterapias, nadie la lograba apartar de la cocina o cualquier otra tarea del hogar. Convencerla de que no es su obligación, sino la de toda la familia, cuesta trabajo.

Esto que decía el franquismo no nos queda tan lejos a las mujeres de mi generación. No puedo evitar acordarme estos días de mi tía, que ya no está.  Feminista convencida, me leía algunas de las ideas de aquella Sección Femenina en mi adolescencia. Supongo que, por ser tan cercanas, por haberlas escuchado tragándose su rebeldía, quería ayudar a sus sobrinas a ser todo lo libres e independientes que pudiesen. Porque aunque yo ya nací sin franquismo, su forma de pensar y de razonar se quedaron instaladas en muchas mujeres y hombres por toda España. Y porque, aún en democracia, la propia web de la Fundación Francisco Franco indica que aquellos valores de la Sección Femenina “fueron salvaguardados (…) con gran dignidad” por la Asociación Nueva Andadura, que no finalizó su actividad hasta 2008. Sí, hace apenas 10 años.

Tampoco se podía esperar otra cosa de un franquismo cuyos responsables violaron y maltrataron a mujeres presas, con sus cabezas rapadas e ingiriendo aceite de ricino para machacarlas con humillación. Las mismas que fueron castigadas por “rojas”, por libres y por transgredir en la Segunda República el papel de “mujer de su casa” que impondría la dictadura. De ahí la anulación de su derecho al voto o al divorcio que tanto había costado a las republicanas conseguir.

¿Qué hubiese sido de todas nosotras de no haber existido el franquismo? ¿Qué hubiese sido de España si todas aquellas mujeres que daban paso a más libertad, entre el patriarcado de hace siglos, no hubiesen acabado asesinadas o exiliadas? A veces me pregunto qué hubiese llegado a ser de mi madre, de mis vecinas, de mi tía, si en su vida esa dictadura no las hubiese condicionado tanto. Ese patriarcado nacional católico que catalogaba como mujer reproductora, mujer de sus hijos, mujer madre de la patria, mujer del hogar, mujer de la familia. Esa pieza clave para el desarrollo y pervivencia de la nación por encima de todo, donde la libertad sexual femenina quedaba restringida a las órdenes del Estado. Ya fuese sin políticas sexuales, anticonceptivas y con mensajes ideológicos eficaces. Y cómo no, con la complicidad de una iglesia que reforzaba la culpa y la represión en ellas.

Repaso por encima algunas de las frases de aquella Sección Femenina, que era imprescindible cursar para optar a un trabajo. Aquella de la que mi madre recuerda las clases de corte y confección que odiaba. Y me encuentro con ideas que me rebelan por dentro: “Su duro día de trabajo quizá necesite de un poco de ánimo y uno de tus deberes es proporcionárselo”, “Deja hablar a él primero. Recuerda que sus temas de conversación son más importantes que los tuyos. Nunca te quejes si llega tarde o si sale a cenar o a otros lugares de diversión sin ti”, “No le pidas explicaciones acerca de sus acciones o cuestiones su juicio o integridad”, “Anima a tu marido a poner en práctica sus aficiones e intereses y sírvele de apoyo sin ser excesivamente insistente”. Parecería broma y daría risa todo esto sino fuera porque fue real, porque cientos de revistas y libros con estos mensajes fueron aprendidos por miles de mujeres en este país, a las que anulaban como sujetos.

Podría dar igual esto de la Sección Femenina sino fuera porque hoy, en 2018, hay gente que piensa igual, que las mujeres somos cosas a merced y servicio, disponibles a sus deseos, que los nuestros no cuentan. Hoy, en 2018, pervive una justicia que trata a la mujer de forma muy parecida a aquellos textos que mostraban la deshumanización de nuestro cuerpo, el descrédito de nuestra palabra, dejarnos en segundo lugar o responsabilizarnos de lo que no es nuestra culpa. A veces hay que tirar de la raíz, pero ver lo podridas que están. Conviene tener memoria histórica sobre el machismo. Saber quiénes heredaron aquellos ideales para identificarlos incluso detrás de productos edulcorados y de consignas progres. Saber de dónde venimos las mujeres y hacia dónde vamos.

Porque fueron, somos.
Porque somos, serán.