Opinion · Otras miradas

Por el fin de los monumentos franquistas en nuestro país

Esther López Barceló

Responsable de Memoria de IU

Manuel Ángel Clemente

Concejal de IU-Ganemos en Villarrobledo

En estos tiempos oscuros en que se encarcelan ideas y canciones, defender la memoria democrática se convierte en una tarea revolucionaria. No podemos construir un Estado social e igualitario si no rompemos con las estructuras económico-políticas y las relaciones de poder que permanecen intactas desde la dictadura. Y para poder llegar a superar esta situación es fundamental dejar de rendir homenajes a sus principales responsables.

Quienes suscribimos este artículo queremos dejar patente nuestro compromiso irrenunciable a defender, sin dejarnos llevar por las amenazas y las presiones, nuestro proyecto político basado en la defensa de la justicia social, los Derechos Humanos y la radicalidad democrática. Y, obviamente, bajo la persecución de estos principios no caben homenajes a la dictadura.

Desde hace unos días Villarobledo ha ocupado el foco mediático debido a la triste polémica suscitada en torno a un monumento erigido en este municipio en 1946 en “recuerdo de los Caídos en el Gloriosos Movimiento Nacional”, tal y como rezan las escrituras de cesión del terreno.

El monumento en cuestión representa todo lo que la conocida como ley de Memoria Histórica condena. Pues hablamos de un monolito de 15 metros acabado en una columna rota, con su correspondiente laureada franquista y su cruz. En su base, cuatro placas recogen los nombres de participantes directos en el golpe de estado, de cuatro miembros de la División Azul y el nombre de José Antonio Primo de Rivera; todo ello adornado con la inscripción “PRESENTES”. Además hay cuatro escudos: el de Villarrobledo, la cruz de Borgoña utilizada por los requetés, “el yugo y las flechas” falangistas y el águila de San Juan representada como emblema franquista. Para terminar, en uno de sus lados aparece la inscripción “Villarrobledo a sus mártires” (concretamente a los del bando golpista, claro está).

La escultura fue sufragada con un impuesto extraordinario a la población cuyo valor podía ser aportado al contado o en forma de mano de obra para aquellas familias que no podían afrontar el gasto, al más puro estilo esclavista.

El debate en Villarrobledo gira en torno al qué hacer con dicho monumento. Así que, en un lado nos encontramos quienes defendemos que el cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica es una prioridad, no únicamente por la importancia de su aplicación, sino porque entendemos que “lo que no se resuelve en el pasado, no es pasado, es presente” -tal y como dicen las Abuelas de la Plaza de Mayo. Y que, por tanto, no se puede crear un proyecto democrático de futuro si no retiramos de nuestros espacios públicos todo signo apologético del franquismo.  Nuestras calles y monumentos configuran el paisaje social que construye nuestra identidad como pueblo y éste ha de fundarse en valores democráticos y, por ende, antifascistas.

Sin embargo, frente a nosotras nos encontramos a quienes se niegan a eliminarlo. Estas personas esgrimen argumentos basados en la tradición y la banalización de la existencia de un vestigio con tales valores. Frases como que “es historia”, “lleva ahí toda la vida”, “no hace daño a nadie” o “hay cosas más importantes” son habituales entre los detractores a la aplicación de la Ley de Memoria. Bajo nuestro punto de vista, estas justificaciones suponen una clara ofensa para todas las víctimas del franquismo que, cuarenta años después del fin de la dictadura, siguen siendo tratadas como víctimas de segunda categoría sin acceso a derechos de restitución ni justicia, tal y como denuncia año tras año la Organización de Naciones Unidas o Amnistía Internacional.

Lamentablemente, entre quienes defienden el mantenimiento del monumento también encontramos una minoría que sigue pensando que la amenaza y la violencia es la mejor manera de conseguir sus objetivos. Es trágico para una democracia que estas personas cuenten con el  amparo de políticos que no condenan estos métodos, como es el caso del Partido Popular de Villarrobledo.

En último lugar, encontramos a quienes se ponen de perfil. Es triste reconocer que, en este caso concreto, hablamos del PSOE. Izquierda Unida lleva meses reclamando en el pleno del municipio que el partido de gobierno cumpla allí con una ley que su propio partido abandera a nivel estatal. Desgraciadamente el paso más “audaz” ha sido realizar una propuesta que coincide con los puntos que plantea una asociación que defiende la permanencia del monumento franquista, por la que se acordaría la retirada únicamente de los escudos, el nombre de José Antonio Primo de Rivera y la inscripción “PRESENTES”. Tenemos una responsabilidad histórica y ha llegado el momento de hacerle frente, por eso desde Izquierda Unida reclamamos desde hace meses un paso firme y valiente hacia la recuperación de la memoria democrática que, en Villarrobledo como en tantos otros municipios, también significa honrar a aquellas personas que militaron en el PSOE y sufrieron la guerra y la represión junto con tantas compañeras y compañeros.

Este vestigio es un símbolo de la dictadura pero también de una lucha de clases soterrada entre los terratenientes que veían cómo la Segunda República Española amenazaba los privilegios que tenían y cómo las clases populares se organizaron para crear ese régimen democrático republicano. Un sistema que luego les tocó defender con su vida cuando el golpe de estado franquista desató la guerra. Una guerra que perdió la democracia y que costó 40 años de represión.

Es por todo esto que, para nosotras desde Izquierda Unida, el cumplimiento de esta ley es un deber revolucionario, sobre todo, en estos tiempos de oscuridad en los que acabar con estos símbolos suponen pasos adelante en la construcción de un país nuevo, más democrático, social, feminista y republicano. Como decía Marcelino Camacho, los derechos se conquistan ejerciéndolos y es por ello que seguiremos ejerciendo nuestro derecho a la memoria democrática para conseguir ese país nuevo con el que soñamos.