Opinion · Otras miradas

Máquina del fango y agenda mediática. Compromiso público y vida privada

Javier Segura

Profesor de Historia. www.javisegura.es

En la pasada semana, uno de los diarios que mejor encarna la prensa tóxica y corrupta en este país, OK Diario, dirigido por Eduardo Inda, situó en la agenda mediática la revelación de la compra por Pablo Iglesias e Irene Montero de su casa familiar en Galapagar, una zona de clase media situada a 40 kilómetros de Madrid. La noticia desató la ofensiva de la cofradía de violadores y acosadores de la Caverna mediática que, desde que Podemos irrumpió en el escenario político institucional, no ha dudado en utilizar la situación de privilegio que otorga el poder sobre la opinión pública para intentar descabezar a esta formación política, nacida del movimiento del 15M. El ataque se ha centrado en la supuesta incoherencia entre las afirmaciones realizadas años atrás por Pablo Iglesias sobre la necesaria cercanía del estilo de vida de los políticos con las personas a las que representan y la crítica que dirigió en un tweet de 2012 al ex-ministro Luis de Guindos por la adquisición de un ático de lujo por el que éste pagó 600.000 euros y la compra por la pareja formada junto a Irene Montero de un chalet por el que deben pagar una hipoteca de 540.000 euros en 30 años. El caso, como a continuación explico, constituye un claro ejemplo de lo que  Umberto Eco definió, con motivo de la publicación de su excepcional novela Número cero, como “máquina del fango”, consistente en la elaboración sesgada, desde los despachos de poder, de informaciones de la vida personal del adversario político, con objeto de desacreditarlo y de tapar las miserias que comparte el periodismo con las élites dominantes.

Es evidente que la máquina del fango funcionó de manera efectiva. El asunto acapara desde entonces la agenda mediática por encima de cualquier otra información y, además, ha generado no pocas disputas y discusiones en las redes sociales. Los francotiradores de esta maquinaria, auténticos profesionales en el manejo de las manzanas del odio, la discordia y la crispación, movidos por el interés en debilitar la credibilidad de los líderes de Podemos y de abrir heridas internas en el seno de la formación morada, apuntaron certeramente contra un punto débil de las sensibilidades progresistas: la presunta incoherencia entre el discurso político en favor de “los de abajo” con un comportamiento personal, como es la compra de un chalé asociado a un determinado   nivel de vida. Es la vieja estrategia de las clases dominantes del “divide y vencerás”. La trampa de este planteamiento reside en que busca deliberadamente el enfrentamiento entre quienes ven en la compra del chalé una incoherencia entre “lo que se predica y lo que se hace “y, por tanto, piden responsabilidades y los que consideran que no hay tal incoherencia, sin que se cuestione un aspecto central: el de los procedimientos utilizados por la prensa corrupta y tóxica, sin el más mínimo respeto al derecho a la intimidad, para intoxicar a la opinión pública. A esta gente el negocio le va en la bronca.

De esta manera, se ha producido en el seno de Podemos y del progresismo en general un debate absolutamente desnaturalizado, en el que los problemas de fondo han quedado invisibilizados. Las redes se han visto inundadas de comentarios sobre si Pablo Iglesias e Irene Montero han actuado contra el código ético de su formación o si deben seguir o no al frente de Podemos. Justo donde la Caverna mediática quiso situar el tema. No lo voy a eludir, pero antes haré unas consideraciones necesarias para poner las cosas en su contexto.

Vivimos un escenario mediático en el que los grandes medios de comunicación no pretenden explicar los problemas reales del mundo en que vivimos sino asentar en la sociedad los valores en que se funda el statu quo. Ello es el fruto del control descarado que los grandes grupos financieros tienen sobre las líneas editoriales de las grandes corporaciones mediáticas. Esta dependencia ha supuesto la progresiva degradación del periodismo informativo en favor de un periodismo espectáculo, donde se impone lo que es noticia y lo que no, donde los hechos no se verifican ni contrastan, donde se condena a la ciudadanía a consumir información descontextualizada, donde la realidad se presenta de forma maniquea para despertar adhesiones o rechazos viscerales, donde se utiliza el formato aparentemente neutro y objetivo de la noticia para crear opinión, donde no hay reparo en subvertir los significados del lenguaje para utilizarlo como arma arrojadiza, en definitiva, donde la tergiversación y la manipulación constituyen el medio idóneo para establecer el dominio de los “dueños de la información” sobre la opinión pública. Una estafa.

Es en este caldo de cultivo en el que pueden prosperar personajes como Eduardo Inda, ejemplo emblemático del periodismo espactáculo-basura en este país. Si lo que publica y difunde, como lo del chalé de Pablo Iglesias e Irene Montero, impacta en la sociedad y genera polémicas teledirigidas se debe, sin duda, a la situación de vulnerabilidad informativa a la que ha conducido en este país la maquinaria del fango, de la que Inda es un paradigmático eslabón. Un auténtico peligro para la salud moral y cívica.

Junto a este escenario mediático se añade otro problema: la desnaturalización del debate sobre la coherencia entre lo que se predica desde el progresismo y la vida personal o, en el caso que nos ocupa, entre los valores que representan Pablo Iglesias e Irene Montero y la compra de su vivienda familiar. Resulta increíble pero es real. La Caverna mediática ha conseguido que este debate sobre la coherencia/incoherencia entre el comportamiento privado y el ideario político se centre en si los líderes de Podemos pueden representar a la mayoría social viviendo en una casa unifamiliar, cuando el país vive inmerso en un sistema  gobernado bajo el patrón de una incoherencia estructural: la de los patrocinadores económicos, políticos y mediáticos de políticas públicas que, impulsadas en nombre del bienestar general de la ciudadanía, han impuesto un modelo de distribución de la riqueza que ha enriquecido a las élites mediante el despojo de los bienes públicos, las prestaciones sociales y los derechos laborales, precarizando las condiciones generales de vida. ¿Puede haber hipocresía mayor?

Pongamos ahora el caso del tweet de Pablo Iglesias en el que éste criticaba la compra por Luis de Guindos de su ático de lujo pagado a toca-teja. Hagamos la comparación: De Guindos compró el ático como una inversión inmobiliaria, (Parece que luego, dicen, se lo regaló a su hija) cuando su fortuna superaba ampliamente el millón de euros. El lugar elegido fue La Moraleja, el más exclusivo y excluyente de Madrid. Por su parte, Pablo Iglesias e Irene Montero, sin disponer de un patrimonio significativo, han solicitado una hipoteca de 540.000 euros a 30 años, pagando al mes algo más de 800 euros cada uno, tras el cambio de vida que supone iniciar la aventura de la paternidad de dos hijos mellizos. ¿Hay alguien que no pueda comprender que los líderes políticos más expuestos a la persecución y el asedio mediáticos, mucho más que cualquier alcalde y cualquier diputado, quieran guardarse, en las nuevas circunstancias, del asedio permanente al que se verían sometidos viviendo en un barrio de Madrid? ¿Dónde está la incoherencia? ¿En Pablo Iglesias e Irene Montero o en De guindos, cuya fortuna no le impidió impulsar el drástico plan de ajuste económico que ha empobrecido a la sociedad española en beneficio de la banca?

Por todo ello resulta absolutamente triste que desde sectores progresistas se haya entrado al trapo de la información reproducida a gran escala por la Caverna y el resto de las grandes plataformas mediáticas. Aquí hay cuestiones fundamentales que nacen de la confusión entre lo que es propiedad personal y propiedad privada-burguesa. Es evidente que no hay un nivel de renta o de patrimonio personal que pueda establecer el grado de coherencia entre la vida privada y el compromiso político-social. Por el contrario, la propiedad privada-burguesa fundamenta la producción y la distribución de la riqueza y el poder en torno a las posiciones desiguales y antagónicas entre patronos capitalistas y trabajadores asalariados. Ésto nos lleva a otra consideración, y es que la desigualdad social, como injusticia estructural que se reproduce, no es la que deriva mecánicamente de las diferencias de renta, sino la que resulta del proceso dialéctico de enriquecimiento por acumulación y concentración de megacapitales por desposesión de la ciudadanía, merced a las políticas públicas que subordinan la soberanía popular a los intereses empresariales y financieros.  ¿Realmente alguien en su sano juicio puede pensar que el haber comprado una vivienda familiar puede impedir que Pablo Iglesias e Irene Montero continúen siendo dos activos fundamentales en la política de este país?  No caigamos en esta trampa destructiva. Sepamos distinguir.

La vieja idea de que por ser progresista o de izquierdas hay que “renunciar” a bienes personales asociados con un nivel de vida “burgués”, sea en el contexto que sea, forma parte de un corsé establecido, de raíz pseudo-religiosa, que parece sobrevivir en una suerte de “socialismo ascético”. La forma de prefigurar el “mundo que se desea” en la vida personal tiene un nombre, y es la honestidad. Y tanto Pablo Iglesias como Irene Montero han dado muestras sobradas de la misma. La consulta a las bases sobre su continuidad al frente de Podemos es una de ellas.