Opinion · Otras miradas

Las tres muertes de mi padre

Imagen de Juan Romero Álvarez, asesinado por ETA el 21 de junio de 1993. (Archivo familiar)
Juan Romero Álvarez, asesinado por ETA el 21 de junio de 1993. (Archivo familiar)

El 21 de junio de 1993, tres terroristas de ETA mataron a mi padre y a seis personas más mediante la explosión de un coche bomba. Fue una auténtica masacre en el centro de Madrid. Una más. De aquel caso, las investigaciones oficiales condujeron a una condena para dos tipos que habían robado los coches. Así se cerró judicialmente el asunto, sin que quedara claro quiénes fueron los autores y cómo lo hicieron. Yo entonces tenía 17 años. Asunto concluido.

Cuando hace cinco años logré reabrir el sumario de aquella masacre, justo al borde de su prescripción legal, me vi arrastrado a una tarea tenebrosa y destructiva: intentar investigar un caso de terrorismo etarra de hace más de dos décadas en España.

Inicié así una investigación que me ha pasado una enorme factura no sólo económica sino también personal. Durante este tiempo he hablado con decenas de personas, algunas muy poco recomendables; he estudiado miles de folios, todos ellos escritos en esa jerga burocrática que deprime al más alegre; he esperado y desesperado, atrapado en esos interminables plazos judiciales que parecen existir sólo para la parte más implicada; he realizado el trabajo que otros no hicieron, aunque es su obligación y para ello les pagamos entre todos.

Yo sé desde hace años quién mató a mi padre. Tengo pruebas desde 2014. Por eso, me pareció necesario en su momento llevarlo a la Audiencia Nacional. En primer lugar, porque es donde tiene que despejarse el asunto con todas las garantías para los autores —ellos tienen derecho a defenderse—; en segundo lugar, porque me obligaba a encontrar evidencias sólidas y no sólo rumores o conjeturas.

Durante las próximas semanas voy a contar todo este proceso. Lo contaré literalmente (en forma de podcast) y lo haré dando voz a todos los involucrados de una u otra forma. Sus voces reales tendrán casi todo el peso de la narración. No se trata de revivir en detalle cómo fue el atentado, pero sí de contar qué sucede después. Y, por supuesto, qué puede suponer para cualquier ciudadano indagar en un asunto sensible para los poderes públicos, a los que poco o nada importa que uno necesite saber la verdad para sellar una herida abierta.

Al poder le da pánico la transparencia. Y al Estado le incomoda la reapertura de casos de terrorismo, incluso cuando se le da todo el trabajo hecho. Yo no pido que investiguen otros sino que me dejen investigar. Pero no hay forma. He tenido mucha suerte, sí, pero porque me lo he trabajado mucho. Todo son puertas cerradas, malas formas y silencio. Parece como si existiera un miedo paralizante a exponer los posibles errores cometidos, a pesar de que de los errores se aprende. ¿Es quizá para que no sepamos que en este país hay una destrucción documental escandalosa? ¿O quizá para tapar que los errores de unos pocos costaron vidas? ¿O porque se derrumba el simple y cómodo relato de “los buenos y los malos”?

Una gran parte de políticos y cargos de este país usa y manipula el capital social de las víctimas —de lo que sea, no sólo del terrorismo— en su beneficio cuando les es barato, cuando hay una bonita foto y es electoralmente rentable. Sin embargo, a la hora de despejar responsabilidades, se transforman en el principal escollo para saber la verdad. No descubro nada nuevo, pero creo que puedo aportar un caso que es obscenamente claro y, lo más importante, sintomático.

Por eso, en esta historia cuento lo que le pasa a cualquiera que quiere investigar un asesinato que puede incomodar a los poderes públicos. Ya sea el terrorismo de ETA, de los GAL o del yihadismo. Ya sean dramas como los vividos en la dictadura y en la Guerra Civil. Por mucho homenaje y buenas palabras que reciba, lo único que es importante para cualquier víctima es saber lo que realmente pasó. Todo lo demás carece de importancia. Al menos para mí. Aunque he constatado que muchas personas en mi situación —anónimas siempre, escondidas, simplemente porque el recuerdo duele— están de acuerdo.

Me causa una profunda vergüenza que se repitan como un mantra frases como “todos con las víctimas” o “lo importante son las víctimas”. Eso es, sencillamente, mentira: nuestra memoria no importa. Si fuera verdad, el aparato del Estado no habría puesto tantas pegas ante una investigación tan profunda y medida como la que he llevado a cabo. El miedo a la verdad paraliza a las administraciones públicas y a ciertos poderes. Mientras tanto el tiempo pasa, las huellas se borran, las pistas desaparecen, los testigos mueren. Y yo creo que todo esto hay que contarlo.

Somos nuestra memoria, decía Jorge Luis Borges en su poema Cambridge. ¿Es que acaso no quieren que seamos?


Las Tres Muertes de Mi Padre es un podcast que consta de cinco capítulos, narrados en primera persona por el periodista de Público Pablo Romero. Se publicarán sucesivamente cada jueves partir del día 24 de mayo. El último saldrá a la luz el 21 de junio, justo el día en el que se cumplen 25 años de la masacre etarra de la glorieta de López de Hoyos de Madrid.