Opinion · Otras miradas

Valtonyc está en Bélgica y no me sorprende

La libertad de expresión, pilar de cualquier democracia, ampara el derecho a disentir, a perturbar y a ofender.

Imagen de Valtonyc. Archivo.
Imagen de Valtonyc. Archivo.

Hay un cantante que se ha ido a Bélgica para evitar entrar a prisión, tras haber sido condenado por el contenido de sus letras. Yo no tenía ni idea de quién era Josep Miquel Arenas, alias Valtonyc, hasta que en la Audiencia Nacional (y luego en el Tribunal Supremo) decidieron que tenía que ir a prisión por tres delitos: enaltecimiento del terrorismo, injurias a la Corona y amenazas. Es decir, por cosas que ha dicho delante de un micrófono. Vaya por delante que no quiero que nadie vaya a la cárcel sólo por lo que diga. Jamás.

A mí sus canciones no me gustan: no las escucho, y punto. No me ofenden y puedo ignorarlas. Tampoco me gustan las coles de Bruselas: no las como, y punto. No me ofenden y puedo ignorarlas. Como ya dije en febrero, lo que opine este muchacho me resbala.

Lo que me hierve la sangre es que hasta hace bien poco desconocía la existencia de este chaval, sus polémicas letras y sus ganas locas de llamar la atención. Y ha tenido que venir el Legislador con sus leyes mordaza, y la judicatura con sus interpretaciones paternalistas, para protegernos de la difusión de unas letras supuestamente ofensivas. Resultado: tenemos sus letras hasta en la sopa.

Al fin y al cabo, ¿qué bien jurídico se pretende proteger con los tres años y medio de prisión que le han caído a este chaval? ¿Cómo se impide, por ejemplo, que un delito de enaltecimiento del terrorismo no se multiplique al ver reproducidas sus soflamas en todos y cada uno de los medios, feeds de noticias y retuits? “Esta condena ha conseguido que hasta mi madre sepa quién es Valtonyc”, me comentaba un colega en la redacción mientras discutíamos sobre este asunto. El chico quería ser relevante y gracias al Estado lo ha conseguido, con la ayuda de los titulares que este oscuro asunto ha generado.

Por supuesto, yo sí creo que insultar o amenazar no debe salir gratis a nadie, pero ¿qué ganamos encerrando a quien intenta ofender? ¿No sería mejor pensar en otras consecuencias que sean proporcionadas y razonables?

Yo no quiero insultar al condenado, dios me libre. Además, no me considero insultado por él. No me cae bien y, honestamente, me parece que rapea tonterías. Pero no me ofende, ni como ciudadano ni como afectado por la violencia etarra.

Nadie, por bobo que nos parezca, debería ir a la cárcel por intentar ofender. Porque la libertad de expresión, pilar de cualquier democracia, ampara el derecho a disentir, a perturbar y a ofender.

Porque todos, incluso los que no tenemos talento alguno, tenemos el derecho a desahogarnos sin que penda sobre nuestras cabezas la amenaza de la cárcel, sin tener la tentación de huir del país. Dar la nota, ofender e insultar, recordemos, es casi un deporte nacional que practican no sólo ciertos artistas, sino también muchos políticos. Los mismos que ahora quieren protegernos de los que supuestamente nos ofenden. Y con esa débil excusa terminan amordazándonos.