Opinion · Otras miradas

El despertar de Canarias

Meri Pita Cardenes

Diputada de Podemos por Canarias

En nuestra tierra los 30 de mayo también se trabaja. La fecha aparece remarcada en los calendarios, pero en las plantaciones de hoteles y los servicios que las acompañan -donde no impera otra norma que la del contrato temporal de horario indefinido-, el tiempo es una sustancia cíclica que nos condena a sentir que todos los días parecen iguales.

Este  30 de mayo  cumpliremos religiosamente con nuestra cuota de CO2 manchando nuestro cielo. Nada más y nada menos que 16 kilos de media diaria por cada una de nosotras y los 15 millones de personas que nos visitan. Y mientras continuamos a la cola en el uso de energías renovables, una multinacional escarbará en el mar en busca de petróleo frente a nuestras costas, al mismo tiempo que el gas empieza a enterrarse en nuestro suelo volcánico.

El 30 de mayo de este año, prácticamente la mitad de nuestra población seguirá siendo pobre, haciendo cuentas imposibles para sortear el mes sin que se vacíe la despensa, pagar la factura de la luz y el agua… En definitiva, sobrevivir, que no vivir. Más tarde, cuando enciendan la televisión para evadirse un poco, verán a un encorbatado Clavijo premiando el esfuerzo de otros.

Sin embargo, igual que parece que no cambia la cruda realidad en la que vive la mayoría de nuestra gente, tampoco lo hace su deseo y determinación de luchar por una vida digna, persiguiendo la misma esperanza que nos viste de azul por todas partes.

Por eso, este 30 de mayo seremos más las que diremos ya basta, asqueadas de un nacionalismo mediocre que se ha regodeado hasta la ofensa en los tópicos que nos han condenado como pueblo. Este debe ser el último día  de Canarias  en el que se vayan por el sumidero, sin que nadie lo evite, ríos de la fuerza motriz que es nuestro sol, nuestro viento y nuestra agua. El último en que, ante el esclavismo laboral y la brecha salarial que se materializa a diario en nuestro sector servicios, solo obtengamos como respuesta el silencio cómplice de las instituciones.

Ha llegado el momento de conquistar, de verdad, Canarias para su gente. Un archipiélago sembrado de sueños que pasan por mejorar nuestras condiciones de vida, apostando por un reparto más equitativo de la riqueza que generamos entre todas, y que es mucha.  Un modelo productivo en el que las estrellas de los hoteles seamos nosotras, sus trabajadoras y trabajadores. Un territorio donde investigar (y, por tanto, pensar y reflexionar sobre nosotras mismas) no continúe siendo una actividad proscrita. Un país que se mire al espejo y se reconozca en sus fortalezas,  y tal como es: diverso pero unido, hilvanado por la solidaridad irrompible que es la esperanza de los pueblos.

En mi tierra, las pocas manos que han mecido la cuna del poder durante décadas (pero con la experiencia de siglos) no han hecho otra cosa que entonar un arrorró obsceno para adormecernos. Sin embargo, no hay mal que tanto dure ni tierra que lo resista.  Lo que viene es el despertar de la alegría y los tambores del cambio para la mayoría.