Opinion · Otras miradas

España Frankenstein

Pedro Oliver Olmo

Profesor de Historia Contemporánea en la UCLM

La alegría dura poco en la casa del pobre. O no. Depende. Nada está escrito. Hoy se celebra el fin de Rajoy y el calentón impide la reflexión sosegada, menos aun la que piensa en lo que puede venir, en los jarros de agua fría, en la tremenda resaca, en la contingencia y, en fin, los horizontes de ruptura que están delante de nuestros ojos.

Posiblemente estemos asistiendo a la crisis final del sistema bipartidista del 78, o a una fase muy álgida de la crisis del sistema de representación política que se arrastraba desde 2011 y se acentuó en 2014. Una crisis que ha retratado a España quizá como verdaderamente es en el plano de la representación electoral: una España Frankenstein.

Quien se beneficia hoy de esto es Pedro Sánchez y el Partido Socialista. Es el monstruo redivivo que recibe el chispazo en un momento que de paso y por conexión logra electrizar al resto de no-muertos del Congreso. Ese es nuestro pobre monstruo de hoy.

Si la alegría dura poco o dura mucho será sólo imputable al nuevo PSOE (bien sabemos que dentro de ese partido, que en realidad son dos, hay muchos que no hubieran optado por la moción de censura sino por unas elecciones, el clavo ardiendo de Cs que Rivera, nuestro ‘macroncete’ patrio, no ha podido agarrar). Si la operación sale bien o mal será para bien o para mal del PSOE, lo que afectará también a la nueva izquierda de Podemos en una relación que no tiene por qué ser directamente proporcional, pues también dejará ver a los de Iglesias que el problema de la izquierda a la izquierda del PSOE está en ‘sus’ abstencionistas. Hay mucho y muy malo en el futuro que ya está llegando, quizá por eso el PP ha convertido la moción de censura en el primer mitin de campaña (también el PP ha aprendido o quizás ya sabía demasiado de política espectáculo). Pero nunca se sabe. Podría haber resultados positivos. Hay demasiada contingencia en la política española como para atreverse a hacer augurios, entre otros motivos importantes que la van encanallando, porque está judicializada de manera dramática, con la corrupción, y de manera torticera, con la represión de las libertades y del conflicto catalán.

Pedro Sánchez podría ser el punto final de catorce décadas de historia del PSOE o el principio de esa nueva socialdemocracia que no termina nadie de dibujar en Europa mientras avanzan las soluciones de nuevo cuño, o populistas de derechas, a lo Trump o Le Pen, o liberalpopulistas, a lo Macron. Pedro Sánchez se la está jugando buscando una salida a la española que podría parecerse a la portuguesa, eso sí, con la peculiaridad de la existencia de izquierdas nacionalistas. Quizá haya aprendido el PSOE que eso que se hace llamar “nueva política” es en realidad la tormenta eléctrica de una nueva y definitiva crisis política que amenaza con llevárselo por delante y, sin embargo, descarga a veces chispazos aprovechables.