Opinion · Otras miradas

Millones de agresores

L’Associació d’Arxivers-Gestors de Documents de Catalunya (AAC) recopiló los tuits de las mujeres que, usando el hashtag #cuentalo, denunciaron abusos y agresiones sexuales. En solo dos semanas, del 27 de abril al 13 de mayo, recopilaron MÁS DE DOS MILLONES de escritos, 13GB de mensajes.

Resulta abrumadoramente revelador que 2.111.998 mujeres hayan narrado públicamente en sólo dos semanas lo que no han contado a policía, jueces, medios de comunicación y otras instituciones. Pero la cifra tiene un reverso. El reverso es el sujeto de la acción.

Vamos a obviar que los más de dos millones de narraciones suceden en sólo dos semanas. Y también que muchas de aquellas mujeres no narraban solo una agresión, sino varias. Vamos a obviar muchas cosas para darle la vuelta al sujeto de la acción: 2.111.998 agresores. Ahí reside el silencio. No son agredidas, sino agresores. No es una mujer asesinada sino un asesino. La sociedad y las instituciones han “aprendido” a “mirar” a las mujeres asesinadas, pero no a los asesinos. Sin embargo, no es ese el núcleo. Hasta ahora, nuestra narración de las agresiones machistas se ha basado en la muerte, en los asesinatos. Pero esos crímenes son excepcionales, y que nadie se me escandalice: por supuesto uno, uno solo de ellos, merece un tratado completo sobre la abyección.

El Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) informó que en 2017 había recibido 166.620 denuncias por violencia machista. O sea: más de 456 mujeres denunciaron CADA DÍA agresiones machistas. Huelga invitarles a imaginar cuántas no denunciaron. Cuando te han golpeado, te han insultado, te han reducido a un despojo de carne etc, salir de casa, dirigirte a un juzgado o comisaría y explicárselo a un desconocido o desconocida requiere una fuerza de voluntad titánica y toneladas de valentía. Que el año pasado, CADA DÍA, 456 mujeres no solo emprendieran sino concluyeran ese camino me estremece.

La narración es masculina. No esta, todas las narraciones: El relato de la Historia es masculino, las religiones son masculinas, la historia de la Literatura es masculina, los medios de comunicación son masculinos, la educación es masculina, la teoría y los movimientos políticos son masculinos, la elaboración legal es masculina, el desarrollo médico, científico, etc es masculino… Ojo, que me he cuidado muy mucho de poner “machista” en cada uno de los lugares donde pone “masculino”. Les dejo a ustedes la tarea.

Una evidencia que parece de Perogrullo y es esencial: Los más de dos millones de mujeres que narraron en la red tuiter, o sea en público, las agresiones sexuales sufridas –insisto, en sólo dos semanas– no lo hicieron en otro lugar. Queda claro que su silencio no se debía a un supuesto pudor, sino a que no tenían dónde hacerlo. Iría más allá y hablaría de prohibición, pero vamos a dejarlo en que el relato masculino al que me he referido antes se obstina en perpetuarse. O sea, directores, presidentes, consejeros de administración, rectores, magistrados, teóricos y todos los etcéteras macho que se les ocurran.

Bien: Más de dos millones de agresores narrados en sólo dos semanas. Los asesinos son asumibles. Cuando una se da cuenta de que casi todas las mujeres –todas las que yo conozco, y conozco a muchas– han sufrido al menos una agresión sexual, mayor o menor, en la infancia, en la adolescencia o en la madurez, en el trabajo, en un transporte, en la piscina, en casa, en un bar o discoteca, en una fiesta de pueblo… cuando una se da cuenta de eso, debe darle la vuelta al sujeto. Detrás de los millones de mujeres agredidas hay millones de hombres agresores. Millones.

Cuando puse a circular en hashtag #cuentalo, me sorprendió muy mucho la escasísima participación de los hombres, sobre todos de aquellos que tienen lo que se llama una “imagen pública”. No sacaré conclusiones de este hecho, pese a que tengo algunas. Lo que sí deberíamos asumir como sociedad es que, si hay millones de mujeres vejadas en este país (por centrarnos aquí), significa que hay millones de hombres delincuentes, de agresores. Porque la agresión sexual es delito, y aunque resulte lamentable aún hay que recordarlo.

En un mundo en el que todo lo que sabemos y sobre lo que levantamos nuestra convivencia ha sido narrado por hombres, aceptar que no se trata de centenares de asesinos machistas sino de millones de agresores resulta inimaginable. Sí, lo siento, inimaginable.

Ahora, ya, me insultan si lo necesitan. Y después de desahogarse, piensan por qué contamos agredidas y no agresores.