Opinion · Otras miradas

Los besos que me quedan

Andrea Momoitio

Periodista remasterizada y coordinadora de @pikaramagazine

El sol ha llegado a Bilbao. Esto puede que no tenga ningún interés para vosotras si me estáis leyendo desde Málaga, pero, ¡el sol ha llegado a Bilbao! Es tan sorprendente, que no entiendo todavía por qué no todos los periódicos del mundo han abierto sus ediciones con esta noticia. No voy a dedicar estas líneas a contar cuáles son los efectos maravillosos del calor, pero mis ganas de vivir están íntimamente relacionadas con este sol que ahora luce en mi balcón. Lo cierto es que es muy probable que cuando leáis este texto, dentro de dos o tres días, una nube gris nos cubra de nuevo y, entonces, quiera seguir viviendo, pero de otra manera. En fin, que el sol ha llegado a Bilbao y Bilbao ha salido a la calle. Es alucinante lo bonita que se pone la ciudad con el buen tiempo y cómo cada rayo de sol se recibe con el mismo entusiasmo que se recibía al Athletic cuando ganaba cosas. El caso es que, como hacía sol, el sábado fui con Z. a un festival de danza, exactamente al Lekuz Leku, el Festival Internacional de danza en paisajes urbanos. La programación prometía y, recordad, el sol lucía precioso en Bilbao. Vimos piezas preciosas, pero luego llegaron Ebi Soria Coron y Xabier Madina Manterola para dejarnos completamente boquiabiertas. Maylis Arrabit dirige la coreografía entre ambos. Una mujer que estaba a mi lado explicó perfectamente la emoción del público con un: “¡Si me lo cuentan, no me lo creo!”.

El trabajo, al que han llamado ‘Habrá que ponerse cachas’, es un juego entre dos bailarines, divertido, ingenioso y lleno de significados. Dice la sinopsis que sus “ideas voladoras se convierten en una celebración de movimiento”, pero yo me atrevo a decir que se celebran muchas más cosas con ese baile.  Xabier Madina introduce, con una elegancia maravillosa, su silla de ruedas en este espectáculo de danza, en el que resulta conmovedor ver cómo ambos se mueven al ritmo de la música. La silla, presente en todo momento, es un elemento más, del que Madina se desprende y al que vuelve con una soltura a-lu-ci-nan-te. Fueron 20 minutos valiosísimos para volver a creer. No quiero referirme a ninguno de esos discursos que pueden parecer copiados de alguna taza de Mr. Wonderful, pero ver a Madina bailar te conecta, sin que puedas evitarlo, con ese optimismo exacerbado que está tan de moda. Si tienes alertas de Google con tu nombre y me estás leyendo, Xabier: todos mis respetos.

Acabaron las actuaciones y el sol seguía luciendo en Bilbo. Helado y cerveza para celebrarlo, claro. Estábamos felices y emocionadas, besos por aquí, abrazos por allá, helado, cerveza, dame la mano, te beso, me besas, en fin, “cuando llega el calor, las chicas se enamoran”, que dirían Sonia y Selena. Entonces, poco después, Mr. Wonderful aparece muerto. Primero, sientes la mirada. Luego, lo corroboras. Un hombre y una mujer, previsiblemente pareja porque apenas se hablaban, están sentados en una mesa muy cerca. Miran, miran, miran, miran, nos miran fijamente, sin ningún pudor. Cuchichean. Incluso, se tapan la boca para seguir hablando mientras nos miran. Miran, miran, miran, no se cansan. No lo entienden. ¿Cómo es posible? Dos mujeres. Las mujeres, esos seres incompletos; las mujeres, esas que siempre esperan; las mujeres, esas que no follan, esas que se enamoran, que no crean, que no viven, que no son autónomas ni libres; las mujeres, esas que rescatan, que esperan a que les abras la puerta; dos de esas mujeres se besan, se viven, disfrutan y ellos dos —como tantos otros— aburridos de sí mismos, compartiendo un botellín en una terraza cara cerca del Guggenheim no pueden soportarlo. Primero, pienso, “Es casualidad. No te emparanoies, Andrea”, pero 10 minutos después, descubro que cada vez estoy más cansada de los ejercicios de contención que he aprendido. Porque estas pequeñas sutilezas, estas situaciones tan difíciles de abordar, son el puñetero pan de cada día para las lesbianas. Vete tú a saber qué estaban diciendo. Puede que les pareciéramos poco discretas y eso me recuerda a un tipo que me dijo una vez que no había problema en que me quedase en su hostal con mi pareja siempre y cuando fuéramos discretas; puede que les pareciéramos despreciables y entonces me vienen a la cabeza todas las veces que me han llamado “bollera de mierda”; puede que les resultaramos adorables, pero, ese caso, ¡sonreid, joder! Y mirad para otro lado pasado un tiempo prudencial de indiscreción. No sé, ¿30 segundos?

El caso es que, independientemente de lo que sintieran ellos, yo conecté rápidamente con todas las situaciones de microviolencia a las que me he tenido que enfrentar en mi vida por ser lesbiana. Estos días justo me han pedido que escriba para Berria, el único periódico que queda en Euskal Herria íntegramente escrito en euskera, una joyita, un artículo sobre la invisibilidad lésbica y sus efectos en nuestras vidas. La invisibilidad es, a veces, una decisión para protegernos y una violencia sutil que arrasa con el autoestima, con muchos amores, con muchas posibilidades de vida. En Bilbao, además de sol, estos días se está celebrando el Pride. Un evento que me produce una verguenza ajena terrible, que pretende convertir las demandas del colectivo LGTB en un negocio turístico. La ciudad llena de banderas de arcoíris tapando la LGTBFobia que seguimos sufriendo con el consentimiento de las instituciones públicas, las mismas que dedican una partida a que bailemos en torno al 28J. Qué bonito queda Bilbao lleno de maricas y bolleras, qué bien quedan durante unos días alegrando las mismas calles que permiten tanta violencia contra nosotras el resto del año. Mucha purpurina para tapar tanta mierda. Qué coherente todo.

Cuántos comentarios me hubiese ahorrado si hubiese decidido no besar, qué violencia más distinta estaría acostumbrada a vivir si me gustasen los hombres, si Z. fuera un tío, si el mundo no estuviera tan construido para otras. Para otras, que no somos las lesbianas; para otras, que no somos las gordas, para otras, que no son las negras ni las gitanas; para otras, que no son las que bailan en silla de ruedas; para otras, que no hablan en lengua de signos; para otras, que son muy pocas, pero tienen el mundo para disfrutarlo. Entonces, te das cuenta de que no puedes creer en nada y te consuelas pensando en ese baile, en todos los besos que decidiste dar y, sobre todo, en todos los que te quedan por disfrutar todavía. Aunque les joda. Aunque miren.