Opinion · Otras miradas

Utopías necesarias: luchar por un mundo inclusivo

Rocío Domínguez Hernández

Maestra de Educación Especial. Titular de Aula para Trastorno Espectro Autista

Rocío Domínguez Hernández
Maestra de Educación Especial. Titular de Aula para Trastorno Espectro Autista

 “Las escuelas se conciben como lugares en los que se ensaya las respuestas culturales a las condiciones materiales. Y es en esas respuestas de donde pueden surgir actuaciones efectivas para el cambio social” Proyecto INCLUD-ED: Actuaciones de éxito en las escuelas europeas.

Hoy, día mundial de concienciación sobre el autismo,  es un día para visibilizar a las personas con trastorno del espectro autista. Y hoy es un día importante y debemos hacerlo importante. Ha sido un largo recorrido el que ha hecho este colectivo y sus familias, por tener presencia en esta sociedad, por hablar del trastorno sin mitos y con base científica, por concebirles como ciudadanos con plenos derechos. Un camino de lucha y conquistas, digno de valorar, pero no podemos olvidarnos que las necesidades siguen latentes y que es imprescindible ocuparnos de sus derechos y garantizarles una educación de calidad.

Soy maestra en un centro ordinario. Es un centro preferente para la escolarización de alumnado con TEA, esto significa que mi papel como profesional del autismo y como maestra de educación especial, es darles el apoyo necesario para su integración escolar, su aprendizaje (en todas las áreas en las que lo necesiten) y garantizar con éxito su acceso a los diferentes momentos de la vida escolar. Tengo un trabajo apasionante en el que siempre me pregunto: ¿Quién no es diferente? Lo importante para comprender los TEA es ser capaces de mirar a los y las demás desde lo que son y no desde la etiqueta que tienen. ¿Por qué construimos esas diferencias en vez de describir lo que pasa y actuar? Trabajar y conocer a personas con TEA me ha dado la oportunidad de conocer la originalidad, las diferentes interpretaciones que tiene este mundo en el que vivimos y las múltiples maneras de comprender el ocio, los afectos, las miradas, los paisajes, las rutinas de la vida diaria…

Me crea mucha curiosidad y mucho entusiasmo construir puentes para el aprendizaje, para la comunicación (a veces con sistemas aumentativos de comunicación, como los pictogramas, que les ayudan a hacer más visual este mundo abstracto de palabras que vuelan), meterme en sus mentes para ver cuál es la mejor manera para su mayor comprensión del mundo y, con respeto, acercárselo y darles estrategias para su éxito escolar y social, su felicidad y su autonomía. Jim Sinclair, una persona con TEA, escribió en 1992:  La vida tiene para mí valor y sentido, y no tengo ningún deseo de que me curen de mí mismo. Concédeme la dignidad de conocerme en mi propio terreno. Reconoce que somos igual de extraños el uno para el otro, y que mi forma de ser no es simplemente una versión deteriorada de la tuya. Cuestiona tus suposiciones. Define tus condiciones. Colabora conmigo para tender puentes entre nosotros”.

Pero… ¿está pensada la educación para saber construir esos puentes? Si miramos en nuestra más reciente historia encontramos que la escuela está pensada y hecha para aquellos que iban a tener un papel relevante en la sociedad, una clase burguesa, de hombres blancos. El resto de personas hemos sido minorías que nos hemos ido amoldando a ese tipo de sistema educativo.

Actualmente todas las escuelas en la Comunidad de Madrid son de integración, admiten en sus centros, aulas, pasillos, comedores, a personas con diferentes tipos de capacidades.

Hay una buena noticia: “inclusión” es una nueva concepción de la educación, en auge desde hace unos años. La palabra inclusión llena nuestro día a día en las escuelas, la hemos recibido con los brazos tan abiertos que merece ser tratada con minuciosidad y respeto.

Estamos de acuerdo en que el reto es construir una escuela inclusiva. Construir una escuela inclusiva va más allá de la integración, de un abrir de puertas y dejarnos estar. La escuela inclusiva ha de sostenerse en la participación, tanto de la comunidad, como de las familias, maestras y maestros, niños y niñas, de todas aquellas personas que la conforman. Participar para decidir, para formar parte, para tener voz, para construir una escuela y una comunidad, para ser parte principal de un proyecto que es nuestro, de todas y de todos los que de él formamos parte. Queremos una escuela democrática. Si democracia es participación, queremos tomar ese papel y queremos decidir.

Por ello, no debemos concebir caminos diferentes, ni adaptaciones significativas, ni diversificación curricular, necesitamos que la escuela esté pensada y creada para todas y todos. Estos términos nos hacen ver constantemente el déficit, lo que no llegaremos a ser. Apartan así de la normalidad, estableciendo  los primeros cauces que nos llevan a la segregación, porque no seguimos un currículum establecido, que alguien dictaminó como “normal”. Queremos que los programas educativos sean retos personales, construidos desde la exigencia y calidad educativa. No queremos que nos separen, nos diversifiquen, nos adapten, queremos ser dueñas y dueños de nuestros programas educativos.  No concebimos clases homogéneas, con alumnos homogéneos y caminos diferentes para cada grupo de homogéneos, donde ya esté planificado, pautado, marcado y totalmente diseñado y coartado nuestro futuro. Y, al final, sea de dónde venimos lo que marque lo que podemos a llegar a ser.

Hoy, en el día mundial de concienciación sobre el autismo, sueño, construyo y lucho por una escuela donde estos niños y niñas crezcan en igualdad de oportunidades, puedan tener un círculo social y una comunidad que les apoye y les tenga en cuenta. No estar dentro de nada, ser parte de ello. Saber que hay un futuro inclusivo, que va a haber lugares de convergencia, que no se van a seguir separando los caminos entre los exitosos y los excluidos.

La educación es un derecho. La participación, de todas y todos, también lo es.