Ucrania, neutralidad o guerra étnica

30 Ago 2014
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Augusto Zamora R.

Profesor de Relaciones Internacionales

El presidente de Ucrania, Petró Poroshenko, anunció, en su discurso del 23 aniversario de la independencia de Ucrania, un plan de rearme millonario para combatir a los alzados prorrusos del este del país. Un anuncio hecho después de la visita de la canciller alemana, Angela Merkel, que concluyó con la decisión de Merkel de proporcionar 500 millones de euros al gobierno ucraniano. La esperada reunión con Putin, durante la cumbre en Bielorrusia entre la Unión Aduanera (Rusia, Bielorrusia y Kazajstán) y la UE, quedó en nada. Poroshenko pidió el desarme de los rebeldes, Putin, que Ucrania negocie con ellos. La OTAN quiere amedrentar a Rusia anunciando la militarización de los países miembros fronterizos con Rusia. Rusia responde que reforzará sus fronteras. Los rebeldes sorprenden con una exitosa contraofensiva, de la que Poroshenko acusa a Rusia. Cierto o falso, lo claro es que Rusia no abandonará a su gente ni renunciará a Ucrania, menos aún después de que la OTAN amenace con una nueva cortina de hierro.

El belicoso discurso de Poroshenko estaba más próximo a una pataleta que una amenaza real. Por una parte, un ejército no se improvisa en días ni semanas. Por otra, hechos recientes evidencian que el gobierno ucraniano carece del control real de buena parte de los resortes del poder. Así, el enorme convoy de ayuda humanitaria rusa penetró en Ucrania sin permiso, descargó la ayuda en Donetsk y regresó a Rusia sin que nadie, en Ucrania, moviera un dedo para detener la caravana.

Más expresivo fue lo ocurrido en marzo pasado con la flota de guerra ucraniana sita en Crimea. En menos de 24 horas, 54 de los 67 navíos de la Armada ucraniana no dudaron en arriar la bandera de Ucrania e izar la bandera rusa. Ucrania perdió la flor y nata de su marina, incluyendo al buque insignia ‘Slavútich’ y su único submarino, el ‘Zaporozhiye’. Este hecho anticiparía lo que podría pasar con una parte relevante del ejército ucraniano en caso de conflicto con Rusia: que se pase al ejército ruso y deje a Poroshenko como alcalde-presidente de Kiev. Explicaría también las enormes dificultades del gobierno ucraniano para reclutar soldados.

Si algo resulta evidente del 23 aniversario de la Ucrania independiente es su fragilidad como Estado, una fragilidad que la confrontación con Rusia podría acelerar de forma irreversible. 23 años son pocos años para la consolidación de un país. La Unión Soviética duró 70 años. España, tras más de 500 años de su unidad, enfrenta el reto secesionista de Cataluña. El Reino Unido, 300 años después, puede ver la independencia de Escocia.

El caso de Ucrania es ejemplo de ingeniería política. Nace como República Socialista Soviética en 1922, por la decisión de Lenin de responder al tema de las nacionalidades en el desaparecido Imperio Ruso. Pero Ucrania es creada desde criterios soviéticos, más que de nacionalidades, de ahí que Lenin decidiera otorgar a la naciente RSS ucraniana territorios históricamente rusos. Stalin amplió Ucrania hacia el oeste en 1945 con territorio conquistados a Rumania y Polonia y Krushev, en 1954, le transfirió Crimea, no obstante ser Crimea el principal territorio ruso en el mar Negro. Dos tercios del territorio actual de Ucrania no se corresponden con ninguna Ucrania histórica.

La formación artificial de Ucrania hizo que la mayor parte de su territorio fuera, en la realidad, territorio ruso o rusificado, como sus nombres históricos lo indican. La parte noreste era conocida como la Pequeña Rusia, la parte sureste, hasta Odessa (escenario del mítico filme de Eisenstein, “El acorazado Potemkin” y, claro, de “Odessa”), como Nueva Rusia. El puerto de Odessa fue fundado por Rusia en 1794. 23 años no pueden cambiar, de golpe, siglos de historia conjunta, sobre todo de una historia tan particular.

La UE y la OTAN (que son lo mismo) están empeñados, en su avaricia geopolítica, en desconocer esta realidad, provocando con ello un conflicto que puede llevar a la desaparición de Ucrania tal como existe hoy. Hay que ser ingenuo (o atlantista) para no entender que, desde las protestas en Maidán, pasando por la estancia de una semana del director de la CIA en Kiev, hasta la condecoración del secretario general de la OTAN, Ucrania es escenario de una conspiración antirrusa en toda regla dirigida a incorporar ese país al Pacto Atlántico. O, cuando menos, impedir su integración en la unión aduanera euro-asiática impulsada por Rusia, haciendo caso omiso de la realidad histórica, étnica, idiomática y económica de Ucrania. La táctica empleada es -aunque no se diga- alimentar el ultranacionalismo de los ‘ucranianos puros’ contra los ‘rusos’. De ahí que el gobierno enviara paramilitares neofascistas a combatir a los separatistas.

No es la primera vez que CIA u OTAN -o ambas de consuno- recurren al factor étnico para derribar gobiernos. En los años 80, la CIA organizó la sublevación de los indígenas miskitos contra la revolución sandinista, sin más resultados que graves daños a los indígenas. En los 90, intentaron sublevar a los azeríes de Irán, cosechando un fracaso clamoroso, pues los azeríes les hicieron ver que eran tan iraníes como el que más (el máximo dirigente religioso de Irán, Alí Jamenei, es azerí). El último caso en Europa, el yugoslavo, condujo a la mayor carnicería en suelo europeo desde la II Guerra Mundial.

Dada la historia y composición étnica de Ucrania, la lógica llevaría a hacer del país un Estado neutral, como Finlandia. Si la OTAN se empeña en su política, el destino de Ucrania será, en el mejor de los casos, terminar dividida entre rusófilos y ucranianos ‘puros’, recuperando Rusia las regiones que Lenin traspasó a Ucrania. El país se reduciría a la mitad y perdería casi todas sus regiones industriales y fuentes de riqueza. O bien, puestos a tomar parte del pastel ¿por qué no tomárselo todo? El ucraniano y soviético Nikita Krushev afirmó que Rusia y Ucrania eran como marido y mujer. ¿Qué cosa más normal que el marido haga volver a casa a una casquivana y frívola esposa?

Los 500 millones de Merkel son una bagatela en relación a la dependencia de Ucrania de  Rusia. 5.000 millones de euros de media debe pagar Ucrania por el gas ruso. Casi el 30% de las empresas ucranianas son rusas y casi el 60% de ellas depende, directa o indirectamente, de Rusia y del mercado ruso. Ucrania es un país saqueado por los oligarcas y en quiebra técnicamente. Una UE sumida en una profunda crisis económica y social, con la ‘locomotora’ alemana a punto de entrar en recesión, no dispone de fondos para cubrir las inmensas necesidades económicas de Ucrania. Bien al contrario, un conflicto abierto por Ucrania dañaría a Rusia, pero se llevaría en el saco a la UE, que entraría en emergencia energética y ahondaría la crisis de países como España, Grecia e Italia. Ni siquiera la robusta Alemania soportaría el impacto de un conflicto bélico.

En la recién pasada cumbre política rusa en Crimea, Putin afirmó el deseo de paz de Rusia, pero no a cualquier precio. Hizo patente la disposición rusa para una solución negociada de la crisis ucraniana, pero no a cualquier precio. Como lo dejó patente con la anexión de Crimea, Rusia juega en serio en Ucrania. La OTAN podrá entenderlo o no, lo que está claro es que Rusia no dejará que Ucrania entre sin más en esa alianza militar.

Y si la OTAN mantiene el reto y Rusia no encuentra otra salida que invadir Ucrania ¿qué hará la OTAN? ¿Declarar la guerra a Rusia y sus 15.000 misiles nucleares? ¿Una guerra económica a muerte? ¿Y la energía rusa, quién la supliría? ¿Nos quieren llevar a la III Guerra Mundial? ¿Por qué esos gobiernos tan atragantados de misiles no preguntan a sus pueblos si quieren ir a otra guerra europea o mundial?

Una última pregunta, si hay conflicto ¿quién ganaría? EEUU, obviamente. Este país ha sido enemigo del proyecto europeo desde que quiso dejar de ser una simple comunidad económica para convertirse en una potencia política y económica autónoma. La guerra contra Yugoslavia, en 1999, tumbó al Euroejército y la PESC. El conflicto ucraniano terminará de enterrar los restos del proyecto europeo. Lo cierto es que la UE se ha convertido en un vergonzoso apéndice de la OTAN, es decir, de EEUU. Y como todo apéndice, podría ser extirpado cuando devenga inservible.


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