¿Renta Básica Universal o Impuesto Negativo sobre la Renta?

04 Feb 2015
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Manuel Escudero
Doctor en Economía (PhD), coordinador del programa del PSOE durante la candidatura de Josep Borrell a la Presidencia del Gobierno e impulsor en el año 2000 de la iniciativa que llevó a la adopción estatutaria de las primarias en el PSOE.

Basta con abrir los ojos y los oídos alrededor para comprobar que España vive en un estado de emergencia social. ¿Qué ciudadano de la clase media o trabajadora no tiene cerca a alguien que, a pesar de que se esfuerza en encontrar un empleo -el que sea-, cuenta ya por años su situación de paro y va de chapuza en chapuza para ir tirando en situación de pobreza real? ¿Quién no tiene en su familia o en su entorno a un universitario/a preparado/a que trabaja subempleado y que, aunque coleccione másteres, no pasa de becario como estado de vida? ¿Quién no conoce o convive con empleados temporales que encadenan trabajos eventuales y no llegan a 400 euros al mes, y agradecidos (y si es mujer, peor, pues aún gana menos en igualdad de condiciones)?

En esta situación necesitamos mecanismos de subsistencia que puedan cubrir las necesidades básicas de millones de personas. Así de claro.

Me permito sugerir un mecanismo cuya finalidad sería cubrir tal necesidad, pero que, al mismo tiempo, no desincentivaría la búsqueda de empleo. Me refiero a una fórmula basada en un Impuesto Negativo sobre la Renta.

La cosa funcionaría así: por debajo de un mínimo exento por el no hay que pagar impuestos, todo ciudadano cuya renta anual fuera menor a ese mínimo exento tendría derecho a recibir del Estado un pago -una transferencia, un cheque- por el 60% de la diferencia.

Para ilustrar esta solución, he aquí un pequeño ejemplo:

Supongamos que en España tuviéramos un mínimo exento de 14.000 euros (hoy está fijado en 12.000). Un trabajador con esos ingresos anuales no tendría que pagar nada en concepto de impuestos. Ahora bien, un trabajador que hubiera ganado en el año 6.000 euros recibiría del Estado un pago de 4.800 euros (el 60% de la diferencia entre su renta y el mínimo exento), y por lo tanto tendría una renta anual de 10.800 euros. Un trabajador en paro y sin ingresos durante todo el año recibiría 8.400 euros anuales. Aunque ambos estarían cubiertos por el impuesto negativo, evidentemente el que trabaja pero no llega al mínimo exento disfrutaría de una renta superior que el parado.

Esta propuesta tiene ventajas frente a las propuestas que se han ido realizando en la forma de una renta básica universal.

Existen dos objeciones respecto a la renta básica universal. La primera es si podemos pagar en España su coste. La segunda es si esa solución no va a desincentivar la búsqueda de empleo, de modo que crezca un sector de la población desmotivado, ocioso y marginado de la vida y la actividad de la sociedad.

Aunque el debate público durante 2014 se ha centrado en la primera objeción, es el segundo efecto negativo, la desincentivación en la búsqueda de empleo, el que es difícilmente rebatible. El argumento va a ser esgrimido cuando se pase a hablar en serio de la renta básica universal como tema inmediato en el orden del día de la agenda pública. Va a ser atacada porque puede anular un aspecto importante en toda sociedad: el afán de superación y de autonomía material de la persona a través de una ocupación digna y remunerada. Sin embargo, esta objeción carece de sentido con un sistema como el aquí propuesto, puesto que asegura a todos un mínimo de renta, pero no desincentiva la búsqueda de empleo.

¿En cuanto al coste del sistema? Sería asumible, y en una hipótesis maximalista se podría situar por debajo de la región de los 40.000 millones de euros, una cifra compensable a través de una reforma fiscal con mayor capacidad redistributiva (que es algo que necesitamos en España en cualquier caso, para frenar las desigualdades crecientes de renta entre la mayoría de ciudadanos y los que perciben mayores rentas), y una cifra muy alejada de los 78.000-210.000 millones de euros que se han estimado, con mejor o peor intención, en torno a las propuestas de renta básica universal.

El sistema, además, tiene dos ventajas adicionales. En primer lugar es de fácil implantación en países que, como España, ya tienen un sistema y una maquinaria fiscal habituada a un mínimo exento. En segundo lugar, y esto es quizás tan importante como todo lo anterior, sería un sistema que posibilitaría el afloramiento de mucha economía sumergida, pues incentivaría a mucha gente que hoy trabaja en negro a declarar sus pequeños ingresos para complementarlos con el impuesto negativo de la renta.

Que quede claro que las propuestas de renta básica universal tienen todas mis simpatías, porque lo que persiguen es que todo ciudadano que quiere ganarse el pan pueda recibir un pago por parte del Estado cuando no tenga otros ingresos. El impuesto negativo de la renta, tal y como se plantea aquí, persigue el mismo fin, pero es más factible y realizable.

Por ello, podría ser muy útil no solamente en la situación actual de emergencia social, sino quedarse con nosotros como parte de nuestra organización social. Porque lo cierto es que, al tiempo que con heridas y cicatrices iremos saliendo a trancas y barrancas de la crisis, estamos entrando en una nueva economía digital, en la que vamos a seguir experimentando enormes desajustes en el empleo. Las carreras profesionales irregulares, el paro producido por la falta de acople entre una demanda de empleo que se va encogiendo en sectores tradicionales y una oferta de empleo sin las nuevas cualificaciones necesarias, van a ser fenómenos recurrentes que afectarán a segmentos importantes de la población, independientemente de su voluntad de trabajar y ganarse el pan. Esto repercutirá directamente en la renta, y perpetuará o acentuará las desigualdades que experimentamos hoy.

Hacer posible que nuestra sociedad salga de la crisis y efectúe la transición a una nueva economía sin dejar a nadie atrás exige propuestas nuevas, factibles y difícilmente rebatibles, como la que aquí se plantea.

Es posible, con todo, que a algunos les parezca desaforadamente radical. Radical es, pero que sepan que lo que aquí se propone es una pequeña adaptación de sistema que Nixon estuvo a punto de implantar en los EEUU en 1968.

En conclusión: un sistema como el que se propone es viable, imperiosamente necesario ahora, y también en el futuro. ¿Por qué no habría de acogerlo y apoyarlo una mayoría de españoles, pues son mayoría los ciudadanos que contemplan y padecen un paisaje desolado de dramas sociales diarios a su alrededor o entre los suyos y ven con gran zozobra el futuro?


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