Noticia de una muerte inventada

21 May 2015
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María Márquez Guerrero
Universidad de Sevilla

“La pregunta que hago es de actualidad, y es de actualidad porque hay noticias”, señalaba el diputado del Grupo Popular, Sr. González García, en una pregunta oral dirigida a la Consejera de Medio Ambiente  (DSPA, IX Legislaura, nº 79, 2014, p. 76), dejando constancia así de la creación discursiva de la realidad por parte de los medios, agentes políticos de primer orden que señalan la agenda y la jerarquía de los temas; que dan carta de naturaleza a algunos acontecimientos, y niegan la existencia de otros; que dan la voz a quienes consideran relevantes, mientras que condenan a otros al silencio, construyendo de este modo la mínima realidad que percibimos, el dibujo imaginario del mundo en el que vivimos.

Dentro de esta construcción discursiva, merece especial atención la narrativa sobre el hundimiento de Podemos. Juan Carlos Monedero en el programa La Cafetera concedió una entrevista a Fernando Berlín en la que expresó su desencanto con la política y los medios de comunicación, que lo han sometido a una presión constante. Puesta permanentemente en tela de juicio su integridad, impregnada de sospecha y de misterio, ha sido objeto de constante evaluación en tertulias cansinas donde la cuestión personal se ha convertido en la única dimensión visible de Podemos, impidiendo así, curiosamente, la exposición y el análisis de su proyecto político. Durante meses, en los medios, la discusión crítica se ha reducido a una defensa eterna frente a ataques personales: la acción política mediatizada trazó en torno del politólogo fundador de Podemos un círculo de soledad donde se ha visto atrapado y que ha terminado por apartarle de la dirección. En aquella entrevista, Monedero reconocía la existencia de diferentes tendencias dentro del partido, y el peligro latente en incorporarse, en un tiempo record, a la carrera electoral, decisión que tenía como contrapartida el hecho de asumir “las urgencias de la partitocracia” con los sacrificios y las renuncias que ello impone. Ciertamente, en tan corto lapso de tiempo resultaba casi imposible respetar estrictamente el principio asambleario, de representatividad real, desde los círculos hasta la cúpula, a la hora de elaborar las propuestas programáticas. Esa contradicción ha creado polémica en el interior de los círculos entre un sector “radical” en el sentido etimológico del término, fiel a sus raíces en el 15M, y otro integrado por aquellos que, asumiendo igualmente esos principios, han puesto en un primer plano la necesidad de actuar con pragmatismo y audacia.

Sin embargo, la prensa narró los  hechos de manera que el desencanto y la frustración de Monedero tuvieran su origen en la gestión de su organización, y no en los medios de comunicación y la acción política en general. Del mismo modo, nos mostró la existencia de tendencias internas de opinión como fracturas insalvables, y la dimisión de uno de los líderes como una bomba que estalla y dinamita el partido rompiéndolo en mil pedazos, hasta el punto de no reconocerse o perder su identidad, la esencia última que lo definía. El relato agónico de los medios anticipaba una muerte muy esperada. Al día siguiente de la dimisión de Monedero, en los programas televisivos se hablaba de Podemos en pasado, mostrando en apretada síntesis la historia épica de la formación: la insalvable contradicción entre los orígenes heroicos y el presente miserable. Todos hacían referencia al inevitable declive y mostraban “en riguroso directo” los estertores de una organización tan diferente que, como no podía ser de otra manera, no logró sobrevivir dentro del sistema. De este modo, se cumplían los presagios fatales que acompañaron a Podemos desde su nacimiento, y se ponía fin al desasosiego, la inquietud y el miedo ante lo desconocido.

El reflejo discursivo y la rentabilización de ese temor son visibles en la retórica del miedo que podemos constatar en los media. Presentados como chavistas, bolivarianos, radicales o antisistemas, tópicos actuales donde resuenan los ecos de otros tan antiguos como el de los rojos quemaiglesias del franquismo, el futuro que nos han dibujado los medios de comunicación tras una hipotética victoria de Podemos es, en el mejor de los casos, un inquietante y amenazador “nuevo ciclo” de “consecuencias imprevisibles”, como señalaba Felipe González en Espejo Público(7 / mayo  2015), donde invocaba la experiencia de su grupo parlamentario como conjuro frente al incierto destino de un gobierno “radical” de jóvenes “inexpertos”. Lo conocido, la tradición siempre da seguridad, aunque esté podrida por la corrupción. Esperanza Aguirre también nos advertía de que tras la victoria de “esos chicos” (se les trata con poca consideración -denominaciones improcedentes, ausencia de fórmulas de tratamiento: Señora Cifuentes / Íñigo, etc.-) ya no habría más elecciones democráticas en nuestro país. Agüeros, presagios funestos en tono apocalíptico, un discurso que alimenta la desconfianza y que fomenta el miedo, la fuerza más poderosa de la que se nutre todo inmovilismo.

En Bowling for Columbine: Un país en armas, Michael Moore analizaba la rentabilidad política del discurso del miedo. En el documental se describe cómo la psicosis alentada por los medios de comunicación victimiza a la población norteamericana y justifica tanto el comercio como la posesión de armas. En una siniestra trampa circular, el temor acaba engendrando y legitimando la violencia. No deja de ser curioso que el mismo día que ocurrió la masacre de Columbine el presidente Clinton ordenara bombardear Kosovo. El miedo crea los peores monstruos. En el mismo sentido, la periodista canadiense Naomi Klein analizó en su obra La doctrina del shock cómo las grandes empresas y la política provocan los desastres globales de los que se sirven para sus propios intereses. El terror y la indefensión dejan inmovilizada a la población, sumisa, dispuesta a aceptar reformas que la reducen a la esclavitud.

La retórica de la destrucción y del miedo son ejemplos de la manipulación informativa, los medios se revelan como los más eficaces instrumentos del poder económico y político, transmiten la ideología dominante, que, como señaló Marx, no es otra que aquella de quienes tienen la hegemonía. En el éxtasis enajenado de su poder, los medios de comunicación llegan a dar simbólicamente la vida y a quitarla, a generar y consolidar fuerzas políticas a las que nadie pregunta cómo se financian y a “matar” a otras. “En el origen era el verbo”.

En Cien años de soledad, García Márquez muestra el poder absoluto del discurso oficial, esencialmente falso porque está determinado por la ideología del poder. Los hechos históricos, rigurosamente ciertos, de la huelga de 1928 y la masacre de la estación de Ciénaga sirven como trasunto del episodio del genocidio de los trabajadores de la compañía bananera. Más de tres mil personas fueron asesinadas por el ejército. Luego los cadáveres, conducidos “en un tren interminable y silencioso”, fueron arrojados al mar. Aunque hubo supervivientes, “la versión oficial, mil veces repetida por cuanto medio de divulgación encontró el gobierno a su alcance, terminó por imponerse: no hubo muertos, los trabajadores satisfechos habían vuelto con sus familias, y la compañía bananera suspendía actividades mientras pasaba la lluvia”. Una peste de olvido, un velo de silencio oscureció la memoria de todos. No parece que haya un tratamiento más eficaz para esta dolencia que la educación y la cultura, que permiten desarrollar el pensamiento crítico. “La alternativa al neoliberalismo se llama conciencia”, decía Saramago.


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