El síndrome de la rana: la metáfora de la conciencia dormida

31 May 2015
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María Márquez Guerrero
Universidad de Sevilla

El filósofo Olivier Clerc en La rana que no sabía que estaba hervida cuenta cómo si lanzamos una rana a un recipiente con agua caliente, el animal salta instintivamente ante lo que siente como una amenaza a su vida. Sin embargo, si la introducimos en una cazuela con agua fría y subimos lentamente la temperatura, se va adaptando insensiblemente a las nuevas circunstancias, al tiempo que va sintiendo un sopor y un cansancio invencibles. Cuando la temperatura es tan alta que resulta letal, la rana, agotada, exhausta, ya no tiene recursos para reaccionar, y muere.

La fábula ha servido para ilustrar los peligros del mecanismo de adaptación a situaciones que van contra los propios intereses de los individuos, como, por ejemplo, el cambio climático. De modo más general, también es posible considerarla como metáfora de las consecuencias autodestructivas de la falta de conciencia. Debido a la extrema lentitud de los cambios, a su carácter casi imperceptible, los mecanismos de supervivencia de la rana fallan. Ya R. Alberti nos lo advertía: “se equivocó la paloma, se equivocaba”. También el ritmo vertiginoso de los cambios y la saturación de la información en las sociedades modernas nos impiden la asimilación, toma de conciencia y reflexión sobre los fenómenos y procesos en los que nos vemos involucrados. Y es la desconexión con nuestras sensaciones, la disociación de la conciencia respecto de nuestra experiencia  las que nos llevan a desconfiar de nuestras percepciones y, como consecuencia, a no reaccionar. Más que líquida, como la llamó Zygmunt Bauman, esta modernidad tardía parece gaseosa, dado el carácter sumamente evanescente de su naturaleza.

Pensemos en la exposición continuada  a  casos de corrupción, maltrato y abuso por parte de los que detentan el poder sobre los ciudadanos. Cada minuto se suceden noticias sobre hechos intolerables sin que, en la mayoría de los casos, el descubrimiento implique ningún proceso de reparación. La velocidad y el número vertiginoso de los datos hacen que cada día el suceso del día anterior resulte cancelado, desapareciendo como el humo tras el cristal de la cámara. Imposible analizar los factores que lo originan, su evolución y su desenlace. Generalmente, los sucesos, nada más nacer,  desparecen en  un limbo sin tiempo donde la existencia de la Justicia se diluye. O, peor aún, asistimos a una disparatada versión del mundo al revés donde los jueces son apartados de sus funciones mientras que los delincuentes pasean libres por las calles luminosas y limpias de Valencia o de Madrid; esquían en las estaciones más “exclusivas” del país, o son castigados con la expulsión de nuestra miseria cotidiana al paraíso dorado de Ginebra. Esta experiencia, igual que la humillación ante los despidos libres o el forzoso exilio de los jóvenes, “sobradamente preparados” y sin embargo condenados a buscar un trabajo precario en el extranjero, dan lugar a una vivencia de exclusión, desarraigo o debilidad existencial conocida como “indefensión aprendida”. Permanecemos sumisos, silenciosos (esa mayoría silenciosa que, según Rajoy, le apoyaba) ante transformaciones que nos mutilan. Ante la impotencia, la sumisión puede llegar a presentarse, paradójicamente, como el método más eficaz de autodefensa.

Sin embargo, se trata de una impotencia aprendida, sutilmente comunicada a través de un discurso que convierte a la víctima en culpable y al verdugo en un gestor inocente que no ha hecho más que cumplir con las exigencias del exterior. Poco a poco, los titulares de prensa y los informativos nos van convenciendo: no hay motivos para alarmarse, la temperatura del agua sigue en sus parámetros habituales. Los recortes se han aplicado porque no había otra salida, porque los imponía el BCE, el FMI, la Troika o “los mercados”, versión contemporánea del invisible y todopoderoso señor de El Castillo, de Kafka. Por tanto, no hay ningún agente humano próximo a quien pedirle explicaciones, ante el que protestar. En ocasiones, la evasión de la responsabilidad se consigue presentado la crisis como un fenómeno natural, al modo de los terremotos o ciclones; o como una enfermedad mortal de causa desconocida, imprevista o cíclica, pero siempre contagiosa; así, la prima de riesgo se ha manifestado como una fiebre con alternancias violentas e imprevistas que traspasaba fronteras. Y, claro está, no cabe reaccionar ante desastres biológicos o naturales. Por otra parte, cualquier intento de protesta o de acción alternativa despierta la desconfianza y la ira de los mercados, que, como crueles dioses primitivos, exigen los más despiadados sacrificios humanos.

El proceso de culpabilización, que incluye muy especialmente a quienes se han quedado sin trabajo y sin casa, ha tenido diversas  expresiones: a) Los ciudadanos hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. b) Nos ha faltado organización, disciplina, etc., tal vez debido a la debilidad propia del carácter mediterráneo, ya se sabe, vividor, poco previsor, perezoso, etc. c)  Son destacables como causas del proceso de pérdida de los derechos humanos la falta de cualificación, la ausencia de desarrollo industrial y cultural, circunstancias que pesan como un estigma imborrable sobre nuestro país. Todo ello ha hecho arraigar en nosotros la idea de que tenemos lo que nos merecemos. Ese clima de opinión ha calentado nuestra conciencia hasta el punto de no percatarnos de que a nuestro alrededor el fuego de la corrupción nos devoraba. La conciencia de esclavos, como decía Nietzsche, ha hecho que nos parezca natural que los abusos no hayan sido castigados, que los procesos se eternicen, que la justicia se vea sistemáticamente obstaculizada. La indefensión aprendida naturaliza el estado de corrupción, nos agota y deprime.

Manuela Carmena, en una reciente entrevista explica por qué las zonas más castigadas por la crisis son precisamente las que más se abstienen en las elecciones. El sentimiento de exclusión y desarraigo provoca que se sitúen fuera del sistema y, por  tanto, que se anulen a sí mismas como fuerza de cambio. De ahí que, recogiendo las ideas de Axel Honneth, director de la Escuela de Frankfurt, postule el optimismo como imperativo ético necesario para cualquier revolución humanista. En este mismo sentido, Erich Fromm habló de “la revolución de la esperanza”. Ahora que comienza una nueva etapa, que nace un tiempo nuevo, recuerdo las palabras de Almudena Grandes (El País, 31 de diciembre de 2012), que recibía el año con un deseo: “… yo les voy a pedir que sean felices… Que se cuiden, y cuiden a los que tienen cerca. La amargura nos hará débiles. La indiferencia, la desesperanza, la desunión de las víctimas, fortalece siempre a los culpables. No lo consientan”. Efectivamente, el optimismo, la esperanza se presentan como la mejor manera de resistir. Es el momento de despertar, de abrir los ojos y constatar que otra forma de hacer política es posible; es ahora cuando debemos y podemos concentrar nuestras fuerzas y saltar. A esto se refieren seguramente las fuerzas políticas emergentes cuando hablan de asaltar el cielo.


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