El problema es la guerra

03 Sep 2015
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Rosa Martínez

Coportavoz de Equo

El que desde hace varias semanas veamos inundados nuestros dispositivos electrónicos de durísimas imágenes, no debe hacernos olvidar que ni es un problema de hace dos días, ni es algo exclusivo de la guerra de Siria. Y no olvidemos tampoco que si se han convertido en actualidad informativa, es simplemente porque es imposible seguir guardándolas debajo de la alfombra. Y como no, porque han entrado hasta el salón de nuestra casa europea.

Desde que el mundo es mundo y hay guerras en él, hay personas que huyen de los ataques, de la violencia, de los abusos, de la represión de los ejércitos y de un hogar arrasado donde es imposible continuar la vida. O al menos una vida que merezca ser vivida.

Y ese derecho, que debería ser básico para cualquier persona, es arrebatado diariamente y con total impunidad por la pobreza, la violencia y el cambio climático. Un política europea de asilo y migratoria basada en los derechos, la justicia y la solidaridad es la primera medida de urgencia para una herida que sangra demasiado. No importa que acojamos a más personas o que destinemos más recursos, no, lo que importa es que acabemos con las causas últimas que obligan a familias enteras (o más bien destrozadas) a iniciar un viaje lleno de peligro, miseria, incertidumbre e indignidad.

Si tratamos de enumerar algunas de las guerras que hay actualmente en el mundo, es posible que pensemos en un primer momento en Siria, Irak, Afganistán o Gaza. Y que nos cueste mucho más esfuerzo acordarnos de Somalia, Yemen, Nigeria, Sudan, Cachemira, Congo o cualquier otro lugar en el mundo donde los enfrentamientos armados cuestan muchas vidas humanas.

Simplemente visitando la entrada de Wikipedia sobre Conflictos y Guerras actuales podemos hacernos una idea del número de países en guerra, o donde los conflictos y la violencia alcanza niveles de intensidad insostenibles para las personas que allí viven. Y si nos fijamos en el mapa, entenderemos por qué hoy en Europa, el contintente fortaleza, estamos alambrando nuestras fronteras: simple y llanamente porque estamos rodeados de guerras. Literalmente.

No somos conscientes del precario equilibrio geopolítico que nos rodea y por eso parece pillarnos por sorpresa que millones de personas de medio contintente africano y parte del asiático vean Europa como el único lugar seguro donde vivir una vida digna de ser vivida: todo su entorno geográfico les ofrece la misma situación de violencia y miseria de la que intentan huir.

Las guerras han desaparecido de los telediarios y de la sección de Internacional de los periódicos. Solo el recrudecimiento de los ataques o un número elevado de civiles nos recuerdan que las guerras siguen matando gente. La diferencia es que ya no es parte de nuestra narrativa de cambio. El antimilitarismo y el pacifismo parecen no estar de moda en la sociedad civil. El deseo de la paz mundial y acabar con las guerras en el mundo, tan popular y generalizado en el pasado, ha desaparecido de nuestro discurso.

La paradoja, es que las mismas instituciones y gobiernos a los que hoy les pedimos que se pongan de acuerdo para dar una respuesta a las necesidades y derechos de las personas refugiadas, son responsables de las guerras en el mundo. Una guerra necesita dos cosas para darse: armas y una razón. Los estados europeos figuran entre los mayores exportadores de armas del mundo (excepcional infografía de AI: Who’s arming the world?), asi que en nombre del crecimiento económico dudo que muestren un interés real en que las guerras terminen. A esto hay que sumarle que detrás de cada guerra hay un interés económico, ligado directamente al control de recursos naturales: petróleo y gas (Libia y Oriente Medio), minerales raros (coltán en el Congo)  o el agua (Gaza). Es evidente, que la guerra sigue siendo un gran negocio para unos pocos a costa de destrozar millones de vidas, el Planeta y la dignidad humana.

Marià Delàs lo resumía perfectamente en su artículo No desvíen la atenciónEsos gobernantes, obedientes hasta el ridículo con el poder económico, esconden que las personas que hoy buscan acogida en Europa no son más que una parte muy pequeña de la población directamente damnificada por sus políticas militaristas postcoloniales y por las guerras que ellos han provocado.”

Pedir más recursos y un cambio en la política de asilo es imprescindible y urgente. Pero lo que es necesario, lo que es primordial y lo que realmente es transformador es atacar la raíz del problema: la guerra. Pidamos también a nuestros gobernantes que acaben con las políticas militaristas, comerciales, energéticas y económicas que obligan a las personas a huir, buscando un lugar en el mundo donde poder vivir una vida que merezca ser vivida.


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