Opinion · Otras miradas

Las izquierdas en el pantano… y sin embargo

Pedro Chaves

GiraldoAsesor parlamentario de la delegación de Izquierda Plural en el Parlamento Europeo

Pedro Chaves Giraldo
Asesor parlamentario de la delegación de Izquierda Plural en el Parlamento Europeo

En El Mar de las Sirtes Julien Gracq dibuja un maravilloso y narcotizante fresco de un país –Orsenna– sumido en una lánguida molicie, anclado en el icónico recuerdo de un momento de su historia que sirvió como momento constituyente de su gloria pasada; sometido ahora a un sopor ancestral y decadente que apenas alcanza a esconder la herrumbre y el moho que castiga los cimientos de ciudades y almas. En esa pesadez insoportable encontramos, también, a Marino, el Capitán del Almirantazgo, la fortaleza que “protege” su frontera exterior frente al eterno enemigo Farghestan. En realidad su protección consiste en asegurar que las cosas sigan como están, que nada se mueve ni se cambie, que la polvorienta cartografía del “Cuarto de los Mapas” siga acumulando polvo durante más años.

Así siguen apareciendo las izquierdas y con la misma pesada letanía se repiten los discursos y enunciados que llaman a la renovación de la misma, a su reinvención, a su refundación o palabros igual de grandes y escasamente sustantivos. Conceptos que a pesar de su voluntad subversiva acumulan el lodo de un largo camino transitado. ¿Cuántas veces hemos oído ya esas expresiones? Significantes con etéreos significados, un prêt-à-porter ideológico para consumir en momentos de ansiedad organizativa.

Después de las elecciones las izquierdas se fracturan de acuerdo a ejes de conflicto que, sorprendentemente, aparecen al margen de la evidencia de los datos y de las expectativas creadas por las elecciones. Si en las elecciones generales de 2011, las fuerzas de la derecha con representación parlamentaria, consiguieron 13.407.888 votos, en esta ocasión han acumulado 11.583.062 sufragios; las izquierdas sumaron entonces 9.595.551 votos frente a los 12.460.887 sufragios de ahora. Un incremento de 3 millones de votos para las izquierdas. Y si miramos más allá de nuestras murallas, la impugnación de las políticas de austeridad no admite dudas ni matices. Cualquier compromiso con la gestión irresponsable, antisocial y corrupta del Partido Popular sería un disparate de dimensiones descomunales.

Pues bien, frente a la evidencia de la apertura de una nueva situación, de la creación de una expectativa real –social– de cambio, los partidos de izquierda se aprestan a sus propios ajustes de cuenta internos convirtiendo, una vez más, las buenas noticias en una justificación para algún oportuno aquelarre. Va en nuestro ADN esta vocación cainita y despiadada. Que la política no es agradecida puede tolerarse, que sea así de cruel e indiferente forma parte de elecciones morales cuyo único amparo es la racionalidad del poder, la lógica del ganador-perdedor, en fin, la vieja, viejísima política.

Si al final del cuento, el fresco impulso del 15-M, el empoderamiento político de una generación, la extensión de lógicas participativas y horizontales, han servido tan solo para producir un relevo generacional y agitar un poco –no mucho– el tablero, menudo fiasco.

Aún es peor si en nombre del acercamiento a lo nuevo se tiran por la borda no solo las mochilas de nuestro peregrinaje por la historia, sino también una parte de las sensibilidades y gentes con las que construir un nuevo entramado emancipatorio. Si la reivindicación de lo novísimo se instituye sobre el cadáver de lo próximo, seremos el Vad Dracul de la política: afirmar el nuevo poder previo empalamiento de 3.500 representantes del status anterior.

Sobre la base de esas prácticas no se constituye nada nuevo, solo una aburrida continuidad con lo peor de lo viejo. En lugar de repensar con Maquiavelo deberemos leerlo al dictado. Si esa vieja lógica se impone además con conocimiento de causa tendremos la dosis moral de cinismo adecuada para que la risa de la historia nos reviente los tímpanos.

Persistir en los viejos axiomas, en las viejísimas prácticas del poder de siempre, el de toda la vida, es castrar la emancipación, es tirar por la puerta la democracia, la participación, la horizontalidad, el empoderamiento y todas esas cosas que, pensábamos, habían sido aireadas y reivindicadas por el espíritu del 15-M.

Dar por bueno que la única política posible, después de todo, es la que representa Frank Underwood en House of cards es, que no quepa ninguna duda de esto, un servicio a las oligarquías y al sentido común hegemónico, un doblar el espinazo ante la cultura dominante de las clases dominantes. Da igual lo que se diga después o lo que se escriba en los programas: se habrá renunciado a la emancipación.

Las izquierdas necesitamos ejercitar la tolerancia, el pluralismo, la diversidad, la democracia con sus consustanciales riesgos y la integración. Este es el eje sobre el que se articulan las nuevas ideas, estas son las señas de identidad de un proyecto que quiera, de verdad, doblarle el pulso al poder de siempre e invertir la lógica excluyente de la historia. Lo otro, es un recambio de elites. No es que esto sea poco, pero ¿es lo único que pretendemos?

Hay una demanda de encuentro y confluencia en las izquierdas que se ha expresado en estas elecciones con meridiana claridad. El que no quiera verlo niega una evidencia palmaria, del tipo la redondez de la tierra. Pero no está escrito cómo transitar ese camino para culminar con éxito. No obstante, podemos balizar el itinerario para orientarnos sin perdernos: ¿el proceso es inclusivo o excluyente? ¿Es un proyecto entre iguales o es un trágala del que más puede? ¿Es un ajuste de cuentas o un empeño por sumar lo diferente? ¿Está basado en el máximo de participación posible y en el empoderamiento de los actores participantes o es un proceso que descansa en las negociaciones secretas entre personajes influyentes?

No son preguntas inocentes ni ingenuas. Son indicadores de calidad de un proceso democrático digno de tal nombre.

En fin, nada produce más congoja en estos días que escuchar en comidas, cenas, vinos y cañas la cínica aflicción de jóvenes-prematuramente-envejecidos que apuran el trago amargo del cáliz del desengaño político: las cosas son como son, dicen. Si eso fuera así, habría que invitarles amablemente a que los de siempre siguieran haciendo su trabajo, a fin de cuentas tienen más experiencia.

Mejor si intentamos hacer las cosas de otra manera. Hay no una, sino varias oportunidades para que las izquierdas se reivindiquen y hagan valer el resultado electoral. Es decir, para que conviertan en políticas públicas la voluntad de cambio de la ciudadanía. El 15-M convirtió la indignación en política, ahora es la oportunidad de hacer de la esperanza un proyecto de cambio.

En la quietud del Mar de las Sirtes, en su asfixiante ambiente se fraguaban, sin embargo, cambios de relieve. No permitamos que los Marinos, los guardianes del statu quo –aunque invoquen a los vientos del cambio–, nos amarguen la oportunidad de vivir en una sociedad mejor.