Penélope en el Congreso

07 Mar 2016
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Mar García Puig
Diputada por Barcelona de En Comú Podem

Imaginen un gran cruce, el mayor y más complicado de su ciudad. Uno de aquellos con muchos carriles, salidas y direcciones. Pues bien, imaginen ahora que todo el mundo, en un acto coordinado de subversión, dejara de obedecer las señales de tráfico; se detuviera o cambiara de sentido, tocara la bocina, se sentara en medio de la vía. Puede parecer una imagen sorprendente, sin embargo lo sorprendente es que millones de personas actúen cada día y cada minuto al unísono para que el tráfico fluya.

Esta es la imagen que usa el sociólogo francés Pierre Bourdieu para mostrarnos la ‘paradoja de la doxa’, el hecho que el orden establecido se perpetúe sin que existan más transgresiones y que las condiciones de vida más inaceptables acaben pareciendo aceptables e incluso naturales. Según Bourdieu, el caso que mejor ejemplifica esta sumisión paradójica es la dominación masculina sobre la mujer.

La pasada semana asistí a mi primer debate de investidura como diputada de En Comú Podem. En todas las crónicas posteriormente publicadas de las tres sesiones se habló de la bronquedad del debate, de cambio real o cambio impostado, incluso de besos. Sin embargo, nadie habló de la paradoja que supuso que las 140 mujeres diputadas no nos levantáramos de nuestros escaños, dejáramos de conducir, cambiáramos de sentido o protestáramos a bocinazos.

Muchos se preguntarán por qué deberíamos haber hecho eso. Y ahí es donde reside precisamente la paradoja: hasta tal punto hemos aceptado las injusticias de género como algo natural, que somos incapaces de verlas. Y esta aceptación natural alcanza altas cotas de gravedad cuando se produce en uno de los grandes actos protagonizados por la representación de la soberanía popular, el debate de investidura del Congreso de los Diputados. Y es que, como de costumbre, este fue un acto protagonizado por hombres. De los diecisiete portavoces que intervinieron, solo tres fueron mujeres, un total de un 17,6%: Alexandra Fernández de En Marea; Marian Beitialarrangoitia, de Bildu, y Ana Oramas, de Coalición Canaria. Si miramos los minutos que intervinieron, la cosa es aún más grave: de las 12 horas y 35 minutos que duró el debate, las mujeres hablaron 33 minutos, un 4,4%. Si el congreso de los diputados es la representación del pueblo y sus portavoces sus altavoces, existe un problema de representatividad: recordemos que en nuestro país las mujeres somos un 50,86 % de la población. Después de años de luchas, el feminismo consiguió que por ley las listas electorales fueran paritarias, y que éstas contuvieran un mínimo de un 40% de mujeres. De hecho, este es el Congreso con más diputadas de nuestra historia. La ley ha sido por tanto efectiva, sin embargo todavía queda mucho trabajo por hacer para que las mujeres podamos, en igualdad de condiciones, levantarnos del escaño y alcanzar la tribuna. Y es ahí donde un grupo parlamentario como el de Podemos-En Comú Podem-En Marea, formado por candidaturas que han sido capaces de englobar la sociedad en su diversidad, puede marcar la diferencia y  realizar ese trabajo desde abajo que se requiere para una participación política igualitaria.

El contenido del debate de investidura también mostró importantes carencias en cuanto a justicia de género. Datos objetivos muestran que la desigualdad de género es uno de los grandes problemas de nuestra sociedad. Tal como muestra el registro de feminicidios.net, 110 mujeres fueron asesinadas el pasado año por la violencia machista; en nuestro país, las mujeres cobran un 24% menos que los hombres;  y la crisis se ha cebado especialmente con las mujeres, como muestra por ejemplo la tasa de desempleo, superior para nosotras. Y todo esto no forma parte de una realidad inevitable, sino que es fruto de la falta de voluntad política. La ONU, a través de la CEDAW (Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer), ha dado la voz de alarma respecto a la situación de las mujeres en nuestro país: en sus informes ha criticado duramente los recortes sufridos en materia de igualdad a la vez que ha instado al gobierno a cumplir los tratados internacionales. Y a pesar de todo esto, de la violencia física y económica de la que somos víctimas las mujeres, los temas vinculados específicamente con la justicia de género solo ocuparon un 0,8% del tiempo del debate.

No son pocas las críticas que me he llevado en mi corta trayectoria política por poner énfasis en los números y las cuotas. Pero es que las mujeres, el feminismo, ha necesitado demasiado a menudo estas cuentas para seguir avanzando. Ellas proporcionan un método objetivo del espejismo de igualdad en que vivimos: esa forma de discriminación que se da en países que jurídicamente reconocen el derecho a la igualdad formal pero que están lejos de la igualdad material. Por eso, ante esta nueva etapa política que empezamos, es más necesario que nunca seguir contando, contando números pero también historias que sean capaces de convocar nuestra memoria e iluminar nuestras propias contradicciones. Así lo hizo Alexandra Fernández cuando citó a la poeta Xohana Torres, con la que dio voz a Penélope y a todas las mujeres y sus vindicaciones: “Existe a maxia e pode ser de todos. / ¿A que tanto novelo e tanta historia? / EU TAMÉN NAVEGAR.” (Existe la magia y puede ser de todos / ¿Para qué tanto ovillo y tanta historia? / YO TAMBIÉN NAVEGAR). Sí, las mujeres también navegamos, y en esta travesía de nueva política que acabamos de empezar, es imprescindible que tengamos el papel central que merecemos.

La semana del debate de investidura pasé menos tiempo del que querría con mi hija y mi hijo de dos meses (recordemos que el congreso no contempla los permisos de maternidad o paternidad). En uno de esos ratos compartidos, me encontré agitando un sonajero en forma de gallina y cantándoles esa canción que cuenta como una gallina se harta de vivir explotada, y dice que no y que “visca la revolució”. Se niega a poner más huevos, pues se da cuenta que una vez se haya liberado de su verdugo podrá entenderse perfectamente con sus vecinas. Pues bien, desde mi escaño, yo también digo que no, que basta, y miro a mi alrededor y veo la cantidad de vecinos y vecinas que hemos llegado nuevos al congreso para representar un ‘no’ colectivo capaz de liberarnos del verdugo, y conseguir un mundo mejor para todas las mujeres y todos aquellos que han sido víctimas de la injusticia de género. Por ellas y con ellas, sigamos contando.


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