Guatemala en su encrucijada

24 Abr 2016
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Alberto Letona
Periodista y escritor

Horror y temor son sinónimos cuyo significado parecen abarcar a duras penas  la  brutalidad que a veces las acompaña.  Durante casi dos décadas estas dos palabras se dieron cita entre susurros de sufrimiento en Guatemala, un pequeño país centroamericano, donde historia y tragedia vienen de la mano.

Nunca en todos aquellos y largos años trascendieron a la opinión pública mundial.  La mordaza informativa fue casi total. El desamparo de las victimas no se conoció hasta años más tarde. Paradójicamente, fueron los elegantes salones del Palacio de Conciertos de una ciudad sofisticada como Estocolmo. los que permitieron sacar a luz tanta tropelía. En 1992, una indígena cuyos padres y hermano habían sido asesinados por el ejército, Rigoberta Menchú, recibió el Nobel de la Paz, con la firme voluntad de no dejar impune la barbarie.

La “banalidad del mal”  definida por la filósofa, Hannah Arendt, sobre el responsable político nazi, Adolf Eichmann, quien alegó el cumplimiento de las ordenes recibidas para justificar el envío masivo de judíos a los campos de concentración, fue remplazado por la “brutalidad del mal”.

El aniquilamiento más despiadado corrió por el majestuoso altiplano guatemalteco,. La naturaleza se cubrió de cadáveres que aparecían en todas las esquinas como fantasmas sacados de las novelas del “realismo mágico”. Los soldados asesinaban a los hombres a sangre fría, violaban a las mujeres, independientemente de su edad, y destrozaban los cráneos de los más pequeños a culatazos, o atravesando sus cuerpos con las bayonetas, después de haber incendiado sus hogares, campos,  y aldeas.  A los detenidos se les arrojaba desde los helicópteros a la boca del volcán Pacaya.

Con la excusa de luchar contra la guerrilla insurgente 140.000 personas, en su mayoría campesinos indígenas, fueron asesinados. Otras 40.000 huyeron con sus familias temerosos por sus vidas. Tras numerosas penalidades  la mayoría encontró refugio en la frontera con la vecina México, al norte del país.  Allí, alejados de sus pequeñas casas, de sus huertos y de su ganado, pero con la dignidad intacta supe de sus desgarradoras experiencias.

A finales de la década de los setenta Guatemala era ya un país aislado de la comunidad internacional. Las graves violaciones de los derechos humanos por parte del ejército guatemalteco habían propiciado los recelos de los Estados Unidos, y la suspensión de la ayuda militar. Exentos de todo control internacional, los militares recurrieron a los asesores de la dictadura argentina e Israel, al tiempo que vigilaban de cerca las insurrecciones de los países vecinos: Nicaragua y El Salvador

De la brutalidad contra los indígenas quedan testimonios espeluznantes.  La embajada española en la capital fue allanada y quemada con lanzallamas y granadas de fósforo blanco. El encierro por parte de un grupo de campesinos y estudiantes para protestar contra las condiciones de trabajo en las comunidades rurales del norte del país se saldó con 37 muertos. Se desató la furia criminal. Uno de los pocos supervivientes que sufrió grandes quemaduras fue sacado del hospital y torturado hasta su muerte. El propio embajador, Máximo Cajal, un hombre decente, en un quiebro surrealista tuvo que abandonar gravemente herido su propia embajada y refugiarse en la de los Estados Unidos, mientras la policía guatemalteca continuaba disparando.

Estos días, treinta años después,  parece que la memoria se impone al olvido tan necesario para seguir viviendo. Algunos militares están siendo juzgados por los crímenes que cometieron sobre las mujeres, a las que convirtieron en esclavas sexuales, según el informe de la Recuperación de la Memoria Histórica.. En la sala ellas se tapan la cara; ellos parecen repulsivamente desafiantes.

Los oficiales se muestran inquietos y algunos analistas señalan el peligro de involución. Se resisten a perder el poder que todavía sustentan. Tantos años de  ordeno y mando ha dejado a los militares  una herencia de dogmatismos y reflejos sectarios. Las pasadas fiestas navideñas en un acto más cercano a la opera bufa que a una actividad castrense, el comandante general del ejército, Alejandro Maldonado, nombró a la imagen de Jesús Nazareno, general del ejército de Guatemala, equiparando la figura divina a genocidas militares como Efraín Ríos Montt o el expresidente, Otto Pérez Molina, encarcelado por corrupción.  Todo ello sin el conocimiento de las autoridades eclesiásticas.

La democracia guatemalteca es joven y endeble. Los males endémicos del país: exclusión de las comunidades indígenas, pobreza, desigualdad, desnutrición crónica y una corrupción rampante son desafíos a los cuales Jimmy Morales, un cómico de televisión devenido en presidente del país, parece hasta ahora incapaz de afrontar. La Comisión Interamericana en su informe denuncia la precaria situación de los Derechos Humanos y urge al gobierno a retomar la agenda de los Acuerdos de Paz de 1996. Mientras tanto el país parece estancado en un pasado que solo unos pocos desean repetir.


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