El PSOE en su paradoja: obedecer al régimen bloqueando al mismo tiempo el normal funcionamiento del régimen

06 Ago 2016
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Pedro Antonio Honrubia Hurtado y Beto Vasques
Analistas políticos

El bloqueo actual que vive la situación política española hunde sus raíces en eso que desde el 15M en adelante hemos venido a definir como “crisis de régimen”. Ante la nueva realidad política instalada en el estado tras los resultados de las pasadas elecciones del 20D, expresada en un parlamento que ha dejado atrás el orden político tradicional (bipartidismo + apoyo oscilante sustentado en las fuerzas vascas y catalanas conservadoras), la institucionalidad propia del régimen del 78 se enfrenta  a su propia trampa: un modelo que, en tanto parlamentarista, debería estar preparado para funcionar mediante mayorías parlamentarias diversas y plurales, pero que estaba diseñado en la práctica para operar, a partir de gobiernos monocolores uniformes, como sustento de un régimen bipartidista y ahora, consecuentemente, se muestra incapaz de resolver la situación por sí misma y en última instancia se expresa como una realidad totalmente dependiente de la voluntad de unos partidos que, cada cual por sus propios motivos, no parecen dispuestos a ponerse de acuerdo.

Crisis de institucionalidad y crisis en la capacidad del régimen para imponer sus lógicas

Así, ni la actual constitución ni la actual ley electoral tienen capacidad para responder a la grave crisis de gobernabilidad que estamos viviendo. Tanto que incluso la convocatoria de una sesión de investidura por parte del candidato a presidente del gobierno mandatado por el Rey parece estar sujeto a interpretación.  Cuando la aritmética parlamentaria no sirve por sí misma para dar un gobierno al estado, el sistema debería estar preparado para dar una pronta respuesta a la situación, pero en el caso del estado español vemos que ocurre todo lo contrario. El sistema no está preparado para responder a una situación como la actual y ello ya es en sí mismo un reflejo de que, ante la nueva realidad política y electoral presente, el régimen del 78 se encuentra en una profunda crisis. Una institucionalidad que ya no es capaz de dar respuesta a las necesidades básicas del sistema político establecido es una institucionalidad que necesita urgentemente una regeneración y profundas reformas capaces de adaptar ese sistema  a la realidad del momento. Se exprese en forma de reforma constitucional o se exprese en forma de proceso constituyente, refundar un modelo anacrónico y caduco, incapaz de responder a los retos de época,  parece ya algo más que una evidencia a los ojos de todo el mundo. Urge pues adaptar el sistema político español tanto a la nueva realidad multipartidista como a la realidad plurinacional que le es inherente y que se expresa a través de ella, así como a las expectativas de las nuevas generaciones de electores que demandan cambios en profundidad. El poder de decisión debe volver urgentemente a manos del pueblo y dejar de estar secuestrado en manos de los partidos políticos y sus circunstancias. No es democráticamente aceptable que el voto de la ciudadanía sea incapaz de dar un gobierno al estado y que esta situación se pueda prolongar indefinidamente en tanto aquellos partidos a los que votan sean incapaces de ponerse de acuerdo.

Aunque en realidad tal crisis de institucionalidad no es más que el reflejo de que el orden político que emergió de la “transición” se encuentra irremediablemente en decadencia: falla su capacidad institucional porque ha dejado de operar su capacidad para construirla. En una situación de normalidad política cabría esperar que aquellos partidos tradicionalmente vinculados al régimen fueran capaces de llegar a un acuerdo que facilitara el desbloqueo de la situación, pero si algo caracteriza a las situaciones de “crisis de régimen” es, precisamente, como estamos viendo también, que las “lógicas de régimen” dejan de operar. Los diferentes actores políticos piensan y actúan en función de la defensa de sus propios intereses y se “autonomizan” de los mandatos que tales lógicas de régimen deberían imponer. El “sálvese quien pueda” se convierte entonces en la pauta central del comportamiento de aquellos mismos que hasta entonces habían respondido obedientemente a las demandas del sistema. Solo en caso de que estos intereses converjan en una misma alternativa capaz de dar respuesta a la situación de bloqueo se puede esperar una solución. Y en la situación actual los actores del régimen solo parecen coincidir en un punto: en la obediencia a la orden dada por los poderes fácticos del estado para impedir que Unidos Podemos pueda llegar a formar parte de un gobierno.  Algo que PP, PSOE y Cs comparten y en lo que sí son capaces de ponerse de “acuerdo”, pero que, en sí mismo, no sirve para poder dar una salida al bloqueo imperante.

Para alcanzar esa solución tales partidos no solo deben impedir que Unidos Podemos forme parte de un gobierno (algo que hasta ahora están sabiendo hacer con eficiencia) sino, además, va de suyo, deberían ser capaces de encontrar puntos comunes de acuerdo que permitan la formación de un gobierno sin la presencia de la formación morada. Si lo primero resulta un mandato relativamente sencillo de obedecer tanto por PP, como por PSOE y por Cs, incluso desde la aplicación de la lógica del “sálvese quien pueda” en la que se mueven actualmente cada uno de ellos, lo segundo ya parece bastante más complicado. PP, PSOE y, en menor medida, Cs, luchan por su propia supervivencia y en esa lucha los acuerdos cruzados encuentran dificultades. El PP no pudo apoyar en su momento un gobierno de PSOE y Cs, como era deseo de los poderes fácticos y así lo expresaron ejerciendo todo tipo de presiones contra Rajoy, porque corría riesgo de caer en cierta irrelevancia política que pondría a muchos de sus principales dirigentes, cercados por la corrupción, en una situación complicada y al propio partido abocado a una incertidumbre que podría hacer estallar todo tipo de tensiones internas. Además Rajoy se sentía ganador de las elecciones y no estaba dispuesto a ceder su puesto a una “coalición de perdedores”. De la misma forma ahora el PSOE no parece dispuesto a facilitar un gobierno del PP en tanto que siente la amenaza de Unidos Podemos como partido capaz de disputarle la hegemonía tradicional que ha tenido en la izquierda  y que ello podría conducirlo al temido proceso de “pasokización” que tratan de evitar a toda costa. Además, el partido se ve envuelto en luchas internas de poder que llevan a Sánchez a no poder  ceder, esto es, a no querer ser quien, como máximo responsable de la formación, entregue el partido al PP con su abstención y perder por ello, como consecuencia directa, su cargo de Secretario General en el próximo Congreso del partido. Esa dinámica se acentúa además con el relevo de la vieja guardia del partido arrastrada por su debacle post 15M. Las nuevas élites socialistas, en su mayoría jóvenes cuadros forjados en el aparato del partido, se cultivaron en la lógica de las disputas internas entre las diferentes familias del partido, caracterizada precisamente por la autonomía política frente a las exigencias del sistema (el partido es lo primero).

Así, entre unos intereses y otros, partidistas y personales, nos vemos arrastrados todos y todas a un teatrillo de las élites donde lo que ya parece estar dirimiéndose es, finalmente, saber cuántas veces hará falta pasar por las urnas antes de que las matemáticas hagan posible un gobierno sin la presencia de Unidos Podemos en él, independientemente de quién esté al frente. Paradójicamente, la “crisis de régimen” puede acabar llevando a una recomposición temporal de dicho régimen por vía de una sucesiva repetición de elecciones hasta que, en el peor de los casos, se imponga una matemática capaz de hacer posible que los intereses de todos los partidos del régimen, y en especial los intereses de PP y PSOE, salgan indemnes, o, en el mejor, hasta que el desafío real de Unidos Podemos ejerciera tanta fuerza por sus resultados electorales que ello forzara a PP y PSOE a alcanzar un acuerdo de aquellos en los que deben asumir ciertos costes comunes y compartidos. De momento no nos encontramos en ninguna de ambas situaciones y, por tanto, la repetición de elecciones, por segunda vez en pocos meses, empieza a vislumbrase como una posibilidad bastante real, en tanto y cuanto nadie parece querer asumir el coste que le supondría variar su posición original y quedar así señalado como el principal “dañado” en el posible acuerdo de investidura.

La paradoja del PSOE y su proyección hacia el futuro

En todo este entramado de intereses cruzados entre los intereses propios y los intereses de régimen  aparece el PSOE una vez más, como partido del régimen por excelencia que es, en una posición central y decisiva. En sus manos estaría la posibilidad de ofrecer una salida a la situación de bloqueo explorando la formación de un gobierno en coalición junto a Unidos Podemos. Pero  tanto su visión tradicional de la política como su obediencia debida al régimen y sus mandatos lo siguen impidiendo. El PSOE ni quiere, ni puede, ni le dejan formar este tipo de gobierno “alternativo”, capaz de desbloquear la situación con apoyo de las fuerzas vascas y catalanas en la investidura, sobre la base de un acuerdo de gobierno proporcional y sustentado en las partes programáticas compartidas por ambas formaciones. No por casualidad desde el PSOE se inventan cada día una excusa diferente para no tener que sentarse a negociar en serio un gobierno de coalición. Si Podemos toma la iniciativa y propone un gobierno de coalición, es porque tomó la iniciativa y exigió “sillones”, si no la toma, es porque no la toma y “no es el momento”, y  así un largo etcétera. En cambio sí que pudo sentarse a negociar con Cs un acuerdo de gobierno que contó con el visto bueno de las élites mediáticas y económicas españolas.

El PSOE se expresa con ello actualmente como el principal responsable de un doble bloqueo: por un lado como responsable de que no se abra la posibilidad de explorar una alternativa que permitiese pensar en un gobierno distinto a los que hemos venido teniendo durante las últimas décadas y, por otro lado, como responsable de que sea imposible dar una salida, desde las lógicas de régimen propias del modelo moribundo, a la situación actual. Es decir, aunque por un lado se expresa como el principal garante de los intereses del régimen (pues de él depende que se pudiera explorar una alternativa y se niega), por otro se expresa también como la principal resistencia a que el régimen pueda seguir operando con normalidad (según lo que las urnas dijeron hasta por dos veces en relación a los resultados de los diferentes partidos que son necesarios para un acuerdo de régimen). Una paradoja perversa que tiene paralizado al sistema político español y que agudiza la crisis de régimen imperante.

No obstante el PSOE haría bien en pensar que la partida real no se está desarrollando sobre la bases del duelo electoral entre partidos a corto plazo, sino sobre la necesaria evolución del sistema político español hacia un modelo capaz de recoger con eficiencia las necesidades actuales de la realidad política en el estado español. Como después del 20D y como antes del 26J, el PSOE tiene ante sí un dilema que, antes o después, tendrá que resolver: o formar parte del nuevo bloque de cambio progresista y plurinacional que se está fraguando en el estado, o seguir formando parte de lo “viejo” y, en última instancia, facilitar la consolidación y avance de un nuevo bloque conservador del que formaría  parte junto al PP y a un Cs más o menos importante y/o debilitado en función de los tiempos políticos.

Apoyar al PP o forzar unas terceras elecciones con su doble negativa (no al PP y no a Unidos Podemos), en última instancia sitúan al PSOE en la misma posición “conservadora”, vinculada a lo que muere y no a lo que nace en la izquierda, que, antes o después, lo castigará con fuerza ante su propio electorado tradicional. La crisis de régimen no va a desaparecer y el PSOE está totalmente preso de ella.  Entre las opciones que manejan como decisión a corto plazo los diferentes sectores con poder en el partido, todas ellas le llevan a situarse, como decisión a medio plazo, en el bloque conservador que se verá confrontado duramente, y ya veremos si superado, por el empuje de una alternativa política plurinacional y progresista que, apoyada en fuerzas diversas, quiere facilitar la emergencia de lo “nuevo”, haciendo posible un cierre de la actual crisis de régimen, expresado como ruptura y como nacimiento de un nuevo orden político y constitucional, que responda a las necesidades reales del momento y no al “cierre por arriba” que intentan las élites. El PSOE sigue echando guiños para el lado de lo viejo.

Este teatrillo, por suerte, no va con Unidos Podemos

Y eso que gobernar en coalición con el PSOE bajo la presidencia de Pedro Sánchez sería poco menos que un martirio televisado para Unidos Podemos. En el fondo el No a la “alternativa”, en este contexto actual, es el mejor regalo que Pedro Sánchez puede hacerle al futuro a medio y largo plazo de Unidos Podemos, aunque ahora mismo tanto él como su equipo piensen lo contrario. Mejor incluso que lo que se pueda derivar irremediablemente de una posible abstención para dejar gobernar a Rajoy un tiempo determinado. Debemos estar contentos por ello: este teatrillo del régimen sigue sin ir con nosotros.


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